Los caramelos de Tofe (IV): Farfalla

Todo está oscuro. La oscuridad solo se ve interrumpida por algunos puntos de luz blanca, verdosa o malva. Abro los ojos pero el panorama no cambia demasiado, todo sigue sumido en las tinieblas. Por las rendijas de mi persiana entra algo de luz de la calle. Tengo frío en la nuca, como si me pasaran un hielo por la espalda. Mi camisa de tiras, color caqui, está mojada en sudor, sobre todo por la zona de los sobacos y el cuello ¿Ya ha amanecido? o ¿Aún es de noche? No lo sé. Solo sé que a mis piernas les ha dado un ataque de nervios y que mi cuerpo no para de rodar de un lado para otro de la cama. Mi corazón late con fuerza y no paro de boquear. Si no fuera porque tengo 26 años, diría que me está dando un infarto.

Por si fuera poco, mi estómago se comporta como el motor de un coche que arranca y frena en primera todo el tiempo. Olas de calor y frío arrasan mis entrañas, seguidas por el dolor corrosivo de la acidez.

No puedo más. Me tengo que levantar. Me siento sobre la cama, me pongo las zapatillas y, haciendo un esfuerzo, me incorporo. No enciendo la luz para no tener que soportar la fotofobia, la ceguera y el dolor de cabeza. Abro la puerta de mi cuarto, salgo al pasillo. Es de noche pero hay luna llena y la luz entra a través de las ventanas de las estancias de mi casa.

Entro en el baño y me echo un poco de agua sobre mi rostro sudoroso. Noto los músculos de mi cara pesados como losas de cemento.En especial los músculos de los párpados. No se cuanto tiempo me quedé mirando el espejo que hay encima de la pileta. Podía ver mi cara llena de sombras nocturnas, ojeras y las gotas de agua que caían desde mi frente hasta la barbilla pasando por las mejillas de mi cara huesuda. También podía ver mis brazos colgando como serpentinas de aquellos hombros cubiertos por las tiras sudorosas de mi camiseta caqui. La prenda me queda un poco grande y tapa mis calzoncillos tipo slip, pero deja ver mis piernas delgadas y peludas.

¿Saben? Hubo una época en la que me miraba al espejo todos los días. Varias veces en una misma jornada incluso. Pero ahora, hace ya tiempo que no lo hago. Estoy enfadado con mi espejo. Discutíamos mucho y muy acaloradamente. Una mañana, estando en una de esas, me enfadé tanto que le dí un puñetazo. El cristal estalló y algunos añicos cayeron sobre la pileta. Tuve que ir al hospital, me fracturé varios huesos de la mano y me hice un corte bastante profundo.

Después de aquello, tiré el espejo y estuve una temporada sin el. Pero finalmente, que quieren que les diga, lo echaba de menos y acabé comprándome otro. Lo colgué de nuevo en la pared con dolor. Como un mal necesario. Desde entonces, el y yo firmamos un pacto de no agresión. No nos soportamos, pero en lugar de discutir a gritos, nos limitamos a no dirigirnos la palabra. El no me hace daño a mi. Yo no le hago daño a el. Ese es el trato. Me parece justo. Tengo muchos amigos que hacen lo mismo con sus novias. Quedan para cenar, caminan de la mano y a veces follan, pero no se soportan. En lugar de eso se autoengañan (ya les hablé antes de eso) creyendo que se quieren y detrás de cada beso y de cada “te quiero” soso y pasteloso se esconde todo un mundo de reproches e intereses creados. Pero nunca se dicen nada  porque simplemente tienen un trato. Aunque ellos no quieran ser conscientes de eso.

Agacho la mirada, me paso la mano por la cabeza. Hace poco me rapé el pelo al uno y por eso me gusta acariciar mi pelo, áspero como un felpudo. Aún puedo ver la cicatriz de mi mano. En el comedor hay una mesa con cuatro sillas. En el respaldo de una de ellas está colgada una bata. Rebusco en los bolsillos hasta dar con un paquete. Un prisma cuadrangular de cartón envuelto en una funda de plástico. Lo abro. Solo me quedan cinco cigarrillos. Mañana tendré que ir a por más. Escojo uno y me lo pongo en la boca. Empecé a fumar cuando tenía dieciseis años. Mucho después de conocer a Alba. No fue culpa de ella, no se equivoquen. Fue solo culpa mía. Mejor dicho, fue culpa del espejo. El me dijo que tenía que hacerlo. Eso fue cuándo aún me llevaba bien con el. Esto les sonará a fantasía pero es la única forma que tengo de dormir por las noches. Llevo tiempo queriendo dejarlo. Este será el último. Se lo juro.

La ventana hace un ruido al descorrerse. Un ronroneo seguido de un golpe seco que deja entrar el aire limpio de la calle. Levanto la tapa del váter y me siento. El mechero hace click. Un faro rojizo se ilumina en la osucridad. Se apaga y el humo de mi boca corre hacia la ventana del baño. No sé cuanto tiempo estuve así: Con la mano izquierda cruzada sobre las piernas, el codo derecho apoyado en el muslo del mismo lado, sujetando el pitillo y mirando a los azulejos del baño. No me podía ver, pero juraría que tenía los ojos vidriosos, la mirada perdida y la mente llena de voces. Esto me ocurre a menudo, pero ultimamente se está volviendo cada vez más preocupante. A veces me quedo ausente incluso cuando estoy hablando con mis amigos. Me quedo mirando hacia un punto en el infinito, oyendo voces que no provienen de ningún lado, solo de mi cabeza. Si no me despiertan, puedo pasarme horas enteras en ese estado y, cuando lo hacen, siento como si solo hubieran pasado cinco minutos.

Por eso esta vez no les puedo decir cuanto tiempo estuve así. No había nadie para despertarme. Ni siquiera era consciente del humo que entraba y salía de mis pulmones. No podía sentir las caladas y mi cuerpo actuaba de una forma mecánica. Pero este estado de ánimo era diferente del que me sorprendía cuando iba al teatro o cuando comía caramelos de tofe. La diferencia estribaba en que en estas mi mente se quedaba ausente, perdida en la ensoñación. Pero ahora había ruidos en mi cerebro y no había sueño por ninguna parte.

Solo oía una amalgama de voces.Voces que transportaban frases, palabras… Voces de distinto timbre y tono que hablanban al unísono generando enorme estruendo en cada una de mis neuronas. Aquellas voces no conversaban, simplemente decían cosas inconexas. Imagínense estar en un estadio lleno de gente, pues ahora imaginen que son capaces de escuchar con total claridad lo que dicen todas y cada de esas miles de personas hablando a la vez. Todos lo monologos, diálogos y debates ¡Todo! Así estaba mi cabeza. Mi mirada había caído en la visión de aquellos azulejos. Estuve tan concentrado viéndolos que creo poder decirles cuantos poros tenían aquellos cuadrados.

Poco a poco, esas voces fueron bajando el volumen y reduciendo su número. Cada vez menos gente hablaba dentro de mi cabeza. Hasta que pude distinguir una voz. Una voz que me resultaba tremendamente familiar. Pertenecía a una mujer, de unos 60 años. Era una voz muy aguda, pero a partir de ella pude recrear el físico de quien la poseía. Una mujer rubia de pelo corto y gafas de pasta con la piel del rostro flacida, llena de arrugas y manchas marrones.

Creo que puedo distinguir lo que dice

-Bueno, niños, en una semana se acaban las clases y por fin sereis libres y podréis disfrutar del verano, algunos más, otros menos, dependiendo de lo que hayais estudiado durante el curso. El caso es que -hace una pausa, traga saliva- para el año ya no me tendreis de tutora. En primer lugar porque pasais de curso y a partir de septiembre os dará clase la señorita Mercedes y en segundo lugar…-baja la mirada- este año me jubilo y… Ya no volveré a dar clase, ni tampoco os veré en el patio o en el comedor… Llevo 30 años dando clase en este colegio. Los de la primera promoción a la que di clase ya son todos padres, algunos de sus hijos están sentados ahora mismo en estos pupitres… A vosotros os pasará lo mismo, solo que yo no le daré clase a vuestros hijos. Igual ni siquiera los llego a ver… A veces sois insoportables, pero este año ha sido muy bueno y la verdad es que os voy a echar de menos. Sobretodo sabiendo que algunos de vosotros no vais a estar en este colegio el año que viene.

Un silencio sepulcral descendió sobre el aula. Era un día soleado y caluroso de principios de verano. Muchos de nosotros iríamos a la playa al salir de clase. Quedaba una semana y en verano no nos íbamos a ver. Marco, mi compañero de pupitre, empezó a llorar. Se le caían los mocos asíque acercó su boca a mi oreja y me susurró, con la voz entrecortada:

-Oye, ¿tienes un kleenex?

-No tío, lo siento -entonces levantó la mano. La profesora lo miró con una sonrisa, en un gesto de comprensión y profunda empatía. Supongo que ella también sentía lo mismo. De hecho, los ojos se le habían vuelto acuosos, en un intento de sus lágrimas por aflorar de su interior. Seguidamente levantó la cabeza, instando a Marco a expresarse. El dijo en voz alta, pero entrecortada

-¿Alguien me da un pañuelo, por favor?- El tono de su voz subía y bajaba intercalada por silencios hechos de pequeños hipidos e inspiraciones cortas pero profundas. Parecía que tenía cuchullas clavándose en los pulmones.

Toda la clase empezó a reirse de Marco. Pero la profesora hizo callar a todos con una sola mirada fulminante. En el fondo todos teníamos las mismas ganas de llorar que Marco.

-¿Alguien le deja un pañuelo a Marco? – pregunto la señorita.

-Yo – apenas un monosílabo. Dos letras. Fue todo lo que me hizo falta para localizar la fuente que había pronunciado aquel pronombre. Esa sílaba procedía del pupitre de atrás, de una voz clara y cristalina. Apenas dijo esto, oí el sonido de una cremallera, una mano que separaba las dos cortinas de tela de un estuche. Oí también el repicar de los bolis, lápices y ceras de colores los unos contra los otros. Y… ¡ah! Oí un llavero y dos dados rebotar contra una mesa de contrachapado. Marco se dió la vuelta y miro aquel brazo moreno terminado en una mano que sostenía un cuadrado de celulosa del blanco más impoluto que haya visto.

-Aquí tienes, Farfalla – dijo Alba.

-Gracias -contestó Marco. Y cogió el pañuelo, sonándose ruidosamente a continuación.

Farfalla los tenía bien puestos. El era libre. Era el único que se podía permitir el lujo de llorar en público. Los demás chicos teníamos que reprimirnos y conformarnos con reirnos de aquellos que se derrumbaban. Solo las mujeres y los mariposones lloran en público. Y a ninguno de nosotros nos gustaba que se nos tachara de bujarra. Aunque al llegar a casa todos nosotros nos encerrásemos en nuestros cuartos y nos pusiésemos a llorar por los amigos que ya no volveríamos a ver y la etapa de nuestras vidas que ya dejábamos atrás.

Le llamábamos Farfalla porque Marco era italiano y maricón. Farfalla es el nombre que allí se le da a las mariposas. Él provenía del sur, de una pequeña ciudad de Calabria. Sus padres se habían mudado hacía cuatro años a España. En ese tiempo, Farfalla había hecho muchos amigos y aunque nos metíamos mucho con él al principio, logró ganarse nuestro respeto a base de simpatía y un gran sentido del humor. Además, nos enseñaba a decir palabrotas en italiano y lo cierto es que el venir de tierras tan lejanas, hablando un idioma distinto, le daba un toque muy exótico.

Vino en nuestra clase desde el primer día que aterrizó aquí. No sabía hablar nada de español ni tampoco lo entendía. Los primeros días nos referíamos a el como “marica”, “maricón”, “mariposón”… Fue este último mote el que se escogió para su bautizo. Realmente, no sabíamos si Farfalla era gay o no. A esas edades, ni siquiera nosotros teníamos claras nuestras orientaciones sexuales, pero Farfalla tenía pluma. Ya saben, perdía más aceite que un coche de segunda mano y aún encima iba a clases de baile dos veces a la semana después del colegio.

Conforme fueron pasando los meses, Farfalla aprendió a hablar castellano y dejamos de meterle collejas para finalmente firmar un pacto de no agresión. Pasados unos años le dejamos que se integrase en nuestro grupo -hasta aquel entonces, solo andaba con las niñas-. Pasábamos gran parte del tiempo jugando al fútbol. A él no le gustaba y para que no se quedase solo durante los recreos, le dejábamos que nos arbitrase. El tío se lo tomaba super en serio. Hasta se fabricó unas tarjetas amarillas y rojas. Y se imponía… ¡Vaya si se imponía! Sí el decía que era falta. Era falta y punto.

– Y como te pongas tonto, te echo roja- decía. Y si te la echaba, te tenías que salir de la cancha porque como no obedecieras no paraba de lijarte la oreja. Podía llegar a ser muy pesado…

A pesar de tener nuestro respeto, a pesar de formar parte de nuestro grupo, seguimos llamándole “mariposón” durante todo ese tiempo. Sencillamente, con la costumbre, nos fue imposible llamarle Marco. El era Mariposón y ya está. No sé como se dice mariposón en italiano, seguramente tenga un término diferente, específico, que no se corresponde con el aumentativo del nombre del insecto que empleamos en español. Pero éramos niños y nos creíamos que todo era simple. Y que para llamar a alguien mariposón en italiano bastaba con saber como se decía mariposa en aquella lengua.

Fue así como un día, Javier “el croqueta”  le preguntó como se decía mariposa en italiano

-Farfalla-replicó Marco

El Croqueta casi se parte en dos cuando se lo dijo.

Y esta es la historia de como Marco pasó a ser Mariposón para después evolucionar en Farfalla. Farfalla… Me encanta ese nombre. Les juro que algún día, se lo pondré a uno de mis hijos.

Continuará

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s