El tiempo en quiebra (II)

Era ya muy tarde cuando entré en casa. Olía a valentía por todas partes. Se dejaba notar en la luz encendida de la cocina. Probablemente llevaba horas prendida. No me enfadé, pero me imaginé como se pondría mi madre cuando se enterase. Fenosa no entiende de despistes. Cobra 50, 100, 200 o 500 euros sin importarle quien está detrás de los números y los kw/h en un alarde de ciega justicia. Pero el cabreo de mi madre iba a ser peor cuando viese los platos y vasos rotos en añicos por el suelo, los cristales estallados en la terraza, las puertas de las alacenas descolgadas… ¿Qué diria si viera la mesa volcada? ¿Qué si viera el relleno de los almohadones del sofá extendidos por toda la sala? De momento, ya tenía un culpable. Solo mi hermano podría haber montado semejante estropicio.

Me asomé al pasillo, negro como la boca de un lobo, pero iluminado al final del recorrido por una luz. Provenía de una de las puertas de los laterales del pasillo. Era el cuarto de baño. Me dirigí hacia alli acojonadísima. Vete a saber tu si no habrían entrado una banda de ladrones en casa. Conforme llegaba a la puerta del baño iba escuchando un murmullo que crecía en intensidad. Era un susurro, pero cuando me planté en el umbral del cuarto de baño me di cuenta de que era el ruido producido por las gotas de agua al chocar contra el plato de la ducha ¿También dejó el grifo abierto? Menudo desastre de chaval… pensé. Ojalá no hubiera dirigido la mirada hacia la ducha ¡Qué horror! Allí estaba el. Completamente desnudo bajo la ducha abierta, recostado contra la pared, como medio sentado, mientras el agua caía sobre su pelo, completamente mojado y pegado a su cabeza. El agua seguía su curso corriéndole por la cara y las mejillas, goteandole del entrecejo al tener la barbilla pegada contra el pecho. Su cuerpo pálido se hubiera confundido con el blanco del plato de ducha si no fuera por el charco rojo que lo envolvía, y que el agua afluyente no hacía más que aumentar en tamaño. Debía llevar tiempo en ese estado porque el agua había invadido las baldosas del baño.

Al principio pensé que se habría dado un golpe en la cabeza. De ahí la sangre y el desmayo. Pero no. Me acerqué, no era ni capaz de gritar, cerré el grifo. Le di unas tortas en la cabeza, mire su nuca en busca de una herida. Tardé bastante en ver el cuchillo que yacía al lado de su brazo izquierdo, atravesado por un tajo enorme desde la muñeca al codo. Sangraba como un cerdo. Todavía hoy me sorprende la frialdad con la que cogí una toalla, se la até en torno a los brazos, lo saqué a rastras de la ducha y lo coloqué en el centro del cuarto, tumbado boca arriba, mientras me iba a llamar por teléfono a una ambulancia.

Después me quedé sentada en el sofá un buen rato. Me daba miedo ir al baño a ver aquel cadáver. Miedo y también asco.

Joder, finalmente lo ha hecho. Que cabrón, nadie daba un duro por eso. Que fuerte ¿Y que le digo ahora a mi madre? ¿Que le diré ahora a mis amigos? peor aún ¿Como les diré a sus amigos cuando le vengan a timbrar que su querido colega está tragando tierra a unos kilómetros de distancia? Tengo que verlo otra vez. Aunque sea la última. Hostia es mi hemano, es raro de cojones se acaba de quitar la vida de una forma ridicula y asquerosa, pero sigue siendo mi hermano. Pero ir hasta el baño… Que coraje! Que asco! Ver su cuerpo desnudo, delgado, como un espagueti recién cocido, sus labios morados. No se si lo soportaré. Pero tengo que hacerlo.

Al final no se como reuní fuerzas pero me levanté del sofá y me fui al cuarto de baño a ver el cadáver de mi hermano. Me dio una impresión enorme verle ahí tirado boca arriba encima de la toalla con los ojos cerrados. Parecía como si se hubiera quedado dormido en medio de una tormenta de verano. Me senté en el vater y vi todo el plato de ducha lleno de sangre.

Solo a ti se te ocurriría morirte de esta manera. La discreción no es lo tuyo, no. Toda la casa hecha unos zorros, y la ducha llena de sangre. No solo nos obligas a enterrarte sino también a limpiar la mierda que vas dejando por ahí. Pero lo peor de todo va a ser la mierda que nos echará todo el puto vecindario. Como me mirará la gente por la calle cuando se enteren de que soy la hermana de un colgao que un buen día decidió abrirse las venas. Eres un cabrón. Me senté en el retrete y me puse a llorar como una condenada. Estaba tan enfadada que me puse a gritar como una loca. Era incapaz de contener el llanto. Gracias a Dios estaba sola y nadie podía verme

-¿Por qué lloras? dijo el con la voz débil, apenas no le escuchaba. No me asusté ni di un grito. Me lo tomé como algo natural. Fui incapaz de alegrarme por que mi hermano estuviera vivo.

-Lloro porque creía que estabas muerto. Pero ahora, sabiendo que estas vivo, tengo ganas de llorar aún más. Ya no soy la hermana de un suicida, soy la hermana de un tipo raro, de un chaval de catorce años que solo lee poesía, que baila en las verbenas, que niega la existencia del tiempo y que se intenta suicidar ¡Joder que ridículo!

-Tienes razón. Soy un puto fracasado, ni para suicidarme valgo. Me muero de verguenza solo de pensar las explicaciones que tendré que dar por esto. Joder, ahora si que desearía haberme muerto de verdad. Que la tierra me tragara antes de tener que dar explicaciones sobre porque he hecho lo que he hecho. La gente te trata como un loco y te margina cuando saben que has intentado renunciar a la vida. La gente no se plantea lo injusto que es tener que cargar con algo que tu no has elegido.

-¿Pero porque lo intentaste? Si querias que te hiciéramos caso, pues hala ya lo has conseguido, maldito niñato mimado ¿Estás contento? Te alegra jodernos la vida ¿verdad? Si tuvieras decencia te habrías muerto hace tiempo. Pero no, tu no te mueres, haces el amago para dejarnos en evidencia delante de todo el mundo.

(continuará)

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