Los caramelos de tofe (II): Alba

Cerré los ojos por tercera vez buscando sueño y reposo para mi agitado corazón. Pero otra vez desperté sobresaltado, deslumbrado por la luz de aquella imagen. A diferencia de las otras dos veces, en esta ocasión mi memoria pudo grabar aquel rostro por entero. Lo cual no mejoró las cosas, pues ahora tenía en mi cabeza un cajón con una foto que perturbaría mi ánimo cada vez que lo abriera.

¿Saben? Por lo general no suelo recordar lo que sueño. Me acuesto por las noches, apoyo la cabeza en la almohada y cuando me quiero dar cuenta, la luz entra en mi cuarto por las rendijas de la persiana. No recuerdo ni cuando abro o cierro los ojos. A veces me levanto triste o alegre sin saber porqué. Supongo que las historias que se forman en mi cerebro durante las noches tienen algo que ver. Incluso cuando recuerdo lo que he soñado no puedo recopilar todo, solo imágenes inconexas.

Esta fue una de esas veces en las que, de toda la historia, solo recuerdo una imagen. Un fragmento suelto de todo el cuento que mi subconsciente iba narrando mientras cerraba los ojos.

En esta vida, existen cosas que no tienen nombre. Dependiendo del idioma que hablemos, podremos encontrar términos para nombrar algunas realidades, pero no todas. Y así, hay sensaciones, sentimientos, olores, imágenes… Que no se pueden pronunciar. Algunos poetas se han frustrado intentando darle nombres a este tipo de realidades. Digo que se han frustrado porque resulta que cuando nombras algo, ese algo, por veces, pierde su magia, pierde incluso todo lo bello que hay en el.

En este caso, mi sueño tenía un nombre. Y tenía nombre porque era un rostro. Repito que en esta vida hay cosas que no tienen nombre, pero los rostros no son una de ellas. Todas las caras tienen un nombre. Todo lo que esa cara respresenta: su historia, su ayer, hoy y mañana. Sus miedos, deseos, alegrías, amistades… Todo eso queda colapsado en un par de sílabas. Letras que por si solas no tienen sentido, pero que cuando se juntan provocan en el estómago mariposas y mareas vivas. Así de poderosos son los nombres.

Pero ¿Cual era el nombre de ese rostro que me asaltaba con nocturnidad y alevosía? Eran sin duda un nombre y un rostro conocidos ¿Como si no me hubieran podido provocar aquel despertar angustioso? Era la cara de alguien que yo había conocido hacía mucho tiempo. Una cara proveniente de mi preadolescencia y juventud.

Y el nombre… ¿Como era ese nombre? Mara… Marta… Ana… No,no… No era ninguno de ellos. Era… Era…

¡Y entonces un fogonazo! ¡Una luz, un calambre, un suspiro, una sonrisa! ¡Un instante de placer en mitad de la noche! ¡ALBA! ¡ALBA! ¡ALBA! !!!Albalbalbalbalbalbalbalbalbalbalbalbalbalba!!!! Todo esto cayó como un aluvión sobre mi cabeza. Y los pájaros retomaron su trino dentro de mi. Solo era capaz de oír pájaros, como si la lluvia fuese inminente. Era ese simple nombre traído del recuerdo el que me provocaba aquel malestar, aquel rictus, aquel dolor de estómago, aquellos nudos en la garganta… Ahora, nombre y rostro encajaban como las piezas de un puzzle, resultando un todo perturbador y hermoso a partes iguales.

Pero ¿Qué les puedo contar yo de Alba? Pues bien, de Alba solo les puedo decir que tiene dos lunares en la mejilla derecha, a tres centímetros al sur del paraíso de sus ojos verdes. Son dos lunares paralelos: Uno mas cerca de la nariz, otro mirando hacia esa oreja cubierta por un pelo tan castaño como su piel. Los lunares son dos gotas de chocolate negro en el café con leche de su rostro. Y el tramo de piel que hay entre ellos es el camino hacia el cielo.

Podría pasarme la vida yendo y viniendo entre esos dos lunares, una y otra y otra vez. Como quien va de Santiago a la Meca, como el sol que va de este a oeste sin parar. Toda la vida estaría peregrinando por aquel sendero celestial al sur del Edén.

Ese camino santo esta enmarcado por unas mejillas carnosas una cara redonda labios finos nariz recta tez morena y dos esmeraldas bajo las cejas (Si al leer esto se quedan sin respiración, se desorientan y jadean imaginen como me quedaba yo cada vez que la veía).

Y para terminar un cabello lacio, castaño y de ribetes rubios moteado cuando era verano. Algunos impresionistas gustaban de pintar al aire libre y en ocasiones pintaban un mismo objeto en diferentes momentos del día. De esta forma, la luz de la mañana hacía un  paisaje  distinto al pintado por la tarde o al caer la noche. Estoy pensando en el clásico ejemplo de la catedral de Rouen de Monet.

Yo tuve la oportunidad de ver Alba en distintas horas del día a lo largo de las estaciones del año y en todas ellas ofrecía un aspecto distinto pero hermoso a su manera. Aún así, su presencia mejoraba en verano cuando se le ponía la piel morena y los dientes blanqueaban aquel rostro y cuando los mechones rubios aparecían  de forma aislada entre la totalidad de su melena castaña.

Sé de sobra que les estoy describiendo a Alba como si fuese un cuadro, una escultura. Un simple objeto. Pero lo hago por una razón científica: La luz viaja más rápido que el sonido. Por lo que percibimos antes las imágenes que las voces y por eso yo ahora describo a Alba como si fuese un cuadro estático en lugar de una película dinámica y llena de pasiones, llena de ruidos. Tal y como son las personas en realidad. Porque digan lo que digan el amor entra por los ojos y por los oídos lo hace de una forma más lenta.

Ahora que ya saben como es Alba, faltan por contestar otras dos preguntas: ¿Quién es Alba? y ¿Por qué Alba?

Ahora mismo Alba es solo un recuerdo. Mejor dicho, un sueño que me atormenta por las noches en cuanto cierro los ojos. Pero hubo un tiempo en que Alba fue tan real como todos ustedes que me leen… Bueno digamos que Alba era tan real como yo mismo y estas palabras que escribo (tengo dudas de que alguien vaya a leer esto).

Para hablar de Alba como algo real tengo que retroceder hasta mi infancia, concretamente hasta los once o doce años. Ahí empieza la historia, en esa edad en la que uno se encuentra a las puertas de la adolescencia. A punto de entrar en esa crisálida de la que, al cabo de diez años, acabaría saliendo convertido en un adulto joven.

Conocí a Alba un día de septiembre. Venía en mi clase desde parvulario por lo menos, pero reparé en ella por primera vez aquel día. Es algo muy típico de los tiempos modernos, caminamos toda la vida mirando para el suelo sin darnos cuenta de que si levantamos la cabeza veremos un sol radiante encima nuestra.

Ese día vi el sol por primera vez. El verano daba sus últimos coletazos o sea que ella tenía aquellas mechas que tanto me gustaban. Los que ahora me leeis probablemente os estareis riendo de mi patetismo al relatar un simple amor platónico de la adolescencia. Lo cierto es que Alba fue la primera y después de ella vinieron muchas otras… Pero nunca fue lo mismo.

Ya les he dicho antes que no hay dos tortillas iguales. Asíque nunca volveré a conocer a otra chica como Alba. Ni falta que hace. Me siento afortunado solo de haber coincidido con ella en aquellos años.

Mentiría si dijera que ella ignoraba que yo existía. Esta no es la clásica historia de un chico que se enamora de una chavala y  sufre porque ella ni siquiera le dirige una mirada. No. Alba y yo nos llevábamos bien. Hablábamos a diario. Llevaba hablando con ella toda mi vida, pero a partir de ese día de septiembre las conversaciones comenzaron a tomar un cariz diferente…

Continuará

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