Los caramelos de tofe (I)

¿Saben qué? Me gustan los caramelos de tofe. Es más, los adoro. Cuando era pequeño, mi madre tenía la costumbre de premiarme con un caramelo de tofe los días que me portaba bien.

Cuando hacía la cama, limpiaba y ordenaba mi habitación, cuando sacaba una buena nota en un examen… Mi madre me solía dar uno de esos premios en forma de bloques azucarados y sólidos cuando los envolvía el papel, mas viscosos cuando se deshacían en la boca.

Durante mi infancia los caramelos de tofe se convirtieron en mi referente moral. Sabía que me había portado bien cuando mi madre caminaba hacia el armario de la cocina y del estante superior sacaba una bolsa de caramelos y me daba uno. Escondía la bolsa en aquel recóndito lugar para que yo no lo alcanzase y  entonces poder robar cuantos manjares quisiese.

A día de hoy, hace mucho que no me tomo un caramelo de tofe. Creo poder recordar la última vez que lo hice. Era un día de invierno, el sol estaba cayendo sobre el horizonte. Volvía de  uno de mis paseos por la playa cuando, qué casualidad, tropece con un tenderete de camino a casa.

En aquel puesto vendían nueces garrapiñadas, rosquillas y ¡Qué sorpresa! Caramelos de tofe. Compré una bolsa entera y me los fui comiendo mientras regresaba al hogar: Uno tras otro. En verdad que no me gustaban, pero los comía porque el sabor suscitaba en mi una experiencia de tipo proustiano que me hacía regresar a mi infancia y preadolescencia.

Una vez llegué a casa, me sente en el sofá, puse la tele y continúe picando de aquellos dulces mientras veía las noticias. Fue entonces cuando reparé en que, de todos los caramelos que llevaba comidos, ninguno sabía igual que el anterior. No sé si ustedes se habrán dado cuenta, pero, por si acaso, les exhorto a que piensen en su plato favorito ¿Lo tienen? Bien, ahora intenten recordar todas la veces que han probado ese alimento y contéstenme: ¿Han probado dos veces el mismo plato? ¿Pueden asegurar que esa comida tuvo el mismo sabor todas las veces que la probaron a lo largo de su vida?

Es una desgracia que esto no sea un Instachat y no puedan ustedes ni verme ni yo oír sus respuestas instantáneamente. Así que continúo con mi monólogo solitario y me respondo a mi mismo: No, nunca he probado dos tortillas iguales, nunca he bebido dos cafés iguales, nunca he caminado dos veces por la misma calle. No, nunca he besado dos veces de la misma manera a una persona y, no, nunca he besado dos veces a la misma chica.

Una vez hecha esta digresión, retomo otra vez el tema. Pues eso, que me di cuenta de que los caramelos de aquella bolsa no sabían todos igual. Pero en ese caso la diferencia estaba justificada porque no todos aquellos caramelos eran de tofe. Todos eran masticables, pero no todos eran de café con leche (definición esta del caramelo de tofe). Algunos eran masticables con sabor a chocolate, otros a vainilla, otros a praliné… Y, finalmente, algunos eran tofes.

En la televisión, los informativos dieron paso a una serie de hombres robustos, mujeres guapas, chistes malos y situaciones tipo “¡Oh! Esto no me lo esperaba” o “Que tensión tiene esta escena en la que no se si el protagonista de la serie, y en el cual se basa toda la trama de la temporada, va a sobrevivir y aparecer en el capítulo siguiente”.

El caso es que, mientras veía pasar las imágenes, me fui sintiendo cada vez peor. Es una sensación que yo no se como describirles. No era un dolor de estómago a causa del empacho de tofes. Tampoco era un dolor de cabeza. Era una sensación de pesadez, acompañada de síntomas como: Cosquilleos en el estómago, algo parecido a lo que ustedes pueden sentir cuando caen en picado desde lo alto de una montaña rusa, un nudo en la garganta y una fuerza que sale del mismo lugar deformando mi rostro en una especie de rictus bastante desagradable.

Lo cierto es que no es la primera vez que experimento esa sensación. Habitualmente se me pasa en cuanto rompo a llorar. Pero esta vez se me olvidó hacerlo, estaba tan cansado que mi cuerpo no fue capaz de aliviar la presión interna de mi organismo en forma de lágrimas.

Simplemente mis ojos se quedaron fijos en un punto, en la pared de detrás del televisor. La pared se fue desenfoncado. Cada vez se desenfocaba mas. La imagen de la pared amarilla desenfocada se dividió en dos imágenes. Dos imágenes que confluían hacia el centro en cuyo lugar estaba el perfil de mi nariz.

Poco a poco esa amalgama de imágenes desenfocadas se vió salpicada por pequeños puntitos rosas, malvas, blancos, violetas que danzaban de un lado para otro. Esos puntos fueron creciendo hasta convertirse en manchas rosáceas y blancas que cubrían las imágenes desenfocadas sumiéndolas en una oscuridad plagada de luces.

Yo nunca he estado en el espacio, no se si alguno de ustedes si, pero supongo que el espacio presenta un aspecto semejante a lo que podemos ver cuando cerramos los ojos y presionamos los párpados con nuesros nudillos. Dicen que se llaman fosfenos.

Pues como iba diciendo, esa oscuridad espacial estaba empezando a tornarse en imágenes de distinto tipo. Eran imágenes inconexas, carentes de sentido… Pero de repente, cuando ya estaba a punto de caer en lo más profundo de mi sueño, una imagen, una ráfaga de luz me trajo a la realidad de mi salón de nuevo.

Me desperté dando un respingo. De igual manera les habrá pasado a ustedes cuando cierran los ojos y tienen la sensación de caer al vacío y despiertan sin saber que fue lo que provocó esa sensación.

Pues yo tampoco recordaba qué era lo que me había traído al mundo real. Solo sabía que estaba en el sofá de mi casa. Ya era noche cerrada y por la ventana de mi salón solo entraba la luz amarillenta de las luces de la calle. La televisión hacía tiempo que se había apagado. Resulta que yo tengo de esos aparatos que se apagan solos cuando transcurre mucho tiempo sin que nadie realice una acción en ellos.

No sabía qué imagen era aquella que me había despertado, pero sin duda tenía sobre mí un efecto poderoso, porque me desperté pálido, temblando, triste… Y la sensación de pesadumbre que ya les describí más arriba no se había ido.

Me levanté del sofá e inicié mi peregrinar a través de las sombras del pasillo. El corredor estaba oscuro e iluminado a cada rato por luces azuladas provenientes de las distintas estancias de la casa. Caminé por aquel túnel de luces y sombras con mi típico rictus y mi rostro rígido.

Al fin, llegué a mi dormitorio, cerré la persiana y me eché en cama. Boca arriba, mirando al techo. Seguía estando nervioso y alterado, me costó mucho dormirme. Pero mi estado de somnolencia no duró demasiado porque otra vez esa imagén apareció y me devolvió a mi habitación ¿Qué, o mejor dicho, quién era esa imagen? Digo quién porque a diferencia de la primera vez, en esta ocasión pude retener algo de esa imagen en mi memoria.

Había logrado retener un fragmento de un rostro, unos ojos verdes cubiertos por unas cejas morenas y finas separadas una de la otra por un ceño despejado. Unos ojos que se guarecían detrás de unos párpados también morenos como un café con leche de las cuales salían unas pestañas finas y negras.

Solo pude retener ese pedazo de la imagen que perturbaba mi sueño. Una imagen que tan solo aparecer me sumía en un estado de agitación y malestar.

Pero ¡Qué diablos! ¡¿Qué imagen era aquella que me despertaba, que me alteraba, que me porvocaba nudos en la garganta y dolor de estómago?! ¡¿Qué era que al abrir los ojos mi rostro despertaba tensionado y con presión acuosa en los lacrimales?!

Estuve, no sé, una hora, dos horas, quizá más, dando vueltas en la cama desasosegado. Mi piernas se movían como locas y en mi cabeza solo podía oír a los pájaros trinar, como trinan al amanecer o cuando está a punto de llover.

Fui un caballo salvaje, desbocado, sin jinete durante mucho tiempo…

Poco a poco me fui dominando, pues las espuelas del tiempo se clavaban en mi espalda llevándome por el camino de la quietud y el silencio nocturno.

No se si lo saben, pero el tiempo y el olvido van de la mano. Por eso dicen que el tiempo todo lo cura. En realidad, no cura nada, simplemente nos ayuda a olvidar el dolor aunque la herida sigua ahí, lo mismo que hace la morfina o cualquier anestésico. Con el tiempo olvidamos aquel daño, aquel dolor que nos encabritaba, nos encolerizaba, nos alteraba sin dejarnos pensar.

Por eso el tiempo es un buen domador de caballos y yo me fui relajando, poco a poco hasta que finalmente se me fueron cayendo otra vez los parpados, mientras pensaba “¿Qué veré esta vez?”.

Una semana cualquiera

Día 1:

Hoy he bajado al bar que hay en frente de mi casa. Me he sentado en la terraza. En esas sillas y mesas amarillas, mirando al cielo azul. He pedido un café. Me lo he bebido muy lentamente y después de estar dos horas mirando al infinito me marché para casa. Fui feliz.

Día 2:

Hoy he bajado al bar que hay en frente de mi casa. Me he sentado en la terraza. En esas sillas y mesas amarillas, mirando el cielo azul salpicado por alguna nube. He pedido una cerveza. La he bebido a un ritmo moderado. Estaba ligeramente amarga. Después de estar dos horas y media mirando al infinito me di cuenta de que en frente de la terraza hay un edificio marrón y a su lado, un muro que delimita la parcela de una casa. Me fui a casa. Fui feliz

Día 3:
Hoy he bajado al bar que hay en frente de mi casa. Me he sentado en la terraza. En esas sillas y mesas amarrillas, mirando al cielo gris, enladrillado por las nubes. Me he pedido dos cervezas. Me las bebí muy rapido. Y después de estar tres horas mirando a la nada reparé en que el muro que delimitaba aquella casa estaba formado por bloques de hormigón, unos puestos encima de otros. Me fui a casa. Fui feliz.

Día 4

Hoy he bajado al bar que hay en frente de mi casa. M he sentado en la terraza. En esas sillas y mesas amarillas, mirando a un cielo negro, con nubes cargadas de agua. He pedido dos cervezas y un gin tonic. Me las bebí en tres tragos. Después de tres horas y media, me di cuenta de que el muro estaba lleno de grafitis. Y además estaba rodeado de un campo verde. Me fui a casa. Vomité. No recuerdo si fui feliz.

Día 5

Hoy he bajado al bar que hay en frente de mi casa. Me he sentado en la terraza. En esas sillas y mesas amarillas, mirando al cielo más negro aún, con las nubes descargando agua por todas partes. Pedí cinco gin tonics. Me los bebí de dos tragos. Después de estar cuatro horas bajo la lluvia pude ver que el muro había crecido cinco metros y que encima de el habían puesto un alambre de espino. Me levanté para escalarlo, dí dos pasos, vomité y me caí inconsciente en el suelo. Nunca mas regresé a casa.

Día 6

Hoy me he despertado en el mismo bar que hay en frente a mi casa. Estaba tirado en el suelo rodeado por un charco de agua y vómito. Me he sentado en la terraza otra vez. En esas sillas y mesas amarillas. Mirando al cielo. No recuerdo como estaba el cielo. Pero hacía viento. Pedí 10 chupitos de tequila. Me ahogué con ellos.Llevaba cuatro horas y media soportando el gélido viento, cuando me di cuenta de que el muro había crecido otros cinco metros y se había acercado a mi. Robándome el espacio. Sabía que al otro lado estaba la felicidad. Intenté escalarlo, pero solo pude vomitar. Nunca más volví a ser feliz

Día 7

Hoy me he despertado en el mismo bar que hay en frente a mi casa. Estaba sentado en esas sillas amarillas y esas mesas amarillas. No me pude levantar porque el muro estaba justo en la punta de mis pies. Pedí ocho chupitos de absenta y me los bebí de penalty. Llevaba cinco horas sentado cuando miré al cielo y solo pude ver bloques de hormigón. Se me ocurrió que podía retroceder para escalarlo. Pero ya no había espacio para retroceder. Pensé que quizá hubo un día en el que ese muro era solo un simple bordillo. Y me enfadé porque pude haberlo cruzado entonces y no lo hice.

Me quedé sentado llorando hasta que por fin vomité y me quedé dormido.

Y nunca más quise volver a despertar.

 

Abre la boca

Era un día nublado. El cielo quería llorar y a veces lo hacía pero de una forma contenida. Como aquel niño que no quiere mostrar su sensibilidad en público y niega su llanto aun cuando las lágrimas le caen por las mejillas.

La vió aparecer al fondo de la plaza, a lo lejos, y ella saludó mientras avanzaba a paso ligero hacia el. No era guapa. Tenía un rostro bastante poco agraciado. Picado en granos. Grasiento por veces. Los ojos huidizos y sin color. El rostro nublado, igual que aquel día. Para culminar el desaguisado una verruga en la nariz, ganchuda y aguileña. Rodeada de mejillas estiradas y escasas en carne.

¿De donde habría salido aquello? No lo sabía. Solo quería huir de allí. Pero era demasiado tarde. Se dieron dos besos en la mejilla y se retiraron a un bar cercano para charlar mientras tomaban una cerveza.

Todo empezó con un “hola, ¿que tal?” y continuó como suelen seguir ese tipo de conversaciones anodinas entre personas que se acaban de conocer. Ella comenzó hablando de su pasión por las bicicletas, del gusto de pasear junto al mar en otoño, de leer buenos libros, ver buenas películas, tener buenos amigos… Seguidamente pasó por desvelar sus miedos: El miedo a no tener nada delante, el miedo a no saber hacia donde caminar, el miedo a quedarse ciega… A continuación, habló de sus torpezas, frustaciones y deseos. Fue entonces, mientras hablaba, mientras se desnudaba el alma, mientras enseñaba sus cicatrices, que él pudo ver cierto resplandor en sus ojos.

Pudo ver que la blancura se contagiaba a su rostro y la verruga… ¡Que preciosa era aquella verruga que tan graciosamente le iba a aquella nariz aguileña que denotaba la inteligencia de la mente! Qué increíble que cuanto mas hablaba, las tinieblas de sus ojos se iban disipando dejando ver el color verdoso de su iris. Esos ojos verdes propios de una diosa que todo lo ve ¡Y qué decir de los hoyuelos que se le formaban en la mejilla al sonreir! Y ella que no paraba de reir. Y el que no paraba de ser feliz.

La conversación fue decayendo hasta llegar a ese típico punto en el que ya no hay nada mas que decir… El punto culminante llegó cuando ella exclamó: ¡Al final se ha quedado buen día!

Y era verdad que el sol había salido. Iluminando las calles mojadas que ahora relucían. El día no había parado de hablar. Ahora ellos se veían enrredados en un diálogo de besugos sobre la importancia del clima y el ciclo de vida de los salmones.

-Sí, los salmones son increíbles

– Es verdad, la gente no se percata de lo interesantes que son… Y además es mi pescado favorito…

(Silencio. Un silencio que solo dura treinta segundos, pero que parece que dura una hora)

– ¡Oh! ¡Pero mira esa paloma!

-¿Que? ¿Que pasa? Maldita sea, me lo he perdido…

– ¡Ah! Jajajajaja pues fue muy gracioso. Iba a coger un cacho de pan y un gorrión se lo ha robado justo delante del pico…

– ¿¡S!? ¡Los gorriones son asombrosos. Me gustan porque son rápidos y astutos

– Como las moscas.

– Sí, las moscas también son adorables…

El silencio se cernió otra vez sobre ellos. Un silencio tan profundo que se podía oir el sonido del viento. El ruido producido por el batido de las alas de una polilla incluso. No pudo contar cuantos segundos duró aquel silencio. El clavó la mirada en su vaso de cerveza. Ella hizo lo mismo. Durante un buen rato no fueron capaces de mirarse a los ojos. Aquel silencio se estaba alargando mas que el anterior.

El silencio es el idioma de los enamorados. Y él no quiso romper aquel lenguaje sagrado. Aquel lenguaje del sosiego que ponía paz en su alma y en su cabeza llena de estridencias. Nunca en su vida había tenido la oportunidad de escuchar silencios tan placenteros. Un silencio que de repente se vió roto por aquel verde. Aquel verde de sus ojos que lo fulminó al levantar su cabeza.

¡Que grandes! ¡Qué cerca estaban aquellos ojos de fantasía! Y el silencio que se hacía más y más grande conforme la distancia entre sus rostros se iba haciendo más y más pequeña. Cuándo el silencio fue lo suficientemente espeso como para tocarlo ella susurró:

Sí, las moscas son adorables…

Y el silencio se tragó sus bocas. Sus lenguas. Se tragó sus cuerpos. Sus vidas fusionadas en el mar de plata de los charcos resplandecientes a la luz del sol.

Como naúfragos en un mar de silencios…

 

 

Onanismo literario

Empiezo esta carta dando testimonio a la humanidad de mi locura, mi alegría, mi vida perdida día a día entre versos oscuros, olvidados en la guantera y algunos en la gatera donde chicas de barro comen churrasco en el jardín del Edén, la creme de la creme, de un hombre ausente.

Aún tengo pesadillas ahora que ya estamos en febrero y la navidad hace tiempo que ha quedado atrás, en aquella guantera con mis versos y tu recuerdo.

Vivo hasta el mediodía, por las tardes duermo y a las noches muero, con los ojos como platos, igual que los cadáveres que fui dejando por el camino.

Y sopla el viento: En el desierto me trae arena y frente al mar agua. No resuelvo mi duda existencial:

¿Ser o no ser? ¿No ser y no estar? o ¿Estar y padecer? La distancia mas corta entre entre AB es una recta. Pero a veces podreis verme dando eses cuando voy del revés por culpa de la cerveza.

Es jueves tarde, yo solito en casa, medio colgado como un gato sobre un tejado de carne y perfume barato. Ahora que es invierno me dedico a la costura, tejo bufandas, pantalones y chatarra de besos rotos.

Entre día y día, una noche

Entre beso y beso, una mirada

Entre dos palabras , un silencio

Entre tema y tema, una paja.

Soy un vulgar. Un guarro depravado. Solo pienso en sexo solitario y gemidos desgarrados. Me he desgarrado muchas veces tras estudiar 20 temas para un examen (¿Y quién no?).

Veo que sigues leyendo, pensando “¿Eing?” a estas alturas

y yo “oink, oink” imaginándote desnuda.

Pero pensar es dificil. Se me derrite el cerebro y sale en forma de líquido espeso por la nariz. Tengo alergia a vivir, me cuesta pensar cuando miro por la ventana y veo las personas por la calle. Me cuesta pensar cuando escribo, bebo o veo la tele. Pero lo hago igualmente, a pesar de todo. Porque pienso luego existo, excepto cuando veo Telecinco

El dia en que te fusite en aquel bus

El dia en que te fuiste, no había nubes en el cielo. Pero como llovía. Tenía el cabello empapado mientras veía la luna trasera de aquel bus ¿De donde vienen las gotas de lluvía? ¿Adonde va la mar cuando baja la marea? ¿Adonde va ese bus que se lleva la pleamar de mi alma?

El día en que te fuiste lucía el sol radiante en el cielo azul. Pero como llovía. Esperaba verte pero ¿donde te has metido arco iris? ¿No echas de menos los rayos del sol traspasar las gotas de agua de tu alma? ¿No los odias con todas tus fuerzas? Querido arco iris…

Y ese bus, ese bus caminado cuesta abajo, hacia el horizonte. Los pájaros cantando. El sol engullido en la mar. Mi corazón mojado. Traspasado por los rayos de tus ojos y proyectando recuerdos de muchos colores. Ahora son todos en color gris ¿Donde estás corazón? ¿No echas de menos los rayos de aquellos ojos? ¿Dime, no echas de menos el arco iris que ellos proyectaban en tu memoria?

La mañana en que te fuiste en aquel bus, te llevaste el amanecer, el atardecer y medio verano por delante. Echo de menos las mañanas. Pero no me queda otra que esperar. Esperar con el alma seca… Esperar a que suba la marea…

 

Hazte grande

Toda mi existencia ha estado ligada a una estructura hecha de dos palos verticales unidos por un travesaño horizontal. Dichos palos podían ser cuadrados, redondos, metálicos o de madera. Pero la estructura era siempre la misma.

Yo siempre tenia la costumbre de quedarme bajo esos tres palos. Dominando ese espacio me sentía cómodo. Pero a veces me encontraba con un balón que caía en tierra de nadie. En un espacio indeterminado, un punto equidistante entre yo y el delantero. Era en ese momento cuando me asaltaban las dudas “¿salgo a por el balón y me arriesgo a que llegue el delantero antes, o espero aqui y espero a que el delantero arme un disparo que ni pueda alcanzar?”. Todos estos pensamientos bullían en mi cabeza formando un torbellino que cesaba cuando algún miembro de mi equipo gritaba enfurecido: “¡SAL! JODER !SAL!

Era entonces cuando iba corriendo hacia ese balón al cual solia llegar antes el delantero para cogerme a media salida y marcar gol. En ese momento, cuando los rivales celebraban sus goles algún compañero de mi equipo (generalmente aquel que me decía ¡SAL! JODER ¡SAL!) se me acercaba y me decía: Tienes que hacerte grande. Tienes que tapar mas portería. Le dejaste mucho hueco en la salida.

A partir de ese momento, fui creciendo.Me fue bien en los estudios, en la porteria no tanto. Siempre he sido un pésimo portero. Acabe el bachiller y entré en la universidad. Y durante todo ese tiempo seguí siendo portero. No había nadie mejor para ponerse ahí. Y seguí haciendo lo que sabía o, mejor dicho, lo que podía. Fui perfeccionando la técnica y cuando salía a por aquellos balones que caían en ese punto indeterminado, en ese lugar ambigüo y tenebroso de la cancha, solo podía oir aquellas voces que decían ¡SAL! JODER ¡SAL! Y entonces, mientras corría hacia el esférico, levantaba las manos, estiraba las piernas todo lo que podía, me ponía de puntillas y abarcaba todo el espacio que se iba reduciendo conforme me acercaba al delantero.

Yo nunca paré ningún balón. Simplemente me estiraba, sacaba pecho como hacen los gorilas, o me inflaba como un pez globo amenazado. Y entonces el balón me golpeaba en la cara, en los huevos, en las piernas o en el estómago. Yo nunca paré un balón, simplemente me hacía grande.

Ahora hace ya tiempo que no toco una portería. Hace tiempo que no hago el camino hacia aquellos balones que caían en tierra de nadie. Simplemente, me limito a estar en casa. Estoy en casa esperando… Y mientras espero la luz al final del tunel oigo a expertos que dicen que las oportunidades son infinitas y que tengo un futuro por delante

Ahora hace ya tiempo que no toco una portería. El otro día llevaba dos horas sentado en el sofá cuando me levanté y me asomé a la ventana. En el horizonte pude ver un montón de esas oportunidades. Oportunidades llenas de riesgos. Balones que caían en ese punto indeterminado. Sueños negros en el horizonte, esperando a que yo los atrape. ¿Salgo o no salgo? Y un torbellino de dudas que bullían en mi cabeza. Hasta que de pronto oigo un pitido, un silbido, un viento traido del recuedo que me dice…

¡SAL JODER SAL!…

¡SAL Y HAZTE GRANDE!

Cuando la poesía se convirtió en ciencia

Al principio solo era una intuición. Nada mas que eso.

Una intuición vestida con ropajes de seda. Ropajes hechos de sonetos que cubrían las curvas de su voluptuoso cuerpo. Una interrogación de anchas caderas. De curvas terminadas en el punto y final del piercing del ombligo ¡Que sexys son las preguntas!

Ella y sus curvas.

Y de la intuición pasó a ser una duda.

Que vacío dejan las preguntas

cuando no hay respuestas que las satisfagan.

A veces bailabamos un extraño tango y nos balanceabamos sobre la verdad.

Hasta que un día te fui quitando los ropajes. Poco a poco. Desponjándote de tus vestimentas. Vistiéndome de certezas. Y aún la verdad escapaba de mi. La busqué en tus labios, pero se escapo a tu lengua.

La busqué en tu lengua, en tus senos y luego en tus piernas. Iba abriendo las puertas de tu cuerpo y la mentira las iba cerrando detrás mía.

Hasta que finalmente la encontre en una caverna de tu corazón.

Hubo mucho atrevimiento en mis labios al querer besarla. Y cuando lo hice te volviste una exclamación. Toda rígida como un cadáver.

Y entonces te convertiste en un ángel caído.

Y llantos de realidad que clamaban al cielo.

Te hiciste añicos contra el suelo.

Te vestiste con los ropajes de la terrenalidad

¡Qué guapa te pones

cuando te rompes

contra el suelo!

Porque eres un sueño roto por la realidad. Una duda atravesada por una respuesta adecuada. Una cicatriz en el corazón de un poeta.

Eres tu, eres tu un ángel caído.

Eres tu una divina ciencia,

eres tu la niña de los hermosos labios,

una poesía de versos quebrados

y de pocas vestimentas…