Abre la boca

Era un día nublado. El cielo quería llorar y a veces lo hacía pero de una forma contenida. Como aquel niño que no quiere mostrar su sensibilidad en público y niega su llanto aun cuando las lágrimas le caen por las mejillas.

La vió aparecer al fondo de la plaza, a lo lejos, y ella saludó mientras avanzaba a paso ligero hacia el. No era guapa. Tenía un rostro bastante poco agraciado. Picado en granos. Grasiento por veces. Los ojos huidizos y sin color. El rostro nublado, igual que aquel día. Para culminar el desaguisado una verruga en la nariz, ganchuda y aguileña. Rodeada de mejillas estiradas y escasas en carne.

¿De donde habría salido aquello? No lo sabía. Solo quería huir de allí. Pero era demasiado tarde. Se dieron dos besos en la mejilla y se retiraron a un bar cercano para charlar mientras tomaban una cerveza.

Todo empezó con un “hola, ¿que tal?” y continuó como suelen seguir ese tipo de conversaciones anodinas entre personas que se acaban de conocer. Ella comenzó hablando de su pasión por las bicicletas, del gusto de pasear junto al mar en otoño, de leer buenos libros, ver buenas películas, tener buenos amigos… Seguidamente pasó por desvelar sus miedos: El miedo a no tener nada delante, el miedo a no saber hacia donde caminar, el miedo a quedarse ciega… A continuación, habló de sus torpezas, frustaciones y deseos. Fue entonces, mientras hablaba, mientras se desnudaba el alma, mientras enseñaba sus cicatrices, que él pudo ver cierto resplandor en sus ojos.

Pudo ver que la blancura se contagiaba a su rostro y la verruga… ¡Que preciosa era aquella verruga que tan graciosamente le iba a aquella nariz aguileña que denotaba la inteligencia de la mente! Qué increíble que cuanto mas hablaba, las tinieblas de sus ojos se iban disipando dejando ver el color verdoso de su iris. Esos ojos verdes propios de una diosa que todo lo ve ¡Y qué decir de los hoyuelos que se le formaban en la mejilla al sonreir! Y ella que no paraba de reir. Y el que no paraba de ser feliz.

La conversación fue decayendo hasta llegar a ese típico punto en el que ya no hay nada mas que decir… El punto culminante llegó cuando ella exclamó: ¡Al final se ha quedado buen día!

Y era verdad que el sol había salido. Iluminando las calles mojadas que ahora relucían. El día no había parado de hablar. Ahora ellos se veían enrredados en un diálogo de besugos sobre la importancia del clima y el ciclo de vida de los salmones.

-Sí, los salmones son increíbles

– Es verdad, la gente no se percata de lo interesantes que son… Y además es mi pescado favorito…

(Silencio. Un silencio que solo dura treinta segundos, pero que parece que dura una hora)

– ¡Oh! ¡Pero mira esa paloma!

-¿Que? ¿Que pasa? Maldita sea, me lo he perdido…

– ¡Ah! Jajajajaja pues fue muy gracioso. Iba a coger un cacho de pan y un gorrión se lo ha robado justo delante del pico…

– ¿¡S!? ¡Los gorriones son asombrosos. Me gustan porque son rápidos y astutos

– Como las moscas.

– Sí, las moscas también son adorables…

El silencio se cernió otra vez sobre ellos. Un silencio tan profundo que se podía oir el sonido del viento. El ruido producido por el batido de las alas de una polilla incluso. No pudo contar cuantos segundos duró aquel silencio. El clavó la mirada en su vaso de cerveza. Ella hizo lo mismo. Durante un buen rato no fueron capaces de mirarse a los ojos. Aquel silencio se estaba alargando mas que el anterior.

El silencio es el idioma de los enamorados. Y él no quiso romper aquel lenguaje sagrado. Aquel lenguaje del sosiego que ponía paz en su alma y en su cabeza llena de estridencias. Nunca en su vida había tenido la oportunidad de escuchar silencios tan placenteros. Un silencio que de repente se vió roto por aquel verde. Aquel verde de sus ojos que lo fulminó al levantar su cabeza.

¡Que grandes! ¡Qué cerca estaban aquellos ojos de fantasía! Y el silencio que se hacía más y más grande conforme la distancia entre sus rostros se iba haciendo más y más pequeña. Cuándo el silencio fue lo suficientemente espeso como para tocarlo ella susurró:

Sí, las moscas son adorables…

Y el silencio se tragó sus bocas. Sus lenguas. Se tragó sus cuerpos. Sus vidas fusionadas en el mar de plata de los charcos resplandecientes a la luz del sol.

Como naúfragos en un mar de silencios…

 

 

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