Deshojando margaritas

Tengo una margarita en la mano.

Sí.

La margarita está a 60 centímetros de mi boca. La voy acercando

No.

No puedo dormir por las noches y me autocomplazco pensando en caminos alternativos a los ya recorridos.

Si se hace camino al andar. La mano se levanta. Restan 50 centímetros hasta mis labios

No

Yo camino de espaldas. Pero, ¿Quien ha cambiado el camino ya conocido por mis pies?

Tengo el vaso a 40 centímetros de mi boca. Mis problemas están a 5 días de distancia

No

Que cerca está el vaso, ese vaso inalcanzable. Que lejos, que lejos mis problemas. Esos que acechan por todas partes. Aquellos que me vigilan en las noches borrascosas desde caminos alternativos.

Si

Me perturban los caminos alternativos y las angustias, me persiguen.

No

El vaso esta a 10 centímetros. Mis problemas a 6 años de distancia

Si

Puedo ya oler el aroma de la margarita. Puedo casi saborearla. Puedo casi sentir el paréntesis que rompe el momento y lugar al que estoy encadenado

No.

Ya está. Mis labios se humedecen de margaritas que bajan por mi garganta. Mis problemas se han ido hacia atrás a un lugar remoto de mi pasado. No puedo verlos

La margarita llega a mi estómago. Apenas puedo ver nada.

No

Se me nubla la mirada y mi mente se desvanece. Se desvanece en un mundo que no tiene memoria, ni dudas, ni casa, ni cielo… Se sume en un sueño inmemoriable que no podré contarte cuando despierte al alba en mi cama,

en una mañana borrascosa…

No sé…

 

21

Cuando uno se hace viejo, lo nota. Especialmente el día de su cumpleaños. Es paradójico ¿No? Solo pasa un día, 24 horas, pero la gente te felicita por tener un año más.

¿Qué diferencia hay entre hoy y ayer? Ninguna. Pero hoy tienes 21 y ayer tenías 20. Es más, a las 23:59 tenías 20 y a las 00:00 ya tenías 21. A las 23:59:59 tenías 20. A las 00:00:01 tenías 21 y así sucesivamente.

Esto me lleva a pensar que en un segundo, en una centésima o milésima o cualquiera fracción de ese segundo entran 365 días. Por eso, de un segundo a otro, la gente te encasqueta un año más.

Piénsalo. Tus 366 fotos entran en una milésima de segundo  ¿Y tu?

Tu sin dormir por las noches pensando en la foto que harías al día siguiente.

Aún recuerdo cuándo te conocí. Hace ahora tres segundos y medio. He de decir que de esos casi cuatro segundos el mejor fue el primero.

Quizás pueda decir que hasta fue uno de los mejores medios segundos de mi vida. Fue el pestañeo más divertido, eso desde luego. Para cuando abrí los ojos ya había pasado un segundo y tu ya no estabas. Dicen que te fuiste a otra ciudad, a proporcionar pestañeos divertidos a la gente. Porque es eso a lo que te dedicas ahora: a pestañear.

A pestañear muchas veces y en cada una de ellas crear un recuerdo en forma de imagen ¿A qué velocidad pestañeas ahora? Hace dos segundos pestañeabas muy rápido para congelar el movimiento. Dicen que con la edad la gente tiende a pestañear más despacio y solo son capaces de crear recuerdos e imagenes difusas. Quizá sea esa la clave, aprender a vivir con el movimiento de las cosas, reflejarlo, en lugar de pretender eliminarlo.

No sé, yo solo espero que sigas reflejando todos esos segundos infinitos que te quedan por delante. Es más, tengo la sensación de que a partir de ahora pasaremos muchos segundos sin vernos ¡La de parpaderos que me voy a perder de ti! Gracias a Dios ahora con Facebook podre verlos, aunque no sea en tiempo real.

Yo mientras tanto seguiré abriendo y cerrando los ojos. Una y otra vez… Porque, quién sabe, igual en una de estas los abro y apareces tu por ahí.

Por el momento me contento con felicitarte esos 21, que cumples ahora, y los 22 que cumplirás el segundo que viene, y los 23 de dentro de dos parpadeos…

Bien pensado, si todo es tan arbitrario podríamos omitir que hoy es tu cumple, porque también podría serlo mañana, o simplemente otro día. O podríamos dejarlo para el segundo siguiente…

Al fin de cuentas, las grandes figuras acampan en las afueras del segundero. Más allá de las fronteras circulares de un reloj.

 

 

 

Una semana cualquiera

Día 1:

Hoy he bajado al bar que hay en frente de mi casa. Me he sentado en la terraza. En esas sillas y mesas amarillas, mirando al cielo azul. He pedido un café. Me lo he bebido muy lentamente y después de estar dos horas mirando al infinito me marché para casa. Fui feliz.

Día 2:

Hoy he bajado al bar que hay en frente de mi casa. Me he sentado en la terraza. En esas sillas y mesas amarillas, mirando el cielo azul salpicado por alguna nube. He pedido una cerveza. La he bebido a un ritmo moderado. Estaba ligeramente amarga. Después de estar dos horas y media mirando al infinito me di cuenta de que en frente de la terraza hay un edificio marrón y a su lado, un muro que delimita la parcela de una casa. Me fui a casa. Fui feliz

Día 3:
Hoy he bajado al bar que hay en frente de mi casa. Me he sentado en la terraza. En esas sillas y mesas amarrillas, mirando al cielo gris, enladrillado por las nubes. Me he pedido dos cervezas. Me las bebí muy rapido. Y después de estar tres horas mirando a la nada reparé en que el muro que delimitaba aquella casa estaba formado por bloques de hormigón, unos puestos encima de otros. Me fui a casa. Fui feliz.

Día 4

Hoy he bajado al bar que hay en frente de mi casa. M he sentado en la terraza. En esas sillas y mesas amarillas, mirando a un cielo negro, con nubes cargadas de agua. He pedido dos cervezas y un gin tonic. Me las bebí en tres tragos. Después de tres horas y media, me di cuenta de que el muro estaba lleno de grafitis. Y además estaba rodeado de un campo verde. Me fui a casa. Vomité. No recuerdo si fui feliz.

Día 5

Hoy he bajado al bar que hay en frente de mi casa. Me he sentado en la terraza. En esas sillas y mesas amarillas, mirando al cielo más negro aún, con las nubes descargando agua por todas partes. Pedí cinco gin tonics. Me los bebí de dos tragos. Después de estar cuatro horas bajo la lluvia pude ver que el muro había crecido cinco metros y que encima de el habían puesto un alambre de espino. Me levanté para escalarlo, dí dos pasos, vomité y me caí inconsciente en el suelo. Nunca mas regresé a casa.

Día 6

Hoy me he despertado en el mismo bar que hay en frente a mi casa. Estaba tirado en el suelo rodeado por un charco de agua y vómito. Me he sentado en la terraza otra vez. En esas sillas y mesas amarillas. Mirando al cielo. No recuerdo como estaba el cielo. Pero hacía viento. Pedí 10 chupitos de tequila. Me ahogué con ellos.Llevaba cuatro horas y media soportando el gélido viento, cuando me di cuenta de que el muro había crecido otros cinco metros y se había acercado a mi. Robándome el espacio. Sabía que al otro lado estaba la felicidad. Intenté escalarlo, pero solo pude vomitar. Nunca más volví a ser feliz

Día 7

Hoy me he despertado en el mismo bar que hay en frente a mi casa. Estaba sentado en esas sillas amarillas y esas mesas amarillas. No me pude levantar porque el muro estaba justo en la punta de mis pies. Pedí ocho chupitos de absenta y me los bebí de penalty. Llevaba cinco horas sentado cuando miré al cielo y solo pude ver bloques de hormigón. Se me ocurrió que podía retroceder para escalarlo. Pero ya no había espacio para retroceder. Pensé que quizá hubo un día en el que ese muro era solo un simple bordillo. Y me enfadé porque pude haberlo cruzado entonces y no lo hice.

Me quedé sentado llorando hasta que por fin vomité y me quedé dormido.

Y nunca más quise volver a despertar.

 

Abre la boca

Era un día nublado. El cielo quería llorar y a veces lo hacía pero de una forma contenida. Como aquel niño que no quiere mostrar su sensibilidad en público y niega su llanto aun cuando las lágrimas le caen por las mejillas.

La vió aparecer al fondo de la plaza, a lo lejos, y ella saludó mientras avanzaba a paso ligero hacia el. No era guapa. Tenía un rostro bastante poco agraciado. Picado en granos. Grasiento por veces. Los ojos huidizos y sin color. El rostro nublado, igual que aquel día. Para culminar el desaguisado una verruga en la nariz, ganchuda y aguileña. Rodeada de mejillas estiradas y escasas en carne.

¿De donde habría salido aquello? No lo sabía. Solo quería huir de allí. Pero era demasiado tarde. Se dieron dos besos en la mejilla y se retiraron a un bar cercano para charlar mientras tomaban una cerveza.

Todo empezó con un “hola, ¿que tal?” y continuó como suelen seguir ese tipo de conversaciones anodinas entre personas que se acaban de conocer. Ella comenzó hablando de su pasión por las bicicletas, del gusto de pasear junto al mar en otoño, de leer buenos libros, ver buenas películas, tener buenos amigos… Seguidamente pasó por desvelar sus miedos: El miedo a no tener nada delante, el miedo a no saber hacia donde caminar, el miedo a quedarse ciega… A continuación, habló de sus torpezas, frustaciones y deseos. Fue entonces, mientras hablaba, mientras se desnudaba el alma, mientras enseñaba sus cicatrices, que él pudo ver cierto resplandor en sus ojos.

Pudo ver que la blancura se contagiaba a su rostro y la verruga… ¡Que preciosa era aquella verruga que tan graciosamente le iba a aquella nariz aguileña que denotaba la inteligencia de la mente! Qué increíble que cuanto mas hablaba, las tinieblas de sus ojos se iban disipando dejando ver el color verdoso de su iris. Esos ojos verdes propios de una diosa que todo lo ve ¡Y qué decir de los hoyuelos que se le formaban en la mejilla al sonreir! Y ella que no paraba de reir. Y el que no paraba de ser feliz.

La conversación fue decayendo hasta llegar a ese típico punto en el que ya no hay nada mas que decir… El punto culminante llegó cuando ella exclamó: ¡Al final se ha quedado buen día!

Y era verdad que el sol había salido. Iluminando las calles mojadas que ahora relucían. El día no había parado de hablar. Ahora ellos se veían enrredados en un diálogo de besugos sobre la importancia del clima y el ciclo de vida de los salmones.

-Sí, los salmones son increíbles

– Es verdad, la gente no se percata de lo interesantes que son… Y además es mi pescado favorito…

(Silencio. Un silencio que solo dura treinta segundos, pero que parece que dura una hora)

– ¡Oh! ¡Pero mira esa paloma!

-¿Que? ¿Que pasa? Maldita sea, me lo he perdido…

– ¡Ah! Jajajajaja pues fue muy gracioso. Iba a coger un cacho de pan y un gorrión se lo ha robado justo delante del pico…

– ¿¡S!? ¡Los gorriones son asombrosos. Me gustan porque son rápidos y astutos

– Como las moscas.

– Sí, las moscas también son adorables…

El silencio se cernió otra vez sobre ellos. Un silencio tan profundo que se podía oir el sonido del viento. El ruido producido por el batido de las alas de una polilla incluso. No pudo contar cuantos segundos duró aquel silencio. El clavó la mirada en su vaso de cerveza. Ella hizo lo mismo. Durante un buen rato no fueron capaces de mirarse a los ojos. Aquel silencio se estaba alargando mas que el anterior.

El silencio es el idioma de los enamorados. Y él no quiso romper aquel lenguaje sagrado. Aquel lenguaje del sosiego que ponía paz en su alma y en su cabeza llena de estridencias. Nunca en su vida había tenido la oportunidad de escuchar silencios tan placenteros. Un silencio que de repente se vió roto por aquel verde. Aquel verde de sus ojos que lo fulminó al levantar su cabeza.

¡Que grandes! ¡Qué cerca estaban aquellos ojos de fantasía! Y el silencio que se hacía más y más grande conforme la distancia entre sus rostros se iba haciendo más y más pequeña. Cuándo el silencio fue lo suficientemente espeso como para tocarlo ella susurró:

Sí, las moscas son adorables…

Y el silencio se tragó sus bocas. Sus lenguas. Se tragó sus cuerpos. Sus vidas fusionadas en el mar de plata de los charcos resplandecientes a la luz del sol.

Como naúfragos en un mar de silencios…

 

 

Onanismo literario

Empiezo esta carta dando testimonio a la humanidad de mi locura, mi alegría, mi vida perdida día a día entre versos oscuros, olvidados en la guantera y algunos en la gatera donde chicas de barro comen churrasco en el jardín del Edén, la creme de la creme, de un hombre ausente.

Aún tengo pesadillas ahora que ya estamos en febrero y la navidad hace tiempo que ha quedado atrás, en aquella guantera con mis versos y tu recuerdo.

Vivo hasta el mediodía, por las tardes duermo y a las noches muero, con los ojos como platos, igual que los cadáveres que fui dejando por el camino.

Y sopla el viento: En el desierto me trae arena y frente al mar agua. No resuelvo mi duda existencial:

¿Ser o no ser? ¿No ser y no estar? o ¿Estar y padecer? La distancia mas corta entre entre AB es una recta. Pero a veces podreis verme dando eses cuando voy del revés por culpa de la cerveza.

Es jueves tarde, yo solito en casa, medio colgado como un gato sobre un tejado de carne y perfume barato. Ahora que es invierno me dedico a la costura, tejo bufandas, pantalones y chatarra de besos rotos.

Entre día y día, una noche

Entre beso y beso, una mirada

Entre dos palabras , un silencio

Entre tema y tema, una paja.

Soy un vulgar. Un guarro depravado. Solo pienso en sexo solitario y gemidos desgarrados. Me he desgarrado muchas veces tras estudiar 20 temas para un examen (¿Y quién no?).

Veo que sigues leyendo, pensando “¿Eing?” a estas alturas

y yo “oink, oink” imaginándote desnuda.

Pero pensar es dificil. Se me derrite el cerebro y sale en forma de líquido espeso por la nariz. Tengo alergia a vivir, me cuesta pensar cuando miro por la ventana y veo las personas por la calle. Me cuesta pensar cuando escribo, bebo o veo la tele. Pero lo hago igualmente, a pesar de todo. Porque pienso luego existo, excepto cuando veo Telecinco

Hazte grande

Toda mi existencia ha estado ligada a una estructura hecha de dos palos verticales unidos por un travesaño horizontal. Dichos palos podían ser cuadrados, redondos, metálicos o de madera. Pero la estructura era siempre la misma.

Yo siempre tenia la costumbre de quedarme bajo esos tres palos. Dominando ese espacio me sentía cómodo. Pero a veces me encontraba con un balón que caía en tierra de nadie. En un espacio indeterminado, un punto equidistante entre yo y el delantero. Era en ese momento cuando me asaltaban las dudas “¿salgo a por el balón y me arriesgo a que llegue el delantero antes, o espero aqui y espero a que el delantero arme un disparo que ni pueda alcanzar?”. Todos estos pensamientos bullían en mi cabeza formando un torbellino que cesaba cuando algún miembro de mi equipo gritaba enfurecido: “¡SAL! JODER !SAL!

Era entonces cuando iba corriendo hacia ese balón al cual solia llegar antes el delantero para cogerme a media salida y marcar gol. En ese momento, cuando los rivales celebraban sus goles algún compañero de mi equipo (generalmente aquel que me decía ¡SAL! JODER ¡SAL!) se me acercaba y me decía: Tienes que hacerte grande. Tienes que tapar mas portería. Le dejaste mucho hueco en la salida.

A partir de ese momento, fui creciendo.Me fue bien en los estudios, en la porteria no tanto. Siempre he sido un pésimo portero. Acabe el bachiller y entré en la universidad. Y durante todo ese tiempo seguí siendo portero. No había nadie mejor para ponerse ahí. Y seguí haciendo lo que sabía o, mejor dicho, lo que podía. Fui perfeccionando la técnica y cuando salía a por aquellos balones que caían en ese punto indeterminado, en ese lugar ambigüo y tenebroso de la cancha, solo podía oir aquellas voces que decían ¡SAL! JODER ¡SAL! Y entonces, mientras corría hacia el esférico, levantaba las manos, estiraba las piernas todo lo que podía, me ponía de puntillas y abarcaba todo el espacio que se iba reduciendo conforme me acercaba al delantero.

Yo nunca paré ningún balón. Simplemente me estiraba, sacaba pecho como hacen los gorilas, o me inflaba como un pez globo amenazado. Y entonces el balón me golpeaba en la cara, en los huevos, en las piernas o en el estómago. Yo nunca paré un balón, simplemente me hacía grande.

Ahora hace ya tiempo que no toco una portería. Hace tiempo que no hago el camino hacia aquellos balones que caían en tierra de nadie. Simplemente, me limito a estar en casa. Estoy en casa esperando… Y mientras espero la luz al final del tunel oigo a expertos que dicen que las oportunidades son infinitas y que tengo un futuro por delante

Ahora hace ya tiempo que no toco una portería. El otro día llevaba dos horas sentado en el sofá cuando me levanté y me asomé a la ventana. En el horizonte pude ver un montón de esas oportunidades. Oportunidades llenas de riesgos. Balones que caían en ese punto indeterminado. Sueños negros en el horizonte, esperando a que yo los atrape. ¿Salgo o no salgo? Y un torbellino de dudas que bullían en mi cabeza. Hasta que de pronto oigo un pitido, un silbido, un viento traido del recuedo que me dice…

¡SAL JODER SAL!…

¡SAL Y HAZTE GRANDE!

Cuando la poesía se convirtió en ciencia

Al principio solo era una intuición. Nada mas que eso.

Una intuición vestida con ropajes de seda. Ropajes hechos de sonetos que cubrían las curvas de su voluptuoso cuerpo. Una interrogación de anchas caderas. De curvas terminadas en el punto y final del piercing del ombligo ¡Que sexys son las preguntas!

Ella y sus curvas.

Y de la intuición pasó a ser una duda.

Que vacío dejan las preguntas

cuando no hay respuestas que las satisfagan.

A veces bailabamos un extraño tango y nos balanceabamos sobre la verdad.

Hasta que un día te fui quitando los ropajes. Poco a poco. Desponjándote de tus vestimentas. Vistiéndome de certezas. Y aún la verdad escapaba de mi. La busqué en tus labios, pero se escapo a tu lengua.

La busqué en tu lengua, en tus senos y luego en tus piernas. Iba abriendo las puertas de tu cuerpo y la mentira las iba cerrando detrás mía.

Hasta que finalmente la encontre en una caverna de tu corazón.

Hubo mucho atrevimiento en mis labios al querer besarla. Y cuando lo hice te volviste una exclamación. Toda rígida como un cadáver.

Y entonces te convertiste en un ángel caído.

Y llantos de realidad que clamaban al cielo.

Te hiciste añicos contra el suelo.

Te vestiste con los ropajes de la terrenalidad

¡Qué guapa te pones

cuando te rompes

contra el suelo!

Porque eres un sueño roto por la realidad. Una duda atravesada por una respuesta adecuada. Una cicatriz en el corazón de un poeta.

Eres tu, eres tu un ángel caído.

Eres tu una divina ciencia,

eres tu la niña de los hermosos labios,

una poesía de versos quebrados

y de pocas vestimentas…