Poema del otoño

Era piel con piel y el sol salía por el Este arrastrando consigo su capa estrellada, dejando tras de si la noche en su camino hacia el Oeste.

Era piel con piel, y el mundo seguía girando en torno a su eje como si tal cosa. Como si aquellas dos pieles no existieran.

Era lengua con lengua y bailaban, se amaban ante la indiferencia de la gente que paseaba a su alrrededor.

Solo eran piel con piel, pero las olas del mar se agolpaban contra la costa queriendo conseguir la primera fila para ver aquel espectáculo.

Eran dos manos, agarradas ante la indiferencia de la lluvia.

Que no entiende de estaciones.

Eran dos amantes, agarrados por la cintura

ante el desinterés del viento  que sopla

y no entiende de emociones.

Eran dos gotas en un oceano bajo un manto de estrellas.

Eran piel con piel, lengua con lengua, mano con mano,

entre la indiferencia del mundo.

Del mundo que sigue girando

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Los caramelos de Tofe (IV): Farfalla

Todo está oscuro. La oscuridad solo se ve interrumpida por algunos puntos de luz blanca, verdosa o malva. Abro los ojos pero el panorama no cambia demasiado, todo sigue sumido en las tinieblas. Por las rendijas de mi persiana entra algo de luz de la calle. Tengo frío en la nuca, como si me pasaran un hielo por la espalda. Mi camisa de tiras, color caqui, está mojada en sudor, sobre todo por la zona de los sobacos y el cuello ¿Ya ha amanecido? o ¿Aún es de noche? No lo sé. Solo sé que a mis piernas les ha dado un ataque de nervios y que mi cuerpo no para de rodar de un lado para otro de la cama. Mi corazón late con fuerza y no paro de boquear. Si no fuera porque tengo 26 años, diría que me está dando un infarto.

Por si fuera poco, mi estómago se comporta como el motor de un coche que arranca y frena en primera todo el tiempo. Olas de calor y frío arrasan mis entrañas, seguidas por el dolor corrosivo de la acidez.

No puedo más. Me tengo que levantar. Me siento sobre la cama, me pongo las zapatillas y, haciendo un esfuerzo, me incorporo. No enciendo la luz para no tener que soportar la fotofobia, la ceguera y el dolor de cabeza. Abro la puerta de mi cuarto, salgo al pasillo. Es de noche pero hay luna llena y la luz entra a través de las ventanas de las estancias de mi casa.

Entro en el baño y me echo un poco de agua sobre mi rostro sudoroso. Noto los músculos de mi cara pesados como losas de cemento.En especial los músculos de los párpados. No se cuanto tiempo me quedé mirando el espejo que hay encima de la pileta. Podía ver mi cara llena de sombras nocturnas, ojeras y las gotas de agua que caían desde mi frente hasta la barbilla pasando por las mejillas de mi cara huesuda. También podía ver mis brazos colgando como serpentinas de aquellos hombros cubiertos por las tiras sudorosas de mi camiseta caqui. La prenda me queda un poco grande y tapa mis calzoncillos tipo slip, pero deja ver mis piernas delgadas y peludas.

¿Saben? Hubo una época en la que me miraba al espejo todos los días. Varias veces en una misma jornada incluso. Pero ahora, hace ya tiempo que no lo hago. Estoy enfadado con mi espejo. Discutíamos mucho y muy acaloradamente. Una mañana, estando en una de esas, me enfadé tanto que le dí un puñetazo. El cristal estalló y algunos añicos cayeron sobre la pileta. Tuve que ir al hospital, me fracturé varios huesos de la mano y me hice un corte bastante profundo.

Después de aquello, tiré el espejo y estuve una temporada sin el. Pero finalmente, que quieren que les diga, lo echaba de menos y acabé comprándome otro. Lo colgué de nuevo en la pared con dolor. Como un mal necesario. Desde entonces, el y yo firmamos un pacto de no agresión. No nos soportamos, pero en lugar de discutir a gritos, nos limitamos a no dirigirnos la palabra. El no me hace daño a mi. Yo no le hago daño a el. Ese es el trato. Me parece justo. Tengo muchos amigos que hacen lo mismo con sus novias. Quedan para cenar, caminan de la mano y a veces follan, pero no se soportan. En lugar de eso se autoengañan (ya les hablé antes de eso) creyendo que se quieren y detrás de cada beso y de cada “te quiero” soso y pasteloso se esconde todo un mundo de reproches e intereses creados. Pero nunca se dicen nada  porque simplemente tienen un trato. Aunque ellos no quieran ser conscientes de eso.

Agacho la mirada, me paso la mano por la cabeza. Hace poco me rapé el pelo al uno y por eso me gusta acariciar mi pelo, áspero como un felpudo. Aún puedo ver la cicatriz de mi mano. En el comedor hay una mesa con cuatro sillas. En el respaldo de una de ellas está colgada una bata. Rebusco en los bolsillos hasta dar con un paquete. Un prisma cuadrangular de cartón envuelto en una funda de plástico. Lo abro. Solo me quedan cinco cigarrillos. Mañana tendré que ir a por más. Escojo uno y me lo pongo en la boca. Empecé a fumar cuando tenía dieciseis años. Mucho después de conocer a Alba. No fue culpa de ella, no se equivoquen. Fue solo culpa mía. Mejor dicho, fue culpa del espejo. El me dijo que tenía que hacerlo. Eso fue cuándo aún me llevaba bien con el. Esto les sonará a fantasía pero es la única forma que tengo de dormir por las noches. Llevo tiempo queriendo dejarlo. Este será el último. Se lo juro.

La ventana hace un ruido al descorrerse. Un ronroneo seguido de un golpe seco que deja entrar el aire limpio de la calle. Levanto la tapa del váter y me siento. El mechero hace click. Un faro rojizo se ilumina en la osucridad. Se apaga y el humo de mi boca corre hacia la ventana del baño. No sé cuanto tiempo estuve así: Con la mano izquierda cruzada sobre las piernas, el codo derecho apoyado en el muslo del mismo lado, sujetando el pitillo y mirando a los azulejos del baño. No me podía ver, pero juraría que tenía los ojos vidriosos, la mirada perdida y la mente llena de voces. Esto me ocurre a menudo, pero ultimamente se está volviendo cada vez más preocupante. A veces me quedo ausente incluso cuando estoy hablando con mis amigos. Me quedo mirando hacia un punto en el infinito, oyendo voces que no provienen de ningún lado, solo de mi cabeza. Si no me despiertan, puedo pasarme horas enteras en ese estado y, cuando lo hacen, siento como si solo hubieran pasado cinco minutos.

Por eso esta vez no les puedo decir cuanto tiempo estuve así. No había nadie para despertarme. Ni siquiera era consciente del humo que entraba y salía de mis pulmones. No podía sentir las caladas y mi cuerpo actuaba de una forma mecánica. Pero este estado de ánimo era diferente del que me sorprendía cuando iba al teatro o cuando comía caramelos de tofe. La diferencia estribaba en que en estas mi mente se quedaba ausente, perdida en la ensoñación. Pero ahora había ruidos en mi cerebro y no había sueño por ninguna parte.

Solo oía una amalgama de voces.Voces que transportaban frases, palabras… Voces de distinto timbre y tono que hablanban al unísono generando enorme estruendo en cada una de mis neuronas. Aquellas voces no conversaban, simplemente decían cosas inconexas. Imagínense estar en un estadio lleno de gente, pues ahora imaginen que son capaces de escuchar con total claridad lo que dicen todas y cada de esas miles de personas hablando a la vez. Todos lo monologos, diálogos y debates ¡Todo! Así estaba mi cabeza. Mi mirada había caído en la visión de aquellos azulejos. Estuve tan concentrado viéndolos que creo poder decirles cuantos poros tenían aquellos cuadrados.

Poco a poco, esas voces fueron bajando el volumen y reduciendo su número. Cada vez menos gente hablaba dentro de mi cabeza. Hasta que pude distinguir una voz. Una voz que me resultaba tremendamente familiar. Pertenecía a una mujer, de unos 60 años. Era una voz muy aguda, pero a partir de ella pude recrear el físico de quien la poseía. Una mujer rubia de pelo corto y gafas de pasta con la piel del rostro flacida, llena de arrugas y manchas marrones.

Creo que puedo distinguir lo que dice

-Bueno, niños, en una semana se acaban las clases y por fin sereis libres y podréis disfrutar del verano, algunos más, otros menos, dependiendo de lo que hayais estudiado durante el curso. El caso es que -hace una pausa, traga saliva- para el año ya no me tendreis de tutora. En primer lugar porque pasais de curso y a partir de septiembre os dará clase la señorita Mercedes y en segundo lugar…-baja la mirada- este año me jubilo y… Ya no volveré a dar clase, ni tampoco os veré en el patio o en el comedor… Llevo 30 años dando clase en este colegio. Los de la primera promoción a la que di clase ya son todos padres, algunos de sus hijos están sentados ahora mismo en estos pupitres… A vosotros os pasará lo mismo, solo que yo no le daré clase a vuestros hijos. Igual ni siquiera los llego a ver… A veces sois insoportables, pero este año ha sido muy bueno y la verdad es que os voy a echar de menos. Sobretodo sabiendo que algunos de vosotros no vais a estar en este colegio el año que viene.

Un silencio sepulcral descendió sobre el aula. Era un día soleado y caluroso de principios de verano. Muchos de nosotros iríamos a la playa al salir de clase. Quedaba una semana y en verano no nos íbamos a ver. Marco, mi compañero de pupitre, empezó a llorar. Se le caían los mocos asíque acercó su boca a mi oreja y me susurró, con la voz entrecortada:

-Oye, ¿tienes un kleenex?

-No tío, lo siento -entonces levantó la mano. La profesora lo miró con una sonrisa, en un gesto de comprensión y profunda empatía. Supongo que ella también sentía lo mismo. De hecho, los ojos se le habían vuelto acuosos, en un intento de sus lágrimas por aflorar de su interior. Seguidamente levantó la cabeza, instando a Marco a expresarse. El dijo en voz alta, pero entrecortada

-¿Alguien me da un pañuelo, por favor?- El tono de su voz subía y bajaba intercalada por silencios hechos de pequeños hipidos e inspiraciones cortas pero profundas. Parecía que tenía cuchullas clavándose en los pulmones.

Toda la clase empezó a reirse de Marco. Pero la profesora hizo callar a todos con una sola mirada fulminante. En el fondo todos teníamos las mismas ganas de llorar que Marco.

-¿Alguien le deja un pañuelo a Marco? – pregunto la señorita.

-Yo – apenas un monosílabo. Dos letras. Fue todo lo que me hizo falta para localizar la fuente que había pronunciado aquel pronombre. Esa sílaba procedía del pupitre de atrás, de una voz clara y cristalina. Apenas dijo esto, oí el sonido de una cremallera, una mano que separaba las dos cortinas de tela de un estuche. Oí también el repicar de los bolis, lápices y ceras de colores los unos contra los otros. Y… ¡ah! Oí un llavero y dos dados rebotar contra una mesa de contrachapado. Marco se dió la vuelta y miro aquel brazo moreno terminado en una mano que sostenía un cuadrado de celulosa del blanco más impoluto que haya visto.

-Aquí tienes, Farfalla – dijo Alba.

-Gracias -contestó Marco. Y cogió el pañuelo, sonándose ruidosamente a continuación.

Farfalla los tenía bien puestos. El era libre. Era el único que se podía permitir el lujo de llorar en público. Los demás chicos teníamos que reprimirnos y conformarnos con reirnos de aquellos que se derrumbaban. Solo las mujeres y los mariposones lloran en público. Y a ninguno de nosotros nos gustaba que se nos tachara de bujarra. Aunque al llegar a casa todos nosotros nos encerrásemos en nuestros cuartos y nos pusiésemos a llorar por los amigos que ya no volveríamos a ver y la etapa de nuestras vidas que ya dejábamos atrás.

Le llamábamos Farfalla porque Marco era italiano y maricón. Farfalla es el nombre que allí se le da a las mariposas. Él provenía del sur, de una pequeña ciudad de Calabria. Sus padres se habían mudado hacía cuatro años a España. En ese tiempo, Farfalla había hecho muchos amigos y aunque nos metíamos mucho con él al principio, logró ganarse nuestro respeto a base de simpatía y un gran sentido del humor. Además, nos enseñaba a decir palabrotas en italiano y lo cierto es que el venir de tierras tan lejanas, hablando un idioma distinto, le daba un toque muy exótico.

Vino en nuestra clase desde el primer día que aterrizó aquí. No sabía hablar nada de español ni tampoco lo entendía. Los primeros días nos referíamos a el como “marica”, “maricón”, “mariposón”… Fue este último mote el que se escogió para su bautizo. Realmente, no sabíamos si Farfalla era gay o no. A esas edades, ni siquiera nosotros teníamos claras nuestras orientaciones sexuales, pero Farfalla tenía pluma. Ya saben, perdía más aceite que un coche de segunda mano y aún encima iba a clases de baile dos veces a la semana después del colegio.

Conforme fueron pasando los meses, Farfalla aprendió a hablar castellano y dejamos de meterle collejas para finalmente firmar un pacto de no agresión. Pasados unos años le dejamos que se integrase en nuestro grupo -hasta aquel entonces, solo andaba con las niñas-. Pasábamos gran parte del tiempo jugando al fútbol. A él no le gustaba y para que no se quedase solo durante los recreos, le dejábamos que nos arbitrase. El tío se lo tomaba super en serio. Hasta se fabricó unas tarjetas amarillas y rojas. Y se imponía… ¡Vaya si se imponía! Sí el decía que era falta. Era falta y punto.

– Y como te pongas tonto, te echo roja- decía. Y si te la echaba, te tenías que salir de la cancha porque como no obedecieras no paraba de lijarte la oreja. Podía llegar a ser muy pesado…

A pesar de tener nuestro respeto, a pesar de formar parte de nuestro grupo, seguimos llamándole “mariposón” durante todo ese tiempo. Sencillamente, con la costumbre, nos fue imposible llamarle Marco. El era Mariposón y ya está. No sé como se dice mariposón en italiano, seguramente tenga un término diferente, específico, que no se corresponde con el aumentativo del nombre del insecto que empleamos en español. Pero éramos niños y nos creíamos que todo era simple. Y que para llamar a alguien mariposón en italiano bastaba con saber como se decía mariposa en aquella lengua.

Fue así como un día, Javier “el croqueta”  le preguntó como se decía mariposa en italiano

-Farfalla-replicó Marco

El Croqueta casi se parte en dos cuando se lo dijo.

Y esta es la historia de como Marco pasó a ser Mariposón para después evolucionar en Farfalla. Farfalla… Me encanta ese nombre. Les juro que algún día, se lo pondré a uno de mis hijos.

Continuará

Los caramelos de tofe (III): Sí y no

¿Se han enamorado ustedes alguna vez? Si la respuesta es sí, entonces no creo que haga falta decirles como funcionan este tipo de cosas. Yo hace ya muchos años que no me enamoro. No recuerdo cual fue la última vez… Bueno, da igual. El caso es que se nos ha dado una imagen del amor un tanto utópica. Todavía más en el caso del amor adolescente. Es oir estas palabras y todos nos imaginamos esas películas americanas donde un joven y apuesto estudiante asalta a una inocente animodora en las taquillas para invitarla al baile de primavera. Por supuesto, ella siempre dice que sí. Van juntos al baile, el le revienta la cara al matón de turno, ella lo encuentra todavía más guapo en cuanto sangra por la nariz. Se van en su moto, son felices.

Ninguno duda, ninguno fracasa, ninguno dice “no se” o directamente “no”. En general, creo que lo que distingue la realidad de la ficción es la cantidad de síes o noes que uno puede encontrar. En la ficción todo es SI. No hay negación, ni negatividad de ningún tipo, todo es positivo. En la realidad existen elementos positivos, pero detrás de cada SI hay un NO acechando, una posibilidad de derrota tras una victoria en cada esquina. Hay tantos síes, tantos noes… ¡Qué difícil es la vida cuando hay tantas afirmaciones, tantas negaciones! Es difícil dar respuesta a una pregunta que se puede contestar tanto como con un Sí como con un No.

Por aquel entonces, a partir de aquel día de septiembre, toda mi existencia giró en torno a esa pregunta con relación a Alba ¿Será o no será? Y cualquier respuesta valía. Ya les he dicho que la realidad está hecha de síes y noes. Por eso el amor es tan real como la vida misma. Cuando alguien está, y perdonen la vulgaridad, “enchochado”, todo su día gira en torno a una pregunta que se puede responder de dos modos: Afirmando o negando. Si ustedes se encuentran en esa situación, entonces pueden decir tranquilamente, parafraseando al sabio, “solo sé que estoy enamorado”.

Yo estaba seguro de mi posición respecto a Alba pero, ¿y ella? ¿Sentiría lo mismo? Qué fácil sería preguntarle. Acercarse y decirle: “¿Hola, te gusto?” Y que ella simplemente respondiese sí o no. Pero a los enamorados les encanta complicarse la vida. Les encanta decir “no se” o “puede” y con eso se pasan la vida jugando al que no quiere la cosa. Se pasan el día lanzándose evasivas y pronuncian cosas dándoles el significado contrario al que realmente tienen. Es todo un conjunto de dimes y diretes que a veces terminan con el uno por el otro y la casa sin barrer. El que inventó estas frases hechas seguro que era un romántico.

 Ante esta situación, yo me lo tomaba todo como un juego. Aquel curso, tuve la fortuna de sentarme en el pupitre posterior al de ella. Ya les he dicho que Alba y yo hablábamos a menudo pero yo quería llegar a contactar de una forma más profunda. Lo cierto es que no tenía ni la más remota idea de como llegar a su corazón sorteando todo aquel mar de dudas, de síes y noes. Así que de las dudas, pasé a las excusas, pues el cariño entre dos personas nace de ellas y no de otras cosas como sostienen algunos. Las excusas son aquello que nos justifica delante de los demás y nuestra conciencia. Así, por ejemplo, de repente sentí una irrefrenable pasión por el teatro y me apunté al grupo del colegio. Miren ustedes cual sería mi sorpresa cuando me di cuenta de que Alba también estaba en el grupo. La vida está llena de coincidencias inocentes…

Creo que de esos tiempos viene mi actual aficción al teatro. Una vez a la semana, como mínimo, acudo a ver una representación. Me paso toda la obra con la mirada perdida y si al finalizar ustedes me preguntan qué opino del argumento, de tal o cual personaje o incluso del guión, les juro que no sabría decirles nada en absoluto. Ni siquiera sabría decirles de que trata la historia. Simplemente, cuando me siento en aquellas butacas, mi mente se escapa de mi cuerpo y se va de viaje a un país recóndito del que no sé nada, pues al terminar la obra, ambos vuelven a conectarse sin que pueda recordar donde he pasado todo ese tiempo. Ya les he comentado mi incapacidad para recordar lo que sueño. Despierto en medio de las butacas con una sensación de malestar y un rictus en mis labios.

Alba tenía un llavero con múltiples adornos. Uno de ellos era un dado. Como los del parchís. Algo que no les he contado es que soy un tipo muy nervioso. Soy de esas personas que se pasan el día apretando el botón del bolígrafo, comiéndose las uñas o jugando con cualquier objeto entre mis manos. Alba solía dejar el llavero en el borde delantero de su pupitre, justo al alcance de mi mano ¡Qué coincidencia! Durantes las lecciones solía prestar atención a lo que decía el profesor y mi mente se ocupaba en procesar todos los datos, todas las palabras que mi maestra iba diciendo.

Pero cuándo se hacía el silencio, cuando el docente abandonaba el aula y los otros niños gritaban, alborotaban, subvertían las normas hasta la llegada del siguiente profesor, mi mente quedaba vacía y desprevenida ante aquellos pensamientos que tenían por objeto a quién estaba detrás mía. Mis sentidos se centraban en una brisa que me acariciaba la nuca y me ponía los pelos como escarpias. Una brisa cuyo aire provenía de una boca fina que respiraba. Una boca que pertenecía a una cara, una cara que era de un cuerpo, un cuerpo que era de un alma a quien yo me moría por mirar a los ojos.

Para mirar a alguien a los ojos es necesario tener una razón o, como ya he dicho, una excusa. Quería girarme para verla, pero entonces ¿Qué le diría? Girarme y mirala a cara… Así a lo brusco… Pero yo me moría por hacerlo… Entonces, como por arte de magia, inconscientemente, mi brazo se movía lenta pero inexorablemente hacia atrás, haciendo el movimiento de un aspa de molino. Mi mano caía en el vacío, hacía atrás mientras yo miraba hacia la pizarra, hacia delante. La caída parecía interminable pero finalmente mis dedos tocaban la superficie fría y lisa de la madera de contrachapado. Seguidamente rebotaban un par de veces a derecha y a izquierda hasta que la textura de la madera daba paso a una textura más fría aún: La del llavero de Alba. Mis manos se regocijaban de alegría cuando encontraban el cubo de plástico y lo palpaban con voluptuosidad.

Mis dedos se excitaban recorriendo la superficie lisa y salpicada de pequeñas hendiduras que eran los puntos de los números de aquel dado. Estaba en este estado de postración durante unos minutos. En aquel baile entre mis dedos y el cubo que finalmente quedaba intenrrumpido por una melodía. Una canción celestial cuya letra era la siguiente:

– ¿Qué haces?- me giraba sobresaltado. Mi cuello rotaba junto a mi cara. Mis ojos solo veían, entretando, unas líneas horizontales de luces que cruzaban de izquierda a derecha. Los planos del aula que me rodeaba se sucedían unos a otros a una velocidad vertiginosa. Primero la pizarra verde en la parte frontal, luego el ricón a la izquierda donde estaba la mesa del profesor, después la pared de ladrillos amarillos puestos en vertical unos junto a otros. En un orden tan perfecto que asustaba. La sucesión infinita de bloques separados por líneas blancas corrían ante mis ojos haciendo el efecto de una reja que se descorría ante la celda de una prisión.

Despues de hacer todo aquel camino tortuoso, la verja se descorría totalmente y podía ver la realidad tal cual era. Sin el dibujo de los barrotes de la prisión. Podía ver de donde procedía aquella melodía. Una fuente de piel morena y mechas rubias y unos ojos… ¡Ah! Aquellos ojos verdes… Pero ni siquieran eran ojos…

Eran esmeraldas…

Nunca he vuelto a verlos…

Podías ver en ellos el agua cristalina del mar caribe. Podías ver en ellos la claridad de un oceano en medio de un anticiclón veraniego.

No se cuanto tiempo estuve en suspenso viéndolos . Solo sé que las mejores canciones están hechas de silencios. Y aquel silencio se vio interrumpido y la letra de la canción prosiguió:

– ¿Qué haces?

-Nada, me gusta tu llavero… – Ella frunció el ceño-

-Jajajaja ¿De verdad? Pues no sé que le ves.

– Es que soy un tipo muy nervioso y me gusta tener cosas con las que jugar entre los dedos. Bolis, canicas, dados… Cosas de ese palo, ¿sabes? Me encanta este dado.

– Si quieres te lo regalo, ¿eh?- sonreía, pero no con la boca. Sonreía con ojos que entornaban los párpados. Dándole a los globos oculares una forma almendrada, suave. Como un campo de colinas verdes en primavera.

– ¡Qué va! No hace falta. – Me giraba rapidamente hacia donde estaba la pizarra.

Este tipo de conversaciones se repetían con cierta regularidad todos los días. Ocurrían cuando mi mente se vaciaba de contenido. Cuando mis neuronas no tenían objeto con que distraerse. Cuando las ecuaciones, datos históricos y demás lecciones se sumían en el silencio y la profesora abandonaba el aula, mi cabeza buscaba desesperadamente aquel aliento que me daba en la nuca procedente del cuerpo de Alba.

En verdad que yo no estaba para nada interesado en llavero, ni tampoco en el dado que contenía. Esto lo digo ahora, pero en aquel entonces me autoengañaba ¿Saben aquello que dicen de que una mentira repetida muchas veces se convierte en verdad? Pues bien, yo me repetía siempre la misma frase “me encanta este dado” o “me encanta el teatro”. Lo hice tantas veces que al final terminé por creerme mis propias mentiras. Cuando esto sucede, uno puede volverse loco al despegarse de la realidad. Cuando uno se cree sus propias mentiras ¿Quién puede sacarle de su error? El que intente decir “estás mintiendo por esto y aquello” se encontrará con un muro de argumentos, quejas y lamentaciones como mínimo infranqueable. Y la víctima del autoengaño se defenderá con uñas y dientes porque se sentirá objeto de injusticia. Sócrates decía que es mejor sufrir una injusticia que cometerla, porque quién es víctima de una injusticia no tiene miedo, ni recelo alguno y es capaz de enfrentarse a quien sea, de rebasar los mayores peligros porque sabe que tiene razón y eso le da fuerzas.

Me gustaba el llavero, no por sí mismo. Me gustaba el llavero porque pertenecía a Alba. Porque todo lo que a ella pertenecía, todo lo que entraba en contacto con ella, quedaba prendado de una belleza sublime. Volviendo al ejemplo de las tortillas, hay gente que le echa cebolla y otra que solo le echa patata, huevo y sal. Los que prefieren la primera modalidad suelen aborrecer a la segunda, aunque la única diferencia son unas pocas rodajas de cebolla. La clave del éxito no está en la cebolla en sí, ni tampoco en la tortilla propiamente dicha. La clave está en el todo. En el binomio (tortilla.cebolla) que termina por superar en sabor a la simple y llana tortilla de patata ¿Hasta que punto los dos tipos merecen llamarse tortilla? ¿Donde empieza y donde acaba el concepto de tortilla? Si ademas de cebolla, le echo chorizo, espinacas, pan, pepinos… ¿Sigue siendo eso una “tortilla con…” o por el contrario ya estaríamos hablando de un plato totalmente distinto?

El pupitre de Alba era feo. Tenía dos patas metálicas. Finas y cuadradas. Negras. La gaveta era una plancha también metálica, también negra y encima llevaba una tabla de madera de contrachapado. Era un pupitre barato, feo, simple… Salvo cuando Alba se sentaba en el. En ese momento el binomio “pupitre.Alba” se convertía en el binomio más hermoso que ustedes puedan ver pues aquel todo era más que la suma de las partes. Alba no perdía belleza al sentarse en un pupitre tan feo y el pupitre, considerado particularmente, no perdía nada de su fealdad. Lo mismo ocurría con el llavero y con todo lo que a ella se refería.

Incluídos los caramelos de tofe…

Continuará

Los caramelos de tofe (II): Alba

Cerré los ojos por tercera vez buscando sueño y reposo para mi agitado corazón. Pero otra vez desperté sobresaltado, deslumbrado por la luz de aquella imagen. A diferencia de las otras dos veces, en esta ocasión mi memoria pudo grabar aquel rostro por entero. Lo cual no mejoró las cosas, pues ahora tenía en mi cabeza un cajón con una foto que perturbaría mi ánimo cada vez que lo abriera.

¿Saben? Por lo general no suelo recordar lo que sueño. Me acuesto por las noches, apoyo la cabeza en la almohada y cuando me quiero dar cuenta, la luz entra en mi cuarto por las rendijas de la persiana. No recuerdo ni cuando abro o cierro los ojos. A veces me levanto triste o alegre sin saber porqué. Supongo que las historias que se forman en mi cerebro durante las noches tienen algo que ver. Incluso cuando recuerdo lo que he soñado no puedo recopilar todo, solo imágenes inconexas.

Esta fue una de esas veces en las que, de toda la historia, solo recuerdo una imagen. Un fragmento suelto de todo el cuento que mi subconsciente iba narrando mientras cerraba los ojos.

En esta vida, existen cosas que no tienen nombre. Dependiendo del idioma que hablemos, podremos encontrar términos para nombrar algunas realidades, pero no todas. Y así, hay sensaciones, sentimientos, olores, imágenes… Que no se pueden pronunciar. Algunos poetas se han frustrado intentando darle nombres a este tipo de realidades. Digo que se han frustrado porque resulta que cuando nombras algo, ese algo, por veces, pierde su magia, pierde incluso todo lo bello que hay en el.

En este caso, mi sueño tenía un nombre. Y tenía nombre porque era un rostro. Repito que en esta vida hay cosas que no tienen nombre, pero los rostros no son una de ellas. Todas las caras tienen un nombre. Todo lo que esa cara respresenta: su historia, su ayer, hoy y mañana. Sus miedos, deseos, alegrías, amistades… Todo eso queda colapsado en un par de sílabas. Letras que por si solas no tienen sentido, pero que cuando se juntan provocan en el estómago mariposas y mareas vivas. Así de poderosos son los nombres.

Pero ¿Cual era el nombre de ese rostro que me asaltaba con nocturnidad y alevosía? Eran sin duda un nombre y un rostro conocidos ¿Como si no me hubieran podido provocar aquel despertar angustioso? Era la cara de alguien que yo había conocido hacía mucho tiempo. Una cara proveniente de mi preadolescencia y juventud.

Y el nombre… ¿Como era ese nombre? Mara… Marta… Ana… No,no… No era ninguno de ellos. Era… Era…

¡Y entonces un fogonazo! ¡Una luz, un calambre, un suspiro, una sonrisa! ¡Un instante de placer en mitad de la noche! ¡ALBA! ¡ALBA! ¡ALBA! !!!Albalbalbalbalbalbalbalbalbalbalbalbalbalba!!!! Todo esto cayó como un aluvión sobre mi cabeza. Y los pájaros retomaron su trino dentro de mi. Solo era capaz de oír pájaros, como si la lluvia fuese inminente. Era ese simple nombre traído del recuerdo el que me provocaba aquel malestar, aquel rictus, aquel dolor de estómago, aquellos nudos en la garganta… Ahora, nombre y rostro encajaban como las piezas de un puzzle, resultando un todo perturbador y hermoso a partes iguales.

Pero ¿Qué les puedo contar yo de Alba? Pues bien, de Alba solo les puedo decir que tiene dos lunares en la mejilla derecha, a tres centímetros al sur del paraíso de sus ojos verdes. Son dos lunares paralelos: Uno mas cerca de la nariz, otro mirando hacia esa oreja cubierta por un pelo tan castaño como su piel. Los lunares son dos gotas de chocolate negro en el café con leche de su rostro. Y el tramo de piel que hay entre ellos es el camino hacia el cielo.

Podría pasarme la vida yendo y viniendo entre esos dos lunares, una y otra y otra vez. Como quien va de Santiago a la Meca, como el sol que va de este a oeste sin parar. Toda la vida estaría peregrinando por aquel sendero celestial al sur del Edén.

Ese camino santo esta enmarcado por unas mejillas carnosas una cara redonda labios finos nariz recta tez morena y dos esmeraldas bajo las cejas (Si al leer esto se quedan sin respiración, se desorientan y jadean imaginen como me quedaba yo cada vez que la veía).

Y para terminar un cabello lacio, castaño y de ribetes rubios moteado cuando era verano. Algunos impresionistas gustaban de pintar al aire libre y en ocasiones pintaban un mismo objeto en diferentes momentos del día. De esta forma, la luz de la mañana hacía un  paisaje  distinto al pintado por la tarde o al caer la noche. Estoy pensando en el clásico ejemplo de la catedral de Rouen de Monet.

Yo tuve la oportunidad de ver Alba en distintas horas del día a lo largo de las estaciones del año y en todas ellas ofrecía un aspecto distinto pero hermoso a su manera. Aún así, su presencia mejoraba en verano cuando se le ponía la piel morena y los dientes blanqueaban aquel rostro y cuando los mechones rubios aparecían  de forma aislada entre la totalidad de su melena castaña.

Sé de sobra que les estoy describiendo a Alba como si fuese un cuadro, una escultura. Un simple objeto. Pero lo hago por una razón científica: La luz viaja más rápido que el sonido. Por lo que percibimos antes las imágenes que las voces y por eso yo ahora describo a Alba como si fuese un cuadro estático en lugar de una película dinámica y llena de pasiones, llena de ruidos. Tal y como son las personas en realidad. Porque digan lo que digan el amor entra por los ojos y por los oídos lo hace de una forma más lenta.

Ahora que ya saben como es Alba, faltan por contestar otras dos preguntas: ¿Quién es Alba? y ¿Por qué Alba?

Ahora mismo Alba es solo un recuerdo. Mejor dicho, un sueño que me atormenta por las noches en cuanto cierro los ojos. Pero hubo un tiempo en que Alba fue tan real como todos ustedes que me leen… Bueno digamos que Alba era tan real como yo mismo y estas palabras que escribo (tengo dudas de que alguien vaya a leer esto).

Para hablar de Alba como algo real tengo que retroceder hasta mi infancia, concretamente hasta los once o doce años. Ahí empieza la historia, en esa edad en la que uno se encuentra a las puertas de la adolescencia. A punto de entrar en esa crisálida de la que, al cabo de diez años, acabaría saliendo convertido en un adulto joven.

Conocí a Alba un día de septiembre. Venía en mi clase desde parvulario por lo menos, pero reparé en ella por primera vez aquel día. Es algo muy típico de los tiempos modernos, caminamos toda la vida mirando para el suelo sin darnos cuenta de que si levantamos la cabeza veremos un sol radiante encima nuestra.

Ese día vi el sol por primera vez. El verano daba sus últimos coletazos o sea que ella tenía aquellas mechas que tanto me gustaban. Los que ahora me leeis probablemente os estareis riendo de mi patetismo al relatar un simple amor platónico de la adolescencia. Lo cierto es que Alba fue la primera y después de ella vinieron muchas otras… Pero nunca fue lo mismo.

Ya les he dicho antes que no hay dos tortillas iguales. Asíque nunca volveré a conocer a otra chica como Alba. Ni falta que hace. Me siento afortunado solo de haber coincidido con ella en aquellos años.

Mentiría si dijera que ella ignoraba que yo existía. Esta no es la clásica historia de un chico que se enamora de una chavala y  sufre porque ella ni siquiera le dirige una mirada. No. Alba y yo nos llevábamos bien. Hablábamos a diario. Llevaba hablando con ella toda mi vida, pero a partir de ese día de septiembre las conversaciones comenzaron a tomar un cariz diferente…

Continuará

Los caramelos de tofe (I)

¿Saben qué? Me gustan los caramelos de tofe. Es más, los adoro. Cuando era pequeño, mi madre tenía la costumbre de premiarme con un caramelo de tofe los días que me portaba bien.

Cuando hacía la cama, limpiaba y ordenaba mi habitación, cuando sacaba una buena nota en un examen… Mi madre me solía dar uno de esos premios en forma de bloques azucarados y sólidos cuando los envolvía el papel, mas viscosos cuando se deshacían en la boca.

Durante mi infancia los caramelos de tofe se convirtieron en mi referente moral. Sabía que me había portado bien cuando mi madre caminaba hacia el armario de la cocina y del estante superior sacaba una bolsa de caramelos y me daba uno. Escondía la bolsa en aquel recóndito lugar para que yo no lo alcanzase y  entonces poder robar cuantos manjares quisiese.

A día de hoy, hace mucho que no me tomo un caramelo de tofe. Creo poder recordar la última vez que lo hice. Era un día de invierno, el sol estaba cayendo sobre el horizonte. Volvía de  uno de mis paseos por la playa cuando, qué casualidad, tropece con un tenderete de camino a casa.

En aquel puesto vendían nueces garrapiñadas, rosquillas y ¡Qué sorpresa! Caramelos de tofe. Compré una bolsa entera y me los fui comiendo mientras regresaba al hogar: Uno tras otro. En verdad que no me gustaban, pero los comía porque el sabor suscitaba en mi una experiencia de tipo proustiano que me hacía regresar a mi infancia y preadolescencia.

Una vez llegué a casa, me sente en el sofá, puse la tele y continúe picando de aquellos dulces mientras veía las noticias. Fue entonces cuando reparé en que, de todos los caramelos que llevaba comidos, ninguno sabía igual que el anterior. No sé si ustedes se habrán dado cuenta, pero, por si acaso, les exhorto a que piensen en su plato favorito ¿Lo tienen? Bien, ahora intenten recordar todas la veces que han probado ese alimento y contéstenme: ¿Han probado dos veces el mismo plato? ¿Pueden asegurar que esa comida tuvo el mismo sabor todas las veces que la probaron a lo largo de su vida?

Es una desgracia que esto no sea un Instachat y no puedan ustedes ni verme ni yo oír sus respuestas instantáneamente. Así que continúo con mi monólogo solitario y me respondo a mi mismo: No, nunca he probado dos tortillas iguales, nunca he bebido dos cafés iguales, nunca he caminado dos veces por la misma calle. No, nunca he besado dos veces de la misma manera a una persona y, no, nunca he besado dos veces a la misma chica.

Una vez hecha esta digresión, retomo otra vez el tema. Pues eso, que me di cuenta de que los caramelos de aquella bolsa no sabían todos igual. Pero en ese caso la diferencia estaba justificada porque no todos aquellos caramelos eran de tofe. Todos eran masticables, pero no todos eran de café con leche (definición esta del caramelo de tofe). Algunos eran masticables con sabor a chocolate, otros a vainilla, otros a praliné… Y, finalmente, algunos eran tofes.

En la televisión, los informativos dieron paso a una serie de hombres robustos, mujeres guapas, chistes malos y situaciones tipo “¡Oh! Esto no me lo esperaba” o “Que tensión tiene esta escena en la que no se si el protagonista de la serie, y en el cual se basa toda la trama de la temporada, va a sobrevivir y aparecer en el capítulo siguiente”.

El caso es que, mientras veía pasar las imágenes, me fui sintiendo cada vez peor. Es una sensación que yo no se como describirles. No era un dolor de estómago a causa del empacho de tofes. Tampoco era un dolor de cabeza. Era una sensación de pesadez, acompañada de síntomas como: Cosquilleos en el estómago, algo parecido a lo que ustedes pueden sentir cuando caen en picado desde lo alto de una montaña rusa, un nudo en la garganta y una fuerza que sale del mismo lugar deformando mi rostro en una especie de rictus bastante desagradable.

Lo cierto es que no es la primera vez que experimento esa sensación. Habitualmente se me pasa en cuanto rompo a llorar. Pero esta vez se me olvidó hacerlo, estaba tan cansado que mi cuerpo no fue capaz de aliviar la presión interna de mi organismo en forma de lágrimas.

Simplemente mis ojos se quedaron fijos en un punto, en la pared de detrás del televisor. La pared se fue desenfoncado. Cada vez se desenfocaba mas. La imagen de la pared amarilla desenfocada se dividió en dos imágenes. Dos imágenes que confluían hacia el centro en cuyo lugar estaba el perfil de mi nariz.

Poco a poco esa amalgama de imágenes desenfocadas se vió salpicada por pequeños puntitos rosas, malvas, blancos, violetas que danzaban de un lado para otro. Esos puntos fueron creciendo hasta convertirse en manchas rosáceas y blancas que cubrían las imágenes desenfocadas sumiéndolas en una oscuridad plagada de luces.

Yo nunca he estado en el espacio, no se si alguno de ustedes si, pero supongo que el espacio presenta un aspecto semejante a lo que podemos ver cuando cerramos los ojos y presionamos los párpados con nuesros nudillos. Dicen que se llaman fosfenos.

Pues como iba diciendo, esa oscuridad espacial estaba empezando a tornarse en imágenes de distinto tipo. Eran imágenes inconexas, carentes de sentido… Pero de repente, cuando ya estaba a punto de caer en lo más profundo de mi sueño, una imagen, una ráfaga de luz me trajo a la realidad de mi salón de nuevo.

Me desperté dando un respingo. De igual manera les habrá pasado a ustedes cuando cierran los ojos y tienen la sensación de caer al vacío y despiertan sin saber que fue lo que provocó esa sensación.

Pues yo tampoco recordaba qué era lo que me había traído al mundo real. Solo sabía que estaba en el sofá de mi casa. Ya era noche cerrada y por la ventana de mi salón solo entraba la luz amarillenta de las luces de la calle. La televisión hacía tiempo que se había apagado. Resulta que yo tengo de esos aparatos que se apagan solos cuando transcurre mucho tiempo sin que nadie realice una acción en ellos.

No sabía qué imagen era aquella que me había despertado, pero sin duda tenía sobre mí un efecto poderoso, porque me desperté pálido, temblando, triste… Y la sensación de pesadumbre que ya les describí más arriba no se había ido.

Me levanté del sofá e inicié mi peregrinar a través de las sombras del pasillo. El corredor estaba oscuro e iluminado a cada rato por luces azuladas provenientes de las distintas estancias de la casa. Caminé por aquel túnel de luces y sombras con mi típico rictus y mi rostro rígido.

Al fin, llegué a mi dormitorio, cerré la persiana y me eché en cama. Boca arriba, mirando al techo. Seguía estando nervioso y alterado, me costó mucho dormirme. Pero mi estado de somnolencia no duró demasiado porque otra vez esa imagén apareció y me devolvió a mi habitación ¿Qué, o mejor dicho, quién era esa imagen? Digo quién porque a diferencia de la primera vez, en esta ocasión pude retener algo de esa imagen en mi memoria.

Había logrado retener un fragmento de un rostro, unos ojos verdes cubiertos por unas cejas morenas y finas separadas una de la otra por un ceño despejado. Unos ojos que se guarecían detrás de unos párpados también morenos como un café con leche de las cuales salían unas pestañas finas y negras.

Solo pude retener ese pedazo de la imagen que perturbaba mi sueño. Una imagen que tan solo aparecer me sumía en un estado de agitación y malestar.

Pero ¡Qué diablos! ¡¿Qué imagen era aquella que me despertaba, que me alteraba, que me porvocaba nudos en la garganta y dolor de estómago?! ¡¿Qué era que al abrir los ojos mi rostro despertaba tensionado y con presión acuosa en los lacrimales?!

Estuve, no sé, una hora, dos horas, quizá más, dando vueltas en la cama desasosegado. Mi piernas se movían como locas y en mi cabeza solo podía oír a los pájaros trinar, como trinan al amanecer o cuando está a punto de llover.

Fui un caballo salvaje, desbocado, sin jinete durante mucho tiempo…

Poco a poco me fui dominando, pues las espuelas del tiempo se clavaban en mi espalda llevándome por el camino de la quietud y el silencio nocturno.

No se si lo saben, pero el tiempo y el olvido van de la mano. Por eso dicen que el tiempo todo lo cura. En realidad, no cura nada, simplemente nos ayuda a olvidar el dolor aunque la herida sigua ahí, lo mismo que hace la morfina o cualquier anestésico. Con el tiempo olvidamos aquel daño, aquel dolor que nos encabritaba, nos encolerizaba, nos alteraba sin dejarnos pensar.

Por eso el tiempo es un buen domador de caballos y yo me fui relajando, poco a poco hasta que finalmente se me fueron cayendo otra vez los parpados, mientras pensaba “¿Qué veré esta vez?”.

Una semana cualquiera

Día 1:

Hoy he bajado al bar que hay en frente de mi casa. Me he sentado en la terraza. En esas sillas y mesas amarillas, mirando al cielo azul. He pedido un café. Me lo he bebido muy lentamente y después de estar dos horas mirando al infinito me marché para casa. Fui feliz.

Día 2:

Hoy he bajado al bar que hay en frente de mi casa. Me he sentado en la terraza. En esas sillas y mesas amarillas, mirando el cielo azul salpicado por alguna nube. He pedido una cerveza. La he bebido a un ritmo moderado. Estaba ligeramente amarga. Después de estar dos horas y media mirando al infinito me di cuenta de que en frente de la terraza hay un edificio marrón y a su lado, un muro que delimita la parcela de una casa. Me fui a casa. Fui feliz

Día 3:
Hoy he bajado al bar que hay en frente de mi casa. Me he sentado en la terraza. En esas sillas y mesas amarrillas, mirando al cielo gris, enladrillado por las nubes. Me he pedido dos cervezas. Me las bebí muy rapido. Y después de estar tres horas mirando a la nada reparé en que el muro que delimitaba aquella casa estaba formado por bloques de hormigón, unos puestos encima de otros. Me fui a casa. Fui feliz.

Día 4

Hoy he bajado al bar que hay en frente de mi casa. M he sentado en la terraza. En esas sillas y mesas amarillas, mirando a un cielo negro, con nubes cargadas de agua. He pedido dos cervezas y un gin tonic. Me las bebí en tres tragos. Después de tres horas y media, me di cuenta de que el muro estaba lleno de grafitis. Y además estaba rodeado de un campo verde. Me fui a casa. Vomité. No recuerdo si fui feliz.

Día 5

Hoy he bajado al bar que hay en frente de mi casa. Me he sentado en la terraza. En esas sillas y mesas amarillas, mirando al cielo más negro aún, con las nubes descargando agua por todas partes. Pedí cinco gin tonics. Me los bebí de dos tragos. Después de estar cuatro horas bajo la lluvia pude ver que el muro había crecido cinco metros y que encima de el habían puesto un alambre de espino. Me levanté para escalarlo, dí dos pasos, vomité y me caí inconsciente en el suelo. Nunca mas regresé a casa.

Día 6

Hoy me he despertado en el mismo bar que hay en frente a mi casa. Estaba tirado en el suelo rodeado por un charco de agua y vómito. Me he sentado en la terraza otra vez. En esas sillas y mesas amarillas. Mirando al cielo. No recuerdo como estaba el cielo. Pero hacía viento. Pedí 10 chupitos de tequila. Me ahogué con ellos.Llevaba cuatro horas y media soportando el gélido viento, cuando me di cuenta de que el muro había crecido otros cinco metros y se había acercado a mi. Robándome el espacio. Sabía que al otro lado estaba la felicidad. Intenté escalarlo, pero solo pude vomitar. Nunca más volví a ser feliz

Día 7

Hoy me he despertado en el mismo bar que hay en frente a mi casa. Estaba sentado en esas sillas amarillas y esas mesas amarillas. No me pude levantar porque el muro estaba justo en la punta de mis pies. Pedí ocho chupitos de absenta y me los bebí de penalty. Llevaba cinco horas sentado cuando miré al cielo y solo pude ver bloques de hormigón. Se me ocurrió que podía retroceder para escalarlo. Pero ya no había espacio para retroceder. Pensé que quizá hubo un día en el que ese muro era solo un simple bordillo. Y me enfadé porque pude haberlo cruzado entonces y no lo hice.

Me quedé sentado llorando hasta que por fin vomité y me quedé dormido.

Y nunca más quise volver a despertar.

 

Abre la boca

Era un día nublado. El cielo quería llorar y a veces lo hacía pero de una forma contenida. Como aquel niño que no quiere mostrar su sensibilidad en público y niega su llanto aun cuando las lágrimas le caen por las mejillas.

La vió aparecer al fondo de la plaza, a lo lejos, y ella saludó mientras avanzaba a paso ligero hacia el. No era guapa. Tenía un rostro bastante poco agraciado. Picado en granos. Grasiento por veces. Los ojos huidizos y sin color. El rostro nublado, igual que aquel día. Para culminar el desaguisado una verruga en la nariz, ganchuda y aguileña. Rodeada de mejillas estiradas y escasas en carne.

¿De donde habría salido aquello? No lo sabía. Solo quería huir de allí. Pero era demasiado tarde. Se dieron dos besos en la mejilla y se retiraron a un bar cercano para charlar mientras tomaban una cerveza.

Todo empezó con un “hola, ¿que tal?” y continuó como suelen seguir ese tipo de conversaciones anodinas entre personas que se acaban de conocer. Ella comenzó hablando de su pasión por las bicicletas, del gusto de pasear junto al mar en otoño, de leer buenos libros, ver buenas películas, tener buenos amigos… Seguidamente pasó por desvelar sus miedos: El miedo a no tener nada delante, el miedo a no saber hacia donde caminar, el miedo a quedarse ciega… A continuación, habló de sus torpezas, frustaciones y deseos. Fue entonces, mientras hablaba, mientras se desnudaba el alma, mientras enseñaba sus cicatrices, que él pudo ver cierto resplandor en sus ojos.

Pudo ver que la blancura se contagiaba a su rostro y la verruga… ¡Que preciosa era aquella verruga que tan graciosamente le iba a aquella nariz aguileña que denotaba la inteligencia de la mente! Qué increíble que cuanto mas hablaba, las tinieblas de sus ojos se iban disipando dejando ver el color verdoso de su iris. Esos ojos verdes propios de una diosa que todo lo ve ¡Y qué decir de los hoyuelos que se le formaban en la mejilla al sonreir! Y ella que no paraba de reir. Y el que no paraba de ser feliz.

La conversación fue decayendo hasta llegar a ese típico punto en el que ya no hay nada mas que decir… El punto culminante llegó cuando ella exclamó: ¡Al final se ha quedado buen día!

Y era verdad que el sol había salido. Iluminando las calles mojadas que ahora relucían. El día no había parado de hablar. Ahora ellos se veían enrredados en un diálogo de besugos sobre la importancia del clima y el ciclo de vida de los salmones.

-Sí, los salmones son increíbles

– Es verdad, la gente no se percata de lo interesantes que son… Y además es mi pescado favorito…

(Silencio. Un silencio que solo dura treinta segundos, pero que parece que dura una hora)

– ¡Oh! ¡Pero mira esa paloma!

-¿Que? ¿Que pasa? Maldita sea, me lo he perdido…

– ¡Ah! Jajajajaja pues fue muy gracioso. Iba a coger un cacho de pan y un gorrión se lo ha robado justo delante del pico…

– ¿¡S!? ¡Los gorriones son asombrosos. Me gustan porque son rápidos y astutos

– Como las moscas.

– Sí, las moscas también son adorables…

El silencio se cernió otra vez sobre ellos. Un silencio tan profundo que se podía oir el sonido del viento. El ruido producido por el batido de las alas de una polilla incluso. No pudo contar cuantos segundos duró aquel silencio. El clavó la mirada en su vaso de cerveza. Ella hizo lo mismo. Durante un buen rato no fueron capaces de mirarse a los ojos. Aquel silencio se estaba alargando mas que el anterior.

El silencio es el idioma de los enamorados. Y él no quiso romper aquel lenguaje sagrado. Aquel lenguaje del sosiego que ponía paz en su alma y en su cabeza llena de estridencias. Nunca en su vida había tenido la oportunidad de escuchar silencios tan placenteros. Un silencio que de repente se vió roto por aquel verde. Aquel verde de sus ojos que lo fulminó al levantar su cabeza.

¡Que grandes! ¡Qué cerca estaban aquellos ojos de fantasía! Y el silencio que se hacía más y más grande conforme la distancia entre sus rostros se iba haciendo más y más pequeña. Cuándo el silencio fue lo suficientemente espeso como para tocarlo ella susurró:

Sí, las moscas son adorables…

Y el silencio se tragó sus bocas. Sus lenguas. Se tragó sus cuerpos. Sus vidas fusionadas en el mar de plata de los charcos resplandecientes a la luz del sol.

Como naúfragos en un mar de silencios…