Mi pene y yo

Mi pene es surrealista. Llevo casi veinte años con él y todavía no he sido capaz de conocerlo del todo. Yo soy bastante blanco, pero él, en un gesto de rebeldía ha decidido que quiere ser moreno, mas moreno que el resto de mi cuerpo. De hecho, es tan rebelde que hasta tiene una melena al estilo de los viejos rockeros: Larga y enmarañada. Está en contra de esa nueva moda que reina entre los penes modernos de raparse al cero. Para él es una moda fruto de una sociedad enferma que desvirtúa la falta de pelo en la cabeza para ensalzar, por el contrario, la alopecia genital. Un absurdo.

Él es superlativo y también superrelativo, porque es grande o pequeño en función de con que se le compare, o de  quién esté presente. Mi pene se trasciende hacia mi o hacia los demás. Es un tío generoso.

Pero también es  terco y nunca hace lo que yo quiero. Cuándo quiero que funcione no funciona, y cuando funciona resulta que a mí no me apetece que funcione. En cierto modo me domina. Para mucha gente, que tu pene logre dominarte puede parecer patético y símbolo de debilidad, pero para mí no. Es más, hasta me gusta que lo haga. Porque mi pene es un ser impulsivo pero a la vez cabal. De hecho, tiene más cordura que yo. Siempre consigue llevarme por el buen camino, aunque a veces lleva a cabo actos de dudosa moralidad. No lo puedo remediar, mi pene es un nihilista. En sus ratos libres le gusta leer a Nietzsche y a Sartre.

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Pero, sin duda, lo que más me fascina de mi pene es la relación de amor-odio que mantiene con mis calzoncillos. Le aterran los calzoncillos de licra. Los odia tanto que siempre busca una excusa para escaparse por la pernera izquierda de calzón (siempre elige ese lado, es bastante comunista) y me veo obligado a recolocarlo una y otra vez en el lugar que le corresponde. Pero cuándo me pongo calzoncillos de tela… Uhhh eso sí que ya es otro cantar, ahí se lo pasa pipa restregándose contra la tela y bailando de un lado para el otro como Pedro por su casa. Bueno, y si a eso le sumamos un pantalón de chándal… ¡Aquello ya es el sumun de la felicidad! ¡No para de corretear, bailar y jugar durante todo el día!

A veces me resulta muy difícil explicarle por qué no puedo simplemente ir sin calzoncillos. A él eso de las convenciones sociales le suena a chino y no entiende porque tengo que llevar esos pantalones vaqueros que a él le hacen sufrir tanto. Porque mi pene es bipolar, o mejor dicho, es lobo con piel de cordero. A simple vista se ve que tiene un cuerpo bellamente cubierto por los más bonitos vestidos. Pero engaña. Porque detrás de esos ropajes, de esa careta que le dio la naturaleza esconde su verdadera cara, maliciosa y gamberra. Es un kínder sorpresa. Siempre dice que un pene sin sombrero no es un pene y por eso es bastante antisemita.

Existen personas que se han apropiado del símbolo fálico, politizándolo y dándole significados que mi pene y yo detestamos. Mi pene no representa a ningún grupo político, no representa ninguna idea, ningún patriarcado, no huele bien ni mal, no es bonito ni feo, simplemente es un pene. Se representa a sí mismo y a mí mismo a veces (creemos en la democracia representativa), es fuente de placer y amor, de vida. Es un reflejo de mí mismo y por eso hemos decidido escribir esta carta a la comunidad para dar testimonio de nuestra unidad y romper los tabues de la sociedad. Por eso, mi pene no quisiera despedirse de vosotros sin antes animar a sus compañeras femeninas —coloquialmente llamadas vaginas— a hacer lo mismo que lo que hoy él y yo hemos hecho.

Firmado: Mi pene.

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