Los narcisos ciegos

Mi casa cada día es más pequeña. Me dí cuenta cuando al despertar me golpeé la cabeza contra al techo. Al querer incorporarme. Caminaré hacia la puerta. La cabeza gacha. Me dolía el cuello. Abro. Y salgo. No a la calle sino a mi casa. Otra vez en la misma casa. En el mismo dormitorio. Tengo que huir. Otra vez a levantarse con el bramido del despertador. Hay que vestirse. Pantalones color beige y camisa blanca, el penúltimo botón abierto, unos zapatos náuticos. Voy hecho un pincel por fuera y un cuadro de Jackson Pollock por dentro. Ahora salgo, cogeré mi coche y… Mierda otra vez la puta misma casa ¿Qué pasa? ¿Donde están mis pantalones?

Mirada hacia el espejo. Un tipo alto y delgado, ojos claros, moreno, pelo largo, ligeramente musculoso. Que guapo eres hijo de puta. Aunque yo juraría que soy bajo y rechoncho. También calvo. Ayer lo era. Un adefesio Un pantalón azul. Cuando me lo abrocho ya es rojo. Vibración en el bolsillo. Después el móvil llega a mi mano. El sobre que pulsas y se abre. “No paro de pensar en ti” ¿Y cuantos más? Cuanta gente me estará pensando ahora mismo.

Mejor dicho. No aquí. No ahora. Pero alguien me está imaginando. En cuantas mentes habita mi cuerpo de múltiples formas. Simultáneamente por todo el universo. Gente con sus problemas y quehaceres. Millones de personas y un puñado de ellas pensándome. Yo dando vueltas en torno a ellos. Ellos manoseándome y yo desnudo. Hermoso. Ellos: Me gusta. Ellos: Me encanta. Y yo rebotando de cabeza en cabeza. Prostituyéndome por el hemisferio izquierdo de tu cerebro. Acechándote en cada esquina de tu pensamiento ¿Te gusta lo que ves? Lo siento tengo mujer e hijos.

Pero yo se que no eres fiel cuando sueñas.

Nunca me has visto, ni nunca lo harás. Soy un adefesio. Pero alguien cree que no lo soy. Alguien me imagina hermoso. Nosotros a solas en nuestra imaginación. En esta habitación. Tu cabeza sobre mi pecho. Tu mente sobre mi corazón. Un bramido destroza la atmósfera densa y rancia

 

Suena el despertador, alguien me está soñando.

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Sabela ojos tristes y mucho coñac

Había humo y cervezas y mesas de madera apolillada. Picor de nariz y ojos irritados, gritos y risotadas. Siempre haces trampas, te he visto. Yo no hago trampas eres tu que siempre te picas. No, yo no me pico pero tu eres un listillo y yo de tonto no tengo un pelo. A mi no me grites. Pues no hagas trampas. Vete a llorar con tu madre. Una fila infinita de codos apoyados en la barra. Desde allí se pueden ver las mesas pero no hay gente solo humo. A veces voces. Bueno me tengo que ir que ya es tarde. Si yo también debería irme… Pero oye, nos vemos otro día, ¿no? Si, tu cuando quieras me llamas y ya está. Vale, la próxima vez avisaré a Emilio. Si, por favor dile que tengo ganas de verle. Llevo sin saber de él desde que se fue a Barcelona. Un suelo de madera. Hecho de tablas finas de madera. Humo, más humo. Baile de puros y farias, y toses de mocos que anidan en los pulmones asfaltando los bronquios de alquitrán. Como odias el alquitrán. Pero como te gusta el coñac. Tienes fuego en la garganta, y llega hasta el estómago y con el llega también una burbuja de aire subiendo hasta el esófago. Boqueas. Poco más y vomitas. No te preocupes, nadie te ha visto. Hay mucho ruido en el local y muy poca luz. Entre el humo hay una sombra. Parece una cabeza. Unos cabellos largos. Esa sombra ya se ha transformado en silueta. Pelo negro, ojos color miel, mejillas carnosas y unos labios que no hablan, solo se mueven para dibujar una sonrisa.

 

Hace frío y sus zapatos de charol hacen clac sobre la acera. Le sabe la boca a sal y a plástico, por el carmín. El camino hasta casa es largo, sobre todo cuando uno va distraído. Tampoco es que haya mucho tiempo para distracciones porque en seguida caen gotas del cielo. Al principio son pocas y diminutas. Pero poco a poco se van haciendo más abundantes y gruesas. Hay que buscar refugio. Por fin la puerta de casa. La llave entra tan fácil en la cerradura. Pero estáis mojados. Empapados como pitos. Cae agua de los abrigos. Vas a joder el parqué. Os queréis mucho, o eso decís. Pero lo cierto es que ninguna mujer amaría a un hombre con la ropa mojada. La humedad huele mal. Y además no es sano. Te vas a resfriar. Quítate la chaqueta. Jadeos. Si… La chaqueta.A veces cuesta respirar cuando tienes fuego en el estómago. Pero el agua ha llegado más allá de cualquier abrigo. La camisa, el pantalón, la falda, el sostén, las bragas están mojadas. Tan lejos llega la lluvia de Compostela en noviembre. Ella llega más lejos aún. Todavía hay demasiada ropa húmeda entre vosotros dos. Por fin os libráis de ella. Pero la piel no se puede arrancar como un abrigo. Así que apagáis las luces para libraros de vuestros cuerpos desnudos. Y por si no fuera suficiente, cerráis los ojos, para veros mejor. Algo puedes ver dentro de ella, algo que grita: Sabela. Llueve. Las sábanas están empapadas.

No hay duda de que os queréis. Pero vuestros cuerpos son una carga. Mejor hablar con la luz apagada y mirarse a la cara con ojos cerrados, besarse con los párpados bajados. Pero después de 21 días has tocado algo en el reverso de la piel. Sabela sigue igual que siempre pero ahora tiene una mirada distinta. A veces la sorprendes haciendo eso. Mirar así. Esa mirada rompe a cualquiera por dentro. Porque precisamente es de dentro de donde procede. No es constante pero a veces aparece y se come todo el ser de Sabela. Al principio puedes cerrar los ojos cuando esa mirada aparece. Pero después hasta apagando las luces puedes verla. Ya no puedes obviarla.

Del amor al odio hay un paso. De la cama a la puerta de la casa hay 21. Ambos sabéis que el camino no tiene vuelta atrás. Pero por las noches aún os oís gritar. Sueñas con esa mirada y te despiertas con unas manos en torno a tu cuello. Te asfixian. A la mañana siguiente desayunáis y os dais los buenos días. Pero tu aun le puedes ver algo en los ojos. Has visto mucho dentro de ella. Era lo que llevabas buscando toda tu vida: Asomarte dentro de alguien. Ahora que lo tienes ya no buscas. Ahora que no buscas ya no la quieres. Tiene unas tetas mediocres. Las has visto como cien veces y te has empachado. Ya no te apetecen. Prefiero beber un vaso de coñac a echarte otro polvo. Eres un cerdo, no se quien te crees que eres, ¿crees que me puedes reemplazar? Hablas como si fueras un galán… Ni follar sabes. ¡Ah! Sabela no me mires así otra vez…

…que por las noches me destrozas…

Ella encima de ti. Como duele cerrar los ojos. No me mires así ¿Así como? Así de esa manera, no puedo vivir con las luces apagadas.

Una pesadilla. Por fin despiertas. La cama es más espaciosa ahora. Hay unas bragas húmedas en la cómoda. En su día pertenecieron a alguien, pero no ya no recuerdas a quien. Has dormido con las luces encendidas. El parqué está desconchado. Cien euros de factura de electricidad. Las noches son muy largas. Pero al menos aún tienes el coñac. El sol se cuela por la rendija de la ventana. Nubes en el cielo. El cuarto inundado de esa tenue luz gris. Tu sentado en un rincón. La botella de coñac a mano izquierda. En la derecha el vaso. Una cabeza apoyada en tu regazo con pelos lacios y morenos. Sueltas el coñac. Puedes acariciar esos cabellos mientras bebes otro trago. No ves el rostro. Gira la cabeza y aun no puedes observar su cara. Solo ves eso. Eso que te atormenta por las noches. Aquello por lo que aún duermes con las luces encendidas: Sabela, la de los tristes ojos. Hay una lágrima en tu mejilla, y un temor en tu cabeza:

Apaga las luces y podrás verla

 

 

 

Deshojando margaritas

Tengo una margarita en la mano.

Sí.

La margarita está a 60 centímetros de mi boca. La voy acercando

No.

No puedo dormir por las noches y me autocomplazco pensando en caminos alternativos a los ya recorridos.

Si se hace camino al andar. La mano se levanta. Restan 50 centímetros hasta mis labios

No

Yo camino de espaldas. Pero, ¿Quien ha cambiado el camino ya conocido por mis pies?

Tengo el vaso a 40 centímetros de mi boca. Mis problemas están a 5 días de distancia

No

Que cerca está el vaso, ese vaso inalcanzable. Que lejos, que lejos mis problemas. Esos que acechan por todas partes. Aquellos que me vigilan en las noches borrascosas desde caminos alternativos.

Si

Me perturban los caminos alternativos y las angustias, me persiguen.

No

El vaso esta a 10 centímetros. Mis problemas a 6 años de distancia

Si

Puedo ya oler el aroma de la margarita. Puedo casi saborearla. Puedo casi sentir el paréntesis que rompe el momento y lugar al que estoy encadenado

No.

Ya está. Mis labios se humedecen de margaritas que bajan por mi garganta. Mis problemas se han ido hacia atrás a un lugar remoto de mi pasado. No puedo verlos

La margarita llega a mi estómago. Apenas puedo ver nada.

No

Se me nubla la mirada y mi mente se desvanece. Se desvanece en un mundo que no tiene memoria, ni dudas, ni casa, ni cielo… Se sume en un sueño inmemoriable que no podré contarte cuando despierte al alba en mi cama,

en una mañana borrascosa…

No sé…

 

21

Cuando uno se hace viejo, lo nota. Especialmente el día de su cumpleaños. Es paradójico ¿No? Solo pasa un día, 24 horas, pero la gente te felicita por tener un año más.

¿Qué diferencia hay entre hoy y ayer? Ninguna. Pero hoy tienes 21 y ayer tenías 20. Es más, a las 23:59 tenías 20 y a las 00:00 ya tenías 21. A las 23:59:59 tenías 20. A las 00:00:01 tenías 21 y así sucesivamente.

Esto me lleva a pensar que en un segundo, en una centésima o milésima o cualquiera fracción de ese segundo entran 365 días. Por eso, de un segundo a otro, la gente te encasqueta un año más.

Piénsalo. Tus 366 fotos entran en una milésima de segundo  ¿Y tu?

Tu sin dormir por las noches pensando en la foto que harías al día siguiente.

Aún recuerdo cuándo te conocí. Hace ahora tres segundos y medio. He de decir que de esos casi cuatro segundos el mejor fue el primero.

Quizás pueda decir que hasta fue uno de los mejores medios segundos de mi vida. Fue el pestañeo más divertido, eso desde luego. Para cuando abrí los ojos ya había pasado un segundo y tu ya no estabas. Dicen que te fuiste a otra ciudad, a proporcionar pestañeos divertidos a la gente. Porque es eso a lo que te dedicas ahora: a pestañear.

A pestañear muchas veces y en cada una de ellas crear un recuerdo en forma de imagen ¿A qué velocidad pestañeas ahora? Hace dos segundos pestañeabas muy rápido para congelar el movimiento. Dicen que con la edad la gente tiende a pestañear más despacio y solo son capaces de crear recuerdos e imagenes difusas. Quizá sea esa la clave, aprender a vivir con el movimiento de las cosas, reflejarlo, en lugar de pretender eliminarlo.

No sé, yo solo espero que sigas reflejando todos esos segundos infinitos que te quedan por delante. Es más, tengo la sensación de que a partir de ahora pasaremos muchos segundos sin vernos ¡La de parpaderos que me voy a perder de ti! Gracias a Dios ahora con Facebook podre verlos, aunque no sea en tiempo real.

Yo mientras tanto seguiré abriendo y cerrando los ojos. Una y otra vez… Porque, quién sabe, igual en una de estas los abro y apareces tu por ahí.

Por el momento me contento con felicitarte esos 21, que cumples ahora, y los 22 que cumplirás el segundo que viene, y los 23 de dentro de dos parpadeos…

Bien pensado, si todo es tan arbitrario podríamos omitir que hoy es tu cumple, porque también podría serlo mañana, o simplemente otro día. O podríamos dejarlo para el segundo siguiente…

Al fin de cuentas, las grandes figuras acampan en las afueras del segundero. Más allá de las fronteras circulares de un reloj.

 

 

 

Una semana cualquiera

Día 1:

Hoy he bajado al bar que hay en frente de mi casa. Me he sentado en la terraza. En esas sillas y mesas amarillas, mirando al cielo azul. He pedido un café. Me lo he bebido muy lentamente y después de estar dos horas mirando al infinito me marché para casa. Fui feliz.

Día 2:

Hoy he bajado al bar que hay en frente de mi casa. Me he sentado en la terraza. En esas sillas y mesas amarillas, mirando el cielo azul salpicado por alguna nube. He pedido una cerveza. La he bebido a un ritmo moderado. Estaba ligeramente amarga. Después de estar dos horas y media mirando al infinito me di cuenta de que en frente de la terraza hay un edificio marrón y a su lado, un muro que delimita la parcela de una casa. Me fui a casa. Fui feliz

Día 3:
Hoy he bajado al bar que hay en frente de mi casa. Me he sentado en la terraza. En esas sillas y mesas amarrillas, mirando al cielo gris, enladrillado por las nubes. Me he pedido dos cervezas. Me las bebí muy rapido. Y después de estar tres horas mirando a la nada reparé en que el muro que delimitaba aquella casa estaba formado por bloques de hormigón, unos puestos encima de otros. Me fui a casa. Fui feliz.

Día 4

Hoy he bajado al bar que hay en frente de mi casa. M he sentado en la terraza. En esas sillas y mesas amarillas, mirando a un cielo negro, con nubes cargadas de agua. He pedido dos cervezas y un gin tonic. Me las bebí en tres tragos. Después de tres horas y media, me di cuenta de que el muro estaba lleno de grafitis. Y además estaba rodeado de un campo verde. Me fui a casa. Vomité. No recuerdo si fui feliz.

Día 5

Hoy he bajado al bar que hay en frente de mi casa. Me he sentado en la terraza. En esas sillas y mesas amarillas, mirando al cielo más negro aún, con las nubes descargando agua por todas partes. Pedí cinco gin tonics. Me los bebí de dos tragos. Después de estar cuatro horas bajo la lluvia pude ver que el muro había crecido cinco metros y que encima de el habían puesto un alambre de espino. Me levanté para escalarlo, dí dos pasos, vomité y me caí inconsciente en el suelo. Nunca mas regresé a casa.

Día 6

Hoy me he despertado en el mismo bar que hay en frente a mi casa. Estaba tirado en el suelo rodeado por un charco de agua y vómito. Me he sentado en la terraza otra vez. En esas sillas y mesas amarillas. Mirando al cielo. No recuerdo como estaba el cielo. Pero hacía viento. Pedí 10 chupitos de tequila. Me ahogué con ellos.Llevaba cuatro horas y media soportando el gélido viento, cuando me di cuenta de que el muro había crecido otros cinco metros y se había acercado a mi. Robándome el espacio. Sabía que al otro lado estaba la felicidad. Intenté escalarlo, pero solo pude vomitar. Nunca más volví a ser feliz

Día 7

Hoy me he despertado en el mismo bar que hay en frente a mi casa. Estaba sentado en esas sillas amarillas y esas mesas amarillas. No me pude levantar porque el muro estaba justo en la punta de mis pies. Pedí ocho chupitos de absenta y me los bebí de penalty. Llevaba cinco horas sentado cuando miré al cielo y solo pude ver bloques de hormigón. Se me ocurrió que podía retroceder para escalarlo. Pero ya no había espacio para retroceder. Pensé que quizá hubo un día en el que ese muro era solo un simple bordillo. Y me enfadé porque pude haberlo cruzado entonces y no lo hice.

Me quedé sentado llorando hasta que por fin vomité y me quedé dormido.

Y nunca más quise volver a despertar.

 

Abre la boca

Era un día nublado. El cielo quería llorar y a veces lo hacía pero de una forma contenida. Como aquel niño que no quiere mostrar su sensibilidad en público y niega su llanto aun cuando las lágrimas le caen por las mejillas.

La vió aparecer al fondo de la plaza, a lo lejos, y ella saludó mientras avanzaba a paso ligero hacia el. No era guapa. Tenía un rostro bastante poco agraciado. Picado en granos. Grasiento por veces. Los ojos huidizos y sin color. El rostro nublado, igual que aquel día. Para culminar el desaguisado una verruga en la nariz, ganchuda y aguileña. Rodeada de mejillas estiradas y escasas en carne.

¿De donde habría salido aquello? No lo sabía. Solo quería huir de allí. Pero era demasiado tarde. Se dieron dos besos en la mejilla y se retiraron a un bar cercano para charlar mientras tomaban una cerveza.

Todo empezó con un “hola, ¿que tal?” y continuó como suelen seguir ese tipo de conversaciones anodinas entre personas que se acaban de conocer. Ella comenzó hablando de su pasión por las bicicletas, del gusto de pasear junto al mar en otoño, de leer buenos libros, ver buenas películas, tener buenos amigos… Seguidamente pasó por desvelar sus miedos: El miedo a no tener nada delante, el miedo a no saber hacia donde caminar, el miedo a quedarse ciega… A continuación, habló de sus torpezas, frustaciones y deseos. Fue entonces, mientras hablaba, mientras se desnudaba el alma, mientras enseñaba sus cicatrices, que él pudo ver cierto resplandor en sus ojos.

Pudo ver que la blancura se contagiaba a su rostro y la verruga… ¡Que preciosa era aquella verruga que tan graciosamente le iba a aquella nariz aguileña que denotaba la inteligencia de la mente! Qué increíble que cuanto mas hablaba, las tinieblas de sus ojos se iban disipando dejando ver el color verdoso de su iris. Esos ojos verdes propios de una diosa que todo lo ve ¡Y qué decir de los hoyuelos que se le formaban en la mejilla al sonreir! Y ella que no paraba de reir. Y el que no paraba de ser feliz.

La conversación fue decayendo hasta llegar a ese típico punto en el que ya no hay nada mas que decir… El punto culminante llegó cuando ella exclamó: ¡Al final se ha quedado buen día!

Y era verdad que el sol había salido. Iluminando las calles mojadas que ahora relucían. El día no había parado de hablar. Ahora ellos se veían enrredados en un diálogo de besugos sobre la importancia del clima y el ciclo de vida de los salmones.

-Sí, los salmones son increíbles

– Es verdad, la gente no se percata de lo interesantes que son… Y además es mi pescado favorito…

(Silencio. Un silencio que solo dura treinta segundos, pero que parece que dura una hora)

– ¡Oh! ¡Pero mira esa paloma!

-¿Que? ¿Que pasa? Maldita sea, me lo he perdido…

– ¡Ah! Jajajajaja pues fue muy gracioso. Iba a coger un cacho de pan y un gorrión se lo ha robado justo delante del pico…

– ¿¡S!? ¡Los gorriones son asombrosos. Me gustan porque son rápidos y astutos

– Como las moscas.

– Sí, las moscas también son adorables…

El silencio se cernió otra vez sobre ellos. Un silencio tan profundo que se podía oir el sonido del viento. El ruido producido por el batido de las alas de una polilla incluso. No pudo contar cuantos segundos duró aquel silencio. El clavó la mirada en su vaso de cerveza. Ella hizo lo mismo. Durante un buen rato no fueron capaces de mirarse a los ojos. Aquel silencio se estaba alargando mas que el anterior.

El silencio es el idioma de los enamorados. Y él no quiso romper aquel lenguaje sagrado. Aquel lenguaje del sosiego que ponía paz en su alma y en su cabeza llena de estridencias. Nunca en su vida había tenido la oportunidad de escuchar silencios tan placenteros. Un silencio que de repente se vió roto por aquel verde. Aquel verde de sus ojos que lo fulminó al levantar su cabeza.

¡Que grandes! ¡Qué cerca estaban aquellos ojos de fantasía! Y el silencio que se hacía más y más grande conforme la distancia entre sus rostros se iba haciendo más y más pequeña. Cuándo el silencio fue lo suficientemente espeso como para tocarlo ella susurró:

Sí, las moscas son adorables…

Y el silencio se tragó sus bocas. Sus lenguas. Se tragó sus cuerpos. Sus vidas fusionadas en el mar de plata de los charcos resplandecientes a la luz del sol.

Como naúfragos en un mar de silencios…

 

 

Onanismo literario

Empiezo esta carta dando testimonio a la humanidad de mi locura, mi alegría, mi vida perdida día a día entre versos oscuros, olvidados en la guantera y algunos en la gatera donde chicas de barro comen churrasco en el jardín del Edén, la creme de la creme, de un hombre ausente.

Aún tengo pesadillas ahora que ya estamos en febrero y la navidad hace tiempo que ha quedado atrás, en aquella guantera con mis versos y tu recuerdo.

Vivo hasta el mediodía, por las tardes duermo y a las noches muero, con los ojos como platos, igual que los cadáveres que fui dejando por el camino.

Y sopla el viento: En el desierto me trae arena y frente al mar agua. No resuelvo mi duda existencial:

¿Ser o no ser? ¿No ser y no estar? o ¿Estar y padecer? La distancia mas corta entre entre AB es una recta. Pero a veces podreis verme dando eses cuando voy del revés por culpa de la cerveza.

Es jueves tarde, yo solito en casa, medio colgado como un gato sobre un tejado de carne y perfume barato. Ahora que es invierno me dedico a la costura, tejo bufandas, pantalones y chatarra de besos rotos.

Entre día y día, una noche

Entre beso y beso, una mirada

Entre dos palabras , un silencio

Entre tema y tema, una paja.

Soy un vulgar. Un guarro depravado. Solo pienso en sexo solitario y gemidos desgarrados. Me he desgarrado muchas veces tras estudiar 20 temas para un examen (¿Y quién no?).

Veo que sigues leyendo, pensando “¿Eing?” a estas alturas

y yo “oink, oink” imaginándote desnuda.

Pero pensar es dificil. Se me derrite el cerebro y sale en forma de líquido espeso por la nariz. Tengo alergia a vivir, me cuesta pensar cuando miro por la ventana y veo las personas por la calle. Me cuesta pensar cuando escribo, bebo o veo la tele. Pero lo hago igualmente, a pesar de todo. Porque pienso luego existo, excepto cuando veo Telecinco