Los caramelos de tofe (III): Sí y no

¿Se han enamorado ustedes alguna vez? Si la respuesta es sí, entonces no creo que haga falta decirles como funcionan este tipo de cosas. Yo hace ya muchos años que no me enamoro. No recuerdo cual fue la última vez… Bueno, da igual. El caso es que se nos ha dado una imagen del amor un tanto utópica. Todavía más en el caso del amor adolescente. Es oir estas palabras y todos nos imaginamos esas películas americanas donde un joven y apuesto estudiante asalta a una inocente animodora en las taquillas para invitarla al baile de primavera. Por supuesto, ella siempre dice que sí. Van juntos al baile, el le revienta la cara al matón de turno, ella lo encuentra todavía más guapo en cuanto sangra por la nariz. Se van en su moto, son felices.

Ninguno duda, ninguno fracasa, ninguno dice “no se” o directamente “no”. En general, creo que lo que distingue la realidad de la ficción es la cantidad de síes o noes que uno puede encontrar. En la ficción todo es SI. No hay negación, ni negatividad de ningún tipo, todo es positivo. En la realidad existen elementos positivos, pero detrás de cada SI hay un NO acechando, una posibilidad de derrota tras una victoria en cada esquina. Hay tantos síes, tantos noes… ¡Qué difícil es la vida cuando hay tantas afirmaciones, tantas negaciones! Es difícil dar respuesta a una pregunta que se puede contestar tanto como con un Sí como con un No.

Por aquel entonces, a partir de aquel día de septiembre, toda mi existencia giró en torno a esa pregunta con relación a Alba ¿Será o no será? Y cualquier respuesta valía. Ya les he dicho que la realidad está hecha de síes y noes. Por eso el amor es tan real como la vida misma. Cuando alguien está, y perdonen la vulgaridad, “enchochado”, todo su día gira en torno a una pregunta que se puede responder de dos modos: Afirmando o negando. Si ustedes se encuentran en esa situación, entonces pueden decir tranquilamente, parafraseando al sabio, “solo sé que estoy enamorado”.

Yo estaba seguro de mi posición respecto a Alba pero, ¿y ella? ¿Sentiría lo mismo? Qué fácil sería preguntarle. Acercarse y decirle: “¿Hola, te gusto?” Y que ella simplemente respondiese sí o no. Pero a los enamorados les encanta complicarse la vida. Les encanta decir “no se” o “puede” y con eso se pasan la vida jugando al que no quiere la cosa. Se pasan el día lanzándose evasivas y pronuncian cosas dándoles el significado contrario al que realmente tienen. Es todo un conjunto de dimes y diretes que a veces terminan con el uno por el otro y la casa sin barrer. El que inventó estas frases hechas seguro que era un romántico.

 Ante esta situación, yo me lo tomaba todo como un juego. Aquel curso, tuve la fortuna de sentarme en el pupitre posterior al de ella. Ya les he dicho que Alba y yo hablábamos a menudo pero yo quería llegar a contactar de una forma más profunda. Lo cierto es que no tenía ni la más remota idea de como llegar a su corazón sorteando todo aquel mar de dudas, de síes y noes. Así que de las dudas, pasé a las excusas, pues el cariño entre dos personas nace de ellas y no de otras cosas como sostienen algunos. Las excusas son aquello que nos justifica delante de los demás y nuestra conciencia. Así, por ejemplo, de repente sentí una irrefrenable pasión por el teatro y me apunté al grupo del colegio. Miren ustedes cual sería mi sorpresa cuando me di cuenta de que Alba también estaba en el grupo. La vida está llena de coincidencias inocentes…

Creo que de esos tiempos viene mi actual aficción al teatro. Una vez a la semana, como mínimo, acudo a ver una representación. Me paso toda la obra con la mirada perdida y si al finalizar ustedes me preguntan qué opino del argumento, de tal o cual personaje o incluso del guión, les juro que no sabría decirles nada en absoluto. Ni siquiera sabría decirles de que trata la historia. Simplemente, cuando me siento en aquellas butacas, mi mente se escapa de mi cuerpo y se va de viaje a un país recóndito del que no sé nada, pues al terminar la obra, ambos vuelven a conectarse sin que pueda recordar donde he pasado todo ese tiempo. Ya les he comentado mi incapacidad para recordar lo que sueño. Despierto en medio de las butacas con una sensación de malestar y un rictus en mis labios.

Alba tenía un llavero con múltiples adornos. Uno de ellos era un dado. Como los del parchís. Algo que no les he contado es que soy un tipo muy nervioso. Soy de esas personas que se pasan el día apretando el botón del bolígrafo, comiéndose las uñas o jugando con cualquier objeto entre mis manos. Alba solía dejar el llavero en el borde delantero de su pupitre, justo al alcance de mi mano ¡Qué coincidencia! Durantes las lecciones solía prestar atención a lo que decía el profesor y mi mente se ocupaba en procesar todos los datos, todas las palabras que mi maestra iba diciendo.

Pero cuándo se hacía el silencio, cuando el docente abandonaba el aula y los otros niños gritaban, alborotaban, subvertían las normas hasta la llegada del siguiente profesor, mi mente quedaba vacía y desprevenida ante aquellos pensamientos que tenían por objeto a quién estaba detrás mía. Mis sentidos se centraban en una brisa que me acariciaba la nuca y me ponía los pelos como escarpias. Una brisa cuyo aire provenía de una boca fina que respiraba. Una boca que pertenecía a una cara, una cara que era de un cuerpo, un cuerpo que era de un alma a quien yo me moría por mirar a los ojos.

Para mirar a alguien a los ojos es necesario tener una razón o, como ya he dicho, una excusa. Quería girarme para verla, pero entonces ¿Qué le diría? Girarme y mirala a cara… Así a lo brusco… Pero yo me moría por hacerlo… Entonces, como por arte de magia, inconscientemente, mi brazo se movía lenta pero inexorablemente hacia atrás, haciendo el movimiento de un aspa de molino. Mi mano caía en el vacío, hacía atrás mientras yo miraba hacia la pizarra, hacia delante. La caída parecía interminable pero finalmente mis dedos tocaban la superficie fría y lisa de la madera de contrachapado. Seguidamente rebotaban un par de veces a derecha y a izquierda hasta que la textura de la madera daba paso a una textura más fría aún: La del llavero de Alba. Mis manos se regocijaban de alegría cuando encontraban el cubo de plástico y lo palpaban con voluptuosidad.

Mis dedos se excitaban recorriendo la superficie lisa y salpicada de pequeñas hendiduras que eran los puntos de los números de aquel dado. Estaba en este estado de postración durante unos minutos. En aquel baile entre mis dedos y el cubo que finalmente quedaba intenrrumpido por una melodía. Una canción celestial cuya letra era la siguiente:

– ¿Qué haces?- me giraba sobresaltado. Mi cuello rotaba junto a mi cara. Mis ojos solo veían, entretando, unas líneas horizontales de luces que cruzaban de izquierda a derecha. Los planos del aula que me rodeaba se sucedían unos a otros a una velocidad vertiginosa. Primero la pizarra verde en la parte frontal, luego el ricón a la izquierda donde estaba la mesa del profesor, después la pared de ladrillos amarillos puestos en vertical unos junto a otros. En un orden tan perfecto que asustaba. La sucesión infinita de bloques separados por líneas blancas corrían ante mis ojos haciendo el efecto de una reja que se descorría ante la celda de una prisión.

Despues de hacer todo aquel camino tortuoso, la verja se descorría totalmente y podía ver la realidad tal cual era. Sin el dibujo de los barrotes de la prisión. Podía ver de donde procedía aquella melodía. Una fuente de piel morena y mechas rubias y unos ojos… ¡Ah! Aquellos ojos verdes… Pero ni siquieran eran ojos…

Eran esmeraldas…

Nunca he vuelto a verlos…

Podías ver en ellos el agua cristalina del mar caribe. Podías ver en ellos la claridad de un oceano en medio de un anticiclón veraniego.

No se cuanto tiempo estuve en suspenso viéndolos . Solo sé que las mejores canciones están hechas de silencios. Y aquel silencio se vio interrumpido y la letra de la canción prosiguió:

– ¿Qué haces?

-Nada, me gusta tu llavero… – Ella frunció el ceño-

-Jajajaja ¿De verdad? Pues no sé que le ves.

– Es que soy un tipo muy nervioso y me gusta tener cosas con las que jugar entre los dedos. Bolis, canicas, dados… Cosas de ese palo, ¿sabes? Me encanta este dado.

– Si quieres te lo regalo, ¿eh?- sonreía, pero no con la boca. Sonreía con ojos que entornaban los párpados. Dándole a los globos oculares una forma almendrada, suave. Como un campo de colinas verdes en primavera.

– ¡Qué va! No hace falta. – Me giraba rapidamente hacia donde estaba la pizarra.

Este tipo de conversaciones se repetían con cierta regularidad todos los días. Ocurrían cuando mi mente se vaciaba de contenido. Cuando mis neuronas no tenían objeto con que distraerse. Cuando las ecuaciones, datos históricos y demás lecciones se sumían en el silencio y la profesora abandonaba el aula, mi cabeza buscaba desesperadamente aquel aliento que me daba en la nuca procedente del cuerpo de Alba.

En verdad que yo no estaba para nada interesado en llavero, ni tampoco en el dado que contenía. Esto lo digo ahora, pero en aquel entonces me autoengañaba ¿Saben aquello que dicen de que una mentira repetida muchas veces se convierte en verdad? Pues bien, yo me repetía siempre la misma frase “me encanta este dado” o “me encanta el teatro”. Lo hice tantas veces que al final terminé por creerme mis propias mentiras. Cuando esto sucede, uno puede volverse loco al despegarse de la realidad. Cuando uno se cree sus propias mentiras ¿Quién puede sacarle de su error? El que intente decir “estás mintiendo por esto y aquello” se encontrará con un muro de argumentos, quejas y lamentaciones como mínimo infranqueable. Y la víctima del autoengaño se defenderá con uñas y dientes porque se sentirá objeto de injusticia. Sócrates decía que es mejor sufrir una injusticia que cometerla, porque quién es víctima de una injusticia no tiene miedo, ni recelo alguno y es capaz de enfrentarse a quien sea, de rebasar los mayores peligros porque sabe que tiene razón y eso le da fuerzas.

Me gustaba el llavero, no por sí mismo. Me gustaba el llavero porque pertenecía a Alba. Porque todo lo que a ella pertenecía, todo lo que entraba en contacto con ella, quedaba prendado de una belleza sublime. Volviendo al ejemplo de las tortillas, hay gente que le echa cebolla y otra que solo le echa patata, huevo y sal. Los que prefieren la primera modalidad suelen aborrecer a la segunda, aunque la única diferencia son unas pocas rodajas de cebolla. La clave del éxito no está en la cebolla en sí, ni tampoco en la tortilla propiamente dicha. La clave está en el todo. En el binomio (tortilla.cebolla) que termina por superar en sabor a la simple y llana tortilla de patata ¿Hasta que punto los dos tipos merecen llamarse tortilla? ¿Donde empieza y donde acaba el concepto de tortilla? Si ademas de cebolla, le echo chorizo, espinacas, pan, pepinos… ¿Sigue siendo eso una “tortilla con…” o por el contrario ya estaríamos hablando de un plato totalmente distinto?

El pupitre de Alba era feo. Tenía dos patas metálicas. Finas y cuadradas. Negras. La gaveta era una plancha también metálica, también negra y encima llevaba una tabla de madera de contrachapado. Era un pupitre barato, feo, simple… Salvo cuando Alba se sentaba en el. En ese momento el binomio “pupitre.Alba” se convertía en el binomio más hermoso que ustedes puedan ver pues aquel todo era más que la suma de las partes. Alba no perdía belleza al sentarse en un pupitre tan feo y el pupitre, considerado particularmente, no perdía nada de su fealdad. Lo mismo ocurría con el llavero y con todo lo que a ella se refería.

Incluídos los caramelos de tofe…

Continuará

Los caramelos de tofe (II): Alba

Cerré los ojos por tercera vez buscando sueño y reposo para mi agitado corazón. Pero otra vez desperté sobresaltado, deslumbrado por la luz de aquella imagen. A diferencia de las otras dos veces, en esta ocasión mi memoria pudo grabar aquel rostro por entero. Lo cual no mejoró las cosas, pues ahora tenía en mi cabeza un cajón con una foto que perturbaría mi ánimo cada vez que lo abriera.

¿Saben? Por lo general no suelo recordar lo que sueño. Me acuesto por las noches, apoyo la cabeza en la almohada y cuando me quiero dar cuenta, la luz entra en mi cuarto por las rendijas de la persiana. No recuerdo ni cuando abro o cierro los ojos. A veces me levanto triste o alegre sin saber porqué. Supongo que las historias que se forman en mi cerebro durante las noches tienen algo que ver. Incluso cuando recuerdo lo que he soñado no puedo recopilar todo, solo imágenes inconexas.

Esta fue una de esas veces en las que, de toda la historia, solo recuerdo una imagen. Un fragmento suelto de todo el cuento que mi subconsciente iba narrando mientras cerraba los ojos.

En esta vida, existen cosas que no tienen nombre. Dependiendo del idioma que hablemos, podremos encontrar términos para nombrar algunas realidades, pero no todas. Y así, hay sensaciones, sentimientos, olores, imágenes… Que no se pueden pronunciar. Algunos poetas se han frustrado intentando darle nombres a este tipo de realidades. Digo que se han frustrado porque resulta que cuando nombras algo, ese algo, por veces, pierde su magia, pierde incluso todo lo bello que hay en el.

En este caso, mi sueño tenía un nombre. Y tenía nombre porque era un rostro. Repito que en esta vida hay cosas que no tienen nombre, pero los rostros no son una de ellas. Todas las caras tienen un nombre. Todo lo que esa cara respresenta: su historia, su ayer, hoy y mañana. Sus miedos, deseos, alegrías, amistades… Todo eso queda colapsado en un par de sílabas. Letras que por si solas no tienen sentido, pero que cuando se juntan provocan en el estómago mariposas y mareas vivas. Así de poderosos son los nombres.

Pero ¿Cual era el nombre de ese rostro que me asaltaba con nocturnidad y alevosía? Eran sin duda un nombre y un rostro conocidos ¿Como si no me hubieran podido provocar aquel despertar angustioso? Era la cara de alguien que yo había conocido hacía mucho tiempo. Una cara proveniente de mi preadolescencia y juventud.

Y el nombre… ¿Como era ese nombre? Mara… Marta… Ana… No,no… No era ninguno de ellos. Era… Era…

¡Y entonces un fogonazo! ¡Una luz, un calambre, un suspiro, una sonrisa! ¡Un instante de placer en mitad de la noche! ¡ALBA! ¡ALBA! ¡ALBA! !!!Albalbalbalbalbalbalbalbalbalbalbalbalbalba!!!! Todo esto cayó como un aluvión sobre mi cabeza. Y los pájaros retomaron su trino dentro de mi. Solo era capaz de oír pájaros, como si la lluvia fuese inminente. Era ese simple nombre traído del recuerdo el que me provocaba aquel malestar, aquel rictus, aquel dolor de estómago, aquellos nudos en la garganta… Ahora, nombre y rostro encajaban como las piezas de un puzzle, resultando un todo perturbador y hermoso a partes iguales.

Pero ¿Qué les puedo contar yo de Alba? Pues bien, de Alba solo les puedo decir que tiene dos lunares en la mejilla derecha, a tres centímetros al sur del paraíso de sus ojos verdes. Son dos lunares paralelos: Uno mas cerca de la nariz, otro mirando hacia esa oreja cubierta por un pelo tan castaño como su piel. Los lunares son dos gotas de chocolate negro en el café con leche de su rostro. Y el tramo de piel que hay entre ellos es el camino hacia el cielo.

Podría pasarme la vida yendo y viniendo entre esos dos lunares, una y otra y otra vez. Como quien va de Santiago a la Meca, como el sol que va de este a oeste sin parar. Toda la vida estaría peregrinando por aquel sendero celestial al sur del Edén.

Ese camino santo esta enmarcado por unas mejillas carnosas una cara redonda labios finos nariz recta tez morena y dos esmeraldas bajo las cejas (Si al leer esto se quedan sin respiración, se desorientan y jadean imaginen como me quedaba yo cada vez que la veía).

Y para terminar un cabello lacio, castaño y de ribetes rubios moteado cuando era verano. Algunos impresionistas gustaban de pintar al aire libre y en ocasiones pintaban un mismo objeto en diferentes momentos del día. De esta forma, la luz de la mañana hacía un  paisaje  distinto al pintado por la tarde o al caer la noche. Estoy pensando en el clásico ejemplo de la catedral de Rouen de Monet.

Yo tuve la oportunidad de ver Alba en distintas horas del día a lo largo de las estaciones del año y en todas ellas ofrecía un aspecto distinto pero hermoso a su manera. Aún así, su presencia mejoraba en verano cuando se le ponía la piel morena y los dientes blanqueaban aquel rostro y cuando los mechones rubios aparecían  de forma aislada entre la totalidad de su melena castaña.

Sé de sobra que les estoy describiendo a Alba como si fuese un cuadro, una escultura. Un simple objeto. Pero lo hago por una razón científica: La luz viaja más rápido que el sonido. Por lo que percibimos antes las imágenes que las voces y por eso yo ahora describo a Alba como si fuese un cuadro estático en lugar de una película dinámica y llena de pasiones, llena de ruidos. Tal y como son las personas en realidad. Porque digan lo que digan el amor entra por los ojos y por los oídos lo hace de una forma más lenta.

Ahora que ya saben como es Alba, faltan por contestar otras dos preguntas: ¿Quién es Alba? y ¿Por qué Alba?

Ahora mismo Alba es solo un recuerdo. Mejor dicho, un sueño que me atormenta por las noches en cuanto cierro los ojos. Pero hubo un tiempo en que Alba fue tan real como todos ustedes que me leen… Bueno digamos que Alba era tan real como yo mismo y estas palabras que escribo (tengo dudas de que alguien vaya a leer esto).

Para hablar de Alba como algo real tengo que retroceder hasta mi infancia, concretamente hasta los once o doce años. Ahí empieza la historia, en esa edad en la que uno se encuentra a las puertas de la adolescencia. A punto de entrar en esa crisálida de la que, al cabo de diez años, acabaría saliendo convertido en un adulto joven.

Conocí a Alba un día de septiembre. Venía en mi clase desde parvulario por lo menos, pero reparé en ella por primera vez aquel día. Es algo muy típico de los tiempos modernos, caminamos toda la vida mirando para el suelo sin darnos cuenta de que si levantamos la cabeza veremos un sol radiante encima nuestra.

Ese día vi el sol por primera vez. El verano daba sus últimos coletazos o sea que ella tenía aquellas mechas que tanto me gustaban. Los que ahora me leeis probablemente os estareis riendo de mi patetismo al relatar un simple amor platónico de la adolescencia. Lo cierto es que Alba fue la primera y después de ella vinieron muchas otras… Pero nunca fue lo mismo.

Ya les he dicho antes que no hay dos tortillas iguales. Asíque nunca volveré a conocer a otra chica como Alba. Ni falta que hace. Me siento afortunado solo de haber coincidido con ella en aquellos años.

Mentiría si dijera que ella ignoraba que yo existía. Esta no es la clásica historia de un chico que se enamora de una chavala y  sufre porque ella ni siquiera le dirige una mirada. No. Alba y yo nos llevábamos bien. Hablábamos a diario. Llevaba hablando con ella toda mi vida, pero a partir de ese día de septiembre las conversaciones comenzaron a tomar un cariz diferente…

Continuará

Los caramelos de tofe (I)

¿Saben qué? Me gustan los caramelos de tofe. Es más, los adoro. Cuando era pequeño, mi madre tenía la costumbre de premiarme con un caramelo de tofe los días que me portaba bien.

Cuando hacía la cama, limpiaba y ordenaba mi habitación, cuando sacaba una buena nota en un examen… Mi madre me solía dar uno de esos premios en forma de bloques azucarados y sólidos cuando los envolvía el papel, mas viscosos cuando se deshacían en la boca.

Durante mi infancia los caramelos de tofe se convirtieron en mi referente moral. Sabía que me había portado bien cuando mi madre caminaba hacia el armario de la cocina y del estante superior sacaba una bolsa de caramelos y me daba uno. Escondía la bolsa en aquel recóndito lugar para que yo no lo alcanzase y  entonces poder robar cuantos manjares quisiese.

A día de hoy, hace mucho que no me tomo un caramelo de tofe. Creo poder recordar la última vez que lo hice. Era un día de invierno, el sol estaba cayendo sobre el horizonte. Volvía de  uno de mis paseos por la playa cuando, qué casualidad, tropece con un tenderete de camino a casa.

En aquel puesto vendían nueces garrapiñadas, rosquillas y ¡Qué sorpresa! Caramelos de tofe. Compré una bolsa entera y me los fui comiendo mientras regresaba al hogar: Uno tras otro. En verdad que no me gustaban, pero los comía porque el sabor suscitaba en mi una experiencia de tipo proustiano que me hacía regresar a mi infancia y preadolescencia.

Una vez llegué a casa, me sente en el sofá, puse la tele y continúe picando de aquellos dulces mientras veía las noticias. Fue entonces cuando reparé en que, de todos los caramelos que llevaba comidos, ninguno sabía igual que el anterior. No sé si ustedes se habrán dado cuenta, pero, por si acaso, les exhorto a que piensen en su plato favorito ¿Lo tienen? Bien, ahora intenten recordar todas la veces que han probado ese alimento y contéstenme: ¿Han probado dos veces el mismo plato? ¿Pueden asegurar que esa comida tuvo el mismo sabor todas las veces que la probaron a lo largo de su vida?

Es una desgracia que esto no sea un Instachat y no puedan ustedes ni verme ni yo oír sus respuestas instantáneamente. Así que continúo con mi monólogo solitario y me respondo a mi mismo: No, nunca he probado dos tortillas iguales, nunca he bebido dos cafés iguales, nunca he caminado dos veces por la misma calle. No, nunca he besado dos veces de la misma manera a una persona y, no, nunca he besado dos veces a la misma chica.

Una vez hecha esta digresión, retomo otra vez el tema. Pues eso, que me di cuenta de que los caramelos de aquella bolsa no sabían todos igual. Pero en ese caso la diferencia estaba justificada porque no todos aquellos caramelos eran de tofe. Todos eran masticables, pero no todos eran de café con leche (definición esta del caramelo de tofe). Algunos eran masticables con sabor a chocolate, otros a vainilla, otros a praliné… Y, finalmente, algunos eran tofes.

En la televisión, los informativos dieron paso a una serie de hombres robustos, mujeres guapas, chistes malos y situaciones tipo “¡Oh! Esto no me lo esperaba” o “Que tensión tiene esta escena en la que no se si el protagonista de la serie, y en el cual se basa toda la trama de la temporada, va a sobrevivir y aparecer en el capítulo siguiente”.

El caso es que, mientras veía pasar las imágenes, me fui sintiendo cada vez peor. Es una sensación que yo no se como describirles. No era un dolor de estómago a causa del empacho de tofes. Tampoco era un dolor de cabeza. Era una sensación de pesadez, acompañada de síntomas como: Cosquilleos en el estómago, algo parecido a lo que ustedes pueden sentir cuando caen en picado desde lo alto de una montaña rusa, un nudo en la garganta y una fuerza que sale del mismo lugar deformando mi rostro en una especie de rictus bastante desagradable.

Lo cierto es que no es la primera vez que experimento esa sensación. Habitualmente se me pasa en cuanto rompo a llorar. Pero esta vez se me olvidó hacerlo, estaba tan cansado que mi cuerpo no fue capaz de aliviar la presión interna de mi organismo en forma de lágrimas.

Simplemente mis ojos se quedaron fijos en un punto, en la pared de detrás del televisor. La pared se fue desenfoncado. Cada vez se desenfocaba mas. La imagen de la pared amarilla desenfocada se dividió en dos imágenes. Dos imágenes que confluían hacia el centro en cuyo lugar estaba el perfil de mi nariz.

Poco a poco esa amalgama de imágenes desenfocadas se vió salpicada por pequeños puntitos rosas, malvas, blancos, violetas que danzaban de un lado para otro. Esos puntos fueron creciendo hasta convertirse en manchas rosáceas y blancas que cubrían las imágenes desenfocadas sumiéndolas en una oscuridad plagada de luces.

Yo nunca he estado en el espacio, no se si alguno de ustedes si, pero supongo que el espacio presenta un aspecto semejante a lo que podemos ver cuando cerramos los ojos y presionamos los párpados con nuesros nudillos. Dicen que se llaman fosfenos.

Pues como iba diciendo, esa oscuridad espacial estaba empezando a tornarse en imágenes de distinto tipo. Eran imágenes inconexas, carentes de sentido… Pero de repente, cuando ya estaba a punto de caer en lo más profundo de mi sueño, una imagen, una ráfaga de luz me trajo a la realidad de mi salón de nuevo.

Me desperté dando un respingo. De igual manera les habrá pasado a ustedes cuando cierran los ojos y tienen la sensación de caer al vacío y despiertan sin saber que fue lo que provocó esa sensación.

Pues yo tampoco recordaba qué era lo que me había traído al mundo real. Solo sabía que estaba en el sofá de mi casa. Ya era noche cerrada y por la ventana de mi salón solo entraba la luz amarillenta de las luces de la calle. La televisión hacía tiempo que se había apagado. Resulta que yo tengo de esos aparatos que se apagan solos cuando transcurre mucho tiempo sin que nadie realice una acción en ellos.

No sabía qué imagen era aquella que me había despertado, pero sin duda tenía sobre mí un efecto poderoso, porque me desperté pálido, temblando, triste… Y la sensación de pesadumbre que ya les describí más arriba no se había ido.

Me levanté del sofá e inicié mi peregrinar a través de las sombras del pasillo. El corredor estaba oscuro e iluminado a cada rato por luces azuladas provenientes de las distintas estancias de la casa. Caminé por aquel túnel de luces y sombras con mi típico rictus y mi rostro rígido.

Al fin, llegué a mi dormitorio, cerré la persiana y me eché en cama. Boca arriba, mirando al techo. Seguía estando nervioso y alterado, me costó mucho dormirme. Pero mi estado de somnolencia no duró demasiado porque otra vez esa imagén apareció y me devolvió a mi habitación ¿Qué, o mejor dicho, quién era esa imagen? Digo quién porque a diferencia de la primera vez, en esta ocasión pude retener algo de esa imagen en mi memoria.

Había logrado retener un fragmento de un rostro, unos ojos verdes cubiertos por unas cejas morenas y finas separadas una de la otra por un ceño despejado. Unos ojos que se guarecían detrás de unos párpados también morenos como un café con leche de las cuales salían unas pestañas finas y negras.

Solo pude retener ese pedazo de la imagen que perturbaba mi sueño. Una imagen que tan solo aparecer me sumía en un estado de agitación y malestar.

Pero ¡Qué diablos! ¡¿Qué imagen era aquella que me despertaba, que me alteraba, que me porvocaba nudos en la garganta y dolor de estómago?! ¡¿Qué era que al abrir los ojos mi rostro despertaba tensionado y con presión acuosa en los lacrimales?!

Estuve, no sé, una hora, dos horas, quizá más, dando vueltas en la cama desasosegado. Mi piernas se movían como locas y en mi cabeza solo podía oír a los pájaros trinar, como trinan al amanecer o cuando está a punto de llover.

Fui un caballo salvaje, desbocado, sin jinete durante mucho tiempo…

Poco a poco me fui dominando, pues las espuelas del tiempo se clavaban en mi espalda llevándome por el camino de la quietud y el silencio nocturno.

No se si lo saben, pero el tiempo y el olvido van de la mano. Por eso dicen que el tiempo todo lo cura. En realidad, no cura nada, simplemente nos ayuda a olvidar el dolor aunque la herida sigua ahí, lo mismo que hace la morfina o cualquier anestésico. Con el tiempo olvidamos aquel daño, aquel dolor que nos encabritaba, nos encolerizaba, nos alteraba sin dejarnos pensar.

Por eso el tiempo es un buen domador de caballos y yo me fui relajando, poco a poco hasta que finalmente se me fueron cayendo otra vez los parpados, mientras pensaba “¿Qué veré esta vez?”.