Los caramelos de tofe (I)

¿Saben qué? Me gustan los caramelos de tofe. Es más, los adoro. Cuando era pequeño, mi madre tenía la costumbre de premiarme con un caramelo de tofe los días que me portaba bien.

Cuando hacía la cama, limpiaba y ordenaba mi habitación, cuando sacaba una buena nota en un examen… Mi madre me solía dar uno de esos premios en forma de bloques azucarados y sólidos cuando los envolvía el papel, mas viscosos cuando se deshacían en la boca.

Durante mi infancia los caramelos de tofe se convirtieron en mi referente moral. Sabía que me había portado bien cuando mi madre caminaba hacia el armario de la cocina y del estante superior sacaba una bolsa de caramelos y me daba uno. Escondía la bolsa en aquel recóndito lugar para que yo no lo alcanzase y  entonces poder robar cuantos manjares quisiese.

A día de hoy, hace mucho que no me tomo un caramelo de tofe. Creo poder recordar la última vez que lo hice. Era un día de invierno, el sol estaba cayendo sobre el horizonte. Volvía de  uno de mis paseos por la playa cuando, qué casualidad, tropece con un tenderete de camino a casa.

En aquel puesto vendían nueces garrapiñadas, rosquillas y ¡Qué sorpresa! Caramelos de tofe. Compré una bolsa entera y me los fui comiendo mientras regresaba al hogar: Uno tras otro. En verdad que no me gustaban, pero los comía porque el sabor suscitaba en mi una experiencia de tipo proustiano que me hacía regresar a mi infancia y preadolescencia.

Una vez llegué a casa, me sente en el sofá, puse la tele y continúe picando de aquellos dulces mientras veía las noticias. Fue entonces cuando reparé en que, de todos los caramelos que llevaba comidos, ninguno sabía igual que el anterior. No sé si ustedes se habrán dado cuenta, pero, por si acaso, les exhorto a que piensen en su plato favorito ¿Lo tienen? Bien, ahora intenten recordar todas la veces que han probado ese alimento y contéstenme: ¿Han probado dos veces el mismo plato? ¿Pueden asegurar que esa comida tuvo el mismo sabor todas las veces que la probaron a lo largo de su vida?

Es una desgracia que esto no sea un Instachat y no puedan ustedes ni verme ni yo oír sus respuestas instantáneamente. Así que continúo con mi monólogo solitario y me respondo a mi mismo: No, nunca he probado dos tortillas iguales, nunca he bebido dos cafés iguales, nunca he caminado dos veces por la misma calle. No, nunca he besado dos veces de la misma manera a una persona y, no, nunca he besado dos veces a la misma chica.

Una vez hecha esta digresión, retomo otra vez el tema. Pues eso, que me di cuenta de que los caramelos de aquella bolsa no sabían todos igual. Pero en ese caso la diferencia estaba justificada porque no todos aquellos caramelos eran de tofe. Todos eran masticables, pero no todos eran de café con leche (definición esta del caramelo de tofe). Algunos eran masticables con sabor a chocolate, otros a vainilla, otros a praliné… Y, finalmente, algunos eran tofes.

En la televisión, los informativos dieron paso a una serie de hombres robustos, mujeres guapas, chistes malos y situaciones tipo “¡Oh! Esto no me lo esperaba” o “Que tensión tiene esta escena en la que no se si el protagonista de la serie, y en el cual se basa toda la trama de la temporada, va a sobrevivir y aparecer en el capítulo siguiente”.

El caso es que, mientras veía pasar las imágenes, me fui sintiendo cada vez peor. Es una sensación que yo no se como describirles. No era un dolor de estómago a causa del empacho de tofes. Tampoco era un dolor de cabeza. Era una sensación de pesadez, acompañada de síntomas como: Cosquilleos en el estómago, algo parecido a lo que ustedes pueden sentir cuando caen en picado desde lo alto de una montaña rusa, un nudo en la garganta y una fuerza que sale del mismo lugar deformando mi rostro en una especie de rictus bastante desagradable.

Lo cierto es que no es la primera vez que experimento esa sensación. Habitualmente se me pasa en cuanto rompo a llorar. Pero esta vez se me olvidó hacerlo, estaba tan cansado que mi cuerpo no fue capaz de aliviar la presión interna de mi organismo en forma de lágrimas.

Simplemente mis ojos se quedaron fijos en un punto, en la pared de detrás del televisor. La pared se fue desenfoncado. Cada vez se desenfocaba mas. La imagen de la pared amarilla desenfocada se dividió en dos imágenes. Dos imágenes que confluían hacia el centro en cuyo lugar estaba el perfil de mi nariz.

Poco a poco esa amalgama de imágenes desenfocadas se vió salpicada por pequeños puntitos rosas, malvas, blancos, violetas que danzaban de un lado para otro. Esos puntos fueron creciendo hasta convertirse en manchas rosáceas y blancas que cubrían las imágenes desenfocadas sumiéndolas en una oscuridad plagada de luces.

Yo nunca he estado en el espacio, no se si alguno de ustedes si, pero supongo que el espacio presenta un aspecto semejante a lo que podemos ver cuando cerramos los ojos y presionamos los párpados con nuesros nudillos. Dicen que se llaman fosfenos.

Pues como iba diciendo, esa oscuridad espacial estaba empezando a tornarse en imágenes de distinto tipo. Eran imágenes inconexas, carentes de sentido… Pero de repente, cuando ya estaba a punto de caer en lo más profundo de mi sueño, una imagen, una ráfaga de luz me trajo a la realidad de mi salón de nuevo.

Me desperté dando un respingo. De igual manera les habrá pasado a ustedes cuando cierran los ojos y tienen la sensación de caer al vacío y despiertan sin saber que fue lo que provocó esa sensación.

Pues yo tampoco recordaba qué era lo que me había traído al mundo real. Solo sabía que estaba en el sofá de mi casa. Ya era noche cerrada y por la ventana de mi salón solo entraba la luz amarillenta de las luces de la calle. La televisión hacía tiempo que se había apagado. Resulta que yo tengo de esos aparatos que se apagan solos cuando transcurre mucho tiempo sin que nadie realice una acción en ellos.

No sabía qué imagen era aquella que me había despertado, pero sin duda tenía sobre mí un efecto poderoso, porque me desperté pálido, temblando, triste… Y la sensación de pesadumbre que ya les describí más arriba no se había ido.

Me levanté del sofá e inicié mi peregrinar a través de las sombras del pasillo. El corredor estaba oscuro e iluminado a cada rato por luces azuladas provenientes de las distintas estancias de la casa. Caminé por aquel túnel de luces y sombras con mi típico rictus y mi rostro rígido.

Al fin, llegué a mi dormitorio, cerré la persiana y me eché en cama. Boca arriba, mirando al techo. Seguía estando nervioso y alterado, me costó mucho dormirme. Pero mi estado de somnolencia no duró demasiado porque otra vez esa imagén apareció y me devolvió a mi habitación ¿Qué, o mejor dicho, quién era esa imagen? Digo quién porque a diferencia de la primera vez, en esta ocasión pude retener algo de esa imagen en mi memoria.

Había logrado retener un fragmento de un rostro, unos ojos verdes cubiertos por unas cejas morenas y finas separadas una de la otra por un ceño despejado. Unos ojos que se guarecían detrás de unos párpados también morenos como un café con leche de las cuales salían unas pestañas finas y negras.

Solo pude retener ese pedazo de la imagen que perturbaba mi sueño. Una imagen que tan solo aparecer me sumía en un estado de agitación y malestar.

Pero ¡Qué diablos! ¡¿Qué imagen era aquella que me despertaba, que me alteraba, que me porvocaba nudos en la garganta y dolor de estómago?! ¡¿Qué era que al abrir los ojos mi rostro despertaba tensionado y con presión acuosa en los lacrimales?!

Estuve, no sé, una hora, dos horas, quizá más, dando vueltas en la cama desasosegado. Mi piernas se movían como locas y en mi cabeza solo podía oír a los pájaros trinar, como trinan al amanecer o cuando está a punto de llover.

Fui un caballo salvaje, desbocado, sin jinete durante mucho tiempo…

Poco a poco me fui dominando, pues las espuelas del tiempo se clavaban en mi espalda llevándome por el camino de la quietud y el silencio nocturno.

No se si lo saben, pero el tiempo y el olvido van de la mano. Por eso dicen que el tiempo todo lo cura. En realidad, no cura nada, simplemente nos ayuda a olvidar el dolor aunque la herida sigua ahí, lo mismo que hace la morfina o cualquier anestésico. Con el tiempo olvidamos aquel daño, aquel dolor que nos encabritaba, nos encolerizaba, nos alteraba sin dejarnos pensar.

Por eso el tiempo es un buen domador de caballos y yo me fui relajando, poco a poco hasta que finalmente se me fueron cayendo otra vez los parpados, mientras pensaba “¿Qué veré esta vez?”.

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