21

Cuando uno se hace viejo, lo nota. Especialmente el día de su cumpleaños. Es paradójico ¿No? Solo pasa un día, 24 horas, pero la gente te felicita por tener un año más.

¿Qué diferencia hay entre hoy y ayer? Ninguna. Pero hoy tienes 21 y ayer tenías 20. Es más, a las 23:59 tenías 20 y a las 00:00 ya tenías 21. A las 23:59:59 tenías 20. A las 00:00:01 tenías 21 y así sucesivamente.

Esto me lleva a pensar que en un segundo, en una centésima o milésima o cualquiera fracción de ese segundo entran 365 días. Por eso, de un segundo a otro, la gente te encasqueta un año más.

Piénsalo. Tus 366 fotos entran en una milésima de segundo  ¿Y tu?

Tu sin dormir por las noches pensando en la foto que harías al día siguiente.

Aún recuerdo cuándo te conocí. Hace ahora tres segundos y medio. He de decir que de esos casi cuatro segundos el mejor fue el primero.

Quizás pueda decir que hasta fue uno de los mejores medios segundos de mi vida. Fue el pestañeo más divertido, eso desde luego. Para cuando abrí los ojos ya había pasado un segundo y tu ya no estabas. Dicen que te fuiste a otra ciudad, a proporcionar pestañeos divertidos a la gente. Porque es eso a lo que te dedicas ahora: a pestañear.

A pestañear muchas veces y en cada una de ellas crear un recuerdo en forma de imagen ¿A qué velocidad pestañeas ahora? Hace dos segundos pestañeabas muy rápido para congelar el movimiento. Dicen que con la edad la gente tiende a pestañear más despacio y solo son capaces de crear recuerdos e imagenes difusas. Quizá sea esa la clave, aprender a vivir con el movimiento de las cosas, reflejarlo, en lugar de pretender eliminarlo.

No sé, yo solo espero que sigas reflejando todos esos segundos infinitos que te quedan por delante. Es más, tengo la sensación de que a partir de ahora pasaremos muchos segundos sin vernos ¡La de parpaderos que me voy a perder de ti! Gracias a Dios ahora con Facebook podre verlos, aunque no sea en tiempo real.

Yo mientras tanto seguiré abriendo y cerrando los ojos. Una y otra vez… Porque, quién sabe, igual en una de estas los abro y apareces tu por ahí.

Por el momento me contento con felicitarte esos 21, que cumples ahora, y los 22 que cumplirás el segundo que viene, y los 23 de dentro de dos parpadeos…

Bien pensado, si todo es tan arbitrario podríamos omitir que hoy es tu cumple, porque también podría serlo mañana, o simplemente otro día. O podríamos dejarlo para el segundo siguiente…

Al fin de cuentas, las grandes figuras acampan en las afueras del segundero. Más allá de las fronteras circulares de un reloj.

 

 

 

No te puedes liberar

No puedes liberar tus pies

del eterno caminar,

y hacer sonar

el férreo clan-clan

de las cadenas contra el suelo

 

 

cuesta abajo vas

encadenado a los obstáculos

de un camino pedregoso

 

-No puedes escapar-

 

pues huir también forma parte del camino.

 

Todo lo que te rodea cargas:

El mar, el cielo azul, el cielo borrascoso.

Las praderas en verano, las cumbres nevadas en invierno, las personas…

¡Uy las personas!

Y florece el sudor en la nuca,

el sudor de quien lleva el infierno a sus espaldas.

 

Y atrás oyes los pasos

de aquellos de los que escapas.

Pues es huyendo que uno

se encuentra a si mismo

Es escapando

que uno encuentra el paraíso

 

Y las cadenas se vuelven ligeras,

ya no pesan como antes

tu cabeza ha olvidado

-mas no tus tobillos-

el pesado hierro,

las piedras del camino.

Sabio te has vuelto

sabiendo que la libertad es ligera

y sus cadenas están hechas de lino

No fondo do mar

Estou a me mirar no espelho. E só podo ver cristais. Pero cristais moi transparentes, aínda non fragmentados, unidos, todos unidos por unha mesma acción: reflectir.

Todos nós somos unidos para unha mesma cousa. Todos nos, nun mesmo mundo. Sendo para os demais o qué a luz do sol para nós é.

E cada un de nós na procura de quen nos amar. Na procura dun raio de luz.

Todos nós. O mesmo espelho.

Mais existen outros que deciden non ser espelhos.

Outros deciden ser auga. Auga que reflexa ou transparenta segundo o día.

Mais eses tampouco están sós. Pois son formados por ondas, e convulsionan baixo correntes, ansiando seren lisos como espelhos pulidos.

Pois sendo como espelhos poden agochar todo aquilo que hai no fondo do mar.

Todos nós, auga en forma de espelho.

E no fondo do mar, unha chea de tristuras asolagadas

Poema del otoño

Era piel con piel y el sol salía por el Este arrastrando consigo su capa estrellada, dejando tras de si la noche en su camino hacia el Oeste.

Era piel con piel, y el mundo seguía girando en torno a su eje como si tal cosa. Como si aquellas dos pieles no existieran.

Era lengua con lengua y bailaban, se amaban ante la indiferencia de la gente que paseaba a su alrrededor.

Solo eran piel con piel, pero las olas del mar se agolpaban contra la costa queriendo conseguir la primera fila para ver aquel espectáculo.

Eran dos manos, agarradas ante la indiferencia de la lluvia.

Que no entiende de estaciones.

Eran dos amantes, agarrados por la cintura

ante el desinterés del viento  que sopla

y no entiende de emociones.

Eran dos gotas en un oceano bajo un manto de estrellas.

Eran piel con piel, lengua con lengua, mano con mano,

entre la indiferencia del mundo.

Del mundo que sigue girando

Los caramelos de Tofe (IV): Farfalla

Todo está oscuro. La oscuridad solo se ve interrumpida por algunos puntos de luz blanca, verdosa o malva. Abro los ojos pero el panorama no cambia demasiado, todo sigue sumido en las tinieblas. Por las rendijas de mi persiana entra algo de luz de la calle. Tengo frío en la nuca, como si me pasaran un hielo por la espalda. Mi camisa de tiras, color caqui, está mojada en sudor, sobre todo por la zona de los sobacos y el cuello ¿Ya ha amanecido? o ¿Aún es de noche? No lo sé. Solo sé que a mis piernas les ha dado un ataque de nervios y que mi cuerpo no para de rodar de un lado para otro de la cama. Mi corazón late con fuerza y no paro de boquear. Si no fuera porque tengo 26 años, diría que me está dando un infarto.

Por si fuera poco, mi estómago se comporta como el motor de un coche que arranca y frena en primera todo el tiempo. Olas de calor y frío arrasan mis entrañas, seguidas por el dolor corrosivo de la acidez.

No puedo más. Me tengo que levantar. Me siento sobre la cama, me pongo las zapatillas y, haciendo un esfuerzo, me incorporo. No enciendo la luz para no tener que soportar la fotofobia, la ceguera y el dolor de cabeza. Abro la puerta de mi cuarto, salgo al pasillo. Es de noche pero hay luna llena y la luz entra a través de las ventanas de las estancias de mi casa.

Entro en el baño y me echo un poco de agua sobre mi rostro sudoroso. Noto los músculos de mi cara pesados como losas de cemento.En especial los músculos de los párpados. No se cuanto tiempo me quedé mirando el espejo que hay encima de la pileta. Podía ver mi cara llena de sombras nocturnas, ojeras y las gotas de agua que caían desde mi frente hasta la barbilla pasando por las mejillas de mi cara huesuda. También podía ver mis brazos colgando como serpentinas de aquellos hombros cubiertos por las tiras sudorosas de mi camiseta caqui. La prenda me queda un poco grande y tapa mis calzoncillos tipo slip, pero deja ver mis piernas delgadas y peludas.

¿Saben? Hubo una época en la que me miraba al espejo todos los días. Varias veces en una misma jornada incluso. Pero ahora, hace ya tiempo que no lo hago. Estoy enfadado con mi espejo. Discutíamos mucho y muy acaloradamente. Una mañana, estando en una de esas, me enfadé tanto que le dí un puñetazo. El cristal estalló y algunos añicos cayeron sobre la pileta. Tuve que ir al hospital, me fracturé varios huesos de la mano y me hice un corte bastante profundo.

Después de aquello, tiré el espejo y estuve una temporada sin el. Pero finalmente, que quieren que les diga, lo echaba de menos y acabé comprándome otro. Lo colgué de nuevo en la pared con dolor. Como un mal necesario. Desde entonces, el y yo firmamos un pacto de no agresión. No nos soportamos, pero en lugar de discutir a gritos, nos limitamos a no dirigirnos la palabra. El no me hace daño a mi. Yo no le hago daño a el. Ese es el trato. Me parece justo. Tengo muchos amigos que hacen lo mismo con sus novias. Quedan para cenar, caminan de la mano y a veces follan, pero no se soportan. En lugar de eso se autoengañan (ya les hablé antes de eso) creyendo que se quieren y detrás de cada beso y de cada “te quiero” soso y pasteloso se esconde todo un mundo de reproches e intereses creados. Pero nunca se dicen nada  porque simplemente tienen un trato. Aunque ellos no quieran ser conscientes de eso.

Agacho la mirada, me paso la mano por la cabeza. Hace poco me rapé el pelo al uno y por eso me gusta acariciar mi pelo, áspero como un felpudo. Aún puedo ver la cicatriz de mi mano. En el comedor hay una mesa con cuatro sillas. En el respaldo de una de ellas está colgada una bata. Rebusco en los bolsillos hasta dar con un paquete. Un prisma cuadrangular de cartón envuelto en una funda de plástico. Lo abro. Solo me quedan cinco cigarrillos. Mañana tendré que ir a por más. Escojo uno y me lo pongo en la boca. Empecé a fumar cuando tenía dieciseis años. Mucho después de conocer a Alba. No fue culpa de ella, no se equivoquen. Fue solo culpa mía. Mejor dicho, fue culpa del espejo. El me dijo que tenía que hacerlo. Eso fue cuándo aún me llevaba bien con el. Esto les sonará a fantasía pero es la única forma que tengo de dormir por las noches. Llevo tiempo queriendo dejarlo. Este será el último. Se lo juro.

La ventana hace un ruido al descorrerse. Un ronroneo seguido de un golpe seco que deja entrar el aire limpio de la calle. Levanto la tapa del váter y me siento. El mechero hace click. Un faro rojizo se ilumina en la osucridad. Se apaga y el humo de mi boca corre hacia la ventana del baño. No sé cuanto tiempo estuve así: Con la mano izquierda cruzada sobre las piernas, el codo derecho apoyado en el muslo del mismo lado, sujetando el pitillo y mirando a los azulejos del baño. No me podía ver, pero juraría que tenía los ojos vidriosos, la mirada perdida y la mente llena de voces. Esto me ocurre a menudo, pero ultimamente se está volviendo cada vez más preocupante. A veces me quedo ausente incluso cuando estoy hablando con mis amigos. Me quedo mirando hacia un punto en el infinito, oyendo voces que no provienen de ningún lado, solo de mi cabeza. Si no me despiertan, puedo pasarme horas enteras en ese estado y, cuando lo hacen, siento como si solo hubieran pasado cinco minutos.

Por eso esta vez no les puedo decir cuanto tiempo estuve así. No había nadie para despertarme. Ni siquiera era consciente del humo que entraba y salía de mis pulmones. No podía sentir las caladas y mi cuerpo actuaba de una forma mecánica. Pero este estado de ánimo era diferente del que me sorprendía cuando iba al teatro o cuando comía caramelos de tofe. La diferencia estribaba en que en estas mi mente se quedaba ausente, perdida en la ensoñación. Pero ahora había ruidos en mi cerebro y no había sueño por ninguna parte.

Solo oía una amalgama de voces.Voces que transportaban frases, palabras… Voces de distinto timbre y tono que hablanban al unísono generando enorme estruendo en cada una de mis neuronas. Aquellas voces no conversaban, simplemente decían cosas inconexas. Imagínense estar en un estadio lleno de gente, pues ahora imaginen que son capaces de escuchar con total claridad lo que dicen todas y cada de esas miles de personas hablando a la vez. Todos lo monologos, diálogos y debates ¡Todo! Así estaba mi cabeza. Mi mirada había caído en la visión de aquellos azulejos. Estuve tan concentrado viéndolos que creo poder decirles cuantos poros tenían aquellos cuadrados.

Poco a poco, esas voces fueron bajando el volumen y reduciendo su número. Cada vez menos gente hablaba dentro de mi cabeza. Hasta que pude distinguir una voz. Una voz que me resultaba tremendamente familiar. Pertenecía a una mujer, de unos 60 años. Era una voz muy aguda, pero a partir de ella pude recrear el físico de quien la poseía. Una mujer rubia de pelo corto y gafas de pasta con la piel del rostro flacida, llena de arrugas y manchas marrones.

Creo que puedo distinguir lo que dice

-Bueno, niños, en una semana se acaban las clases y por fin sereis libres y podréis disfrutar del verano, algunos más, otros menos, dependiendo de lo que hayais estudiado durante el curso. El caso es que -hace una pausa, traga saliva- para el año ya no me tendreis de tutora. En primer lugar porque pasais de curso y a partir de septiembre os dará clase la señorita Mercedes y en segundo lugar…-baja la mirada- este año me jubilo y… Ya no volveré a dar clase, ni tampoco os veré en el patio o en el comedor… Llevo 30 años dando clase en este colegio. Los de la primera promoción a la que di clase ya son todos padres, algunos de sus hijos están sentados ahora mismo en estos pupitres… A vosotros os pasará lo mismo, solo que yo no le daré clase a vuestros hijos. Igual ni siquiera los llego a ver… A veces sois insoportables, pero este año ha sido muy bueno y la verdad es que os voy a echar de menos. Sobretodo sabiendo que algunos de vosotros no vais a estar en este colegio el año que viene.

Un silencio sepulcral descendió sobre el aula. Era un día soleado y caluroso de principios de verano. Muchos de nosotros iríamos a la playa al salir de clase. Quedaba una semana y en verano no nos íbamos a ver. Marco, mi compañero de pupitre, empezó a llorar. Se le caían los mocos asíque acercó su boca a mi oreja y me susurró, con la voz entrecortada:

-Oye, ¿tienes un kleenex?

-No tío, lo siento -entonces levantó la mano. La profesora lo miró con una sonrisa, en un gesto de comprensión y profunda empatía. Supongo que ella también sentía lo mismo. De hecho, los ojos se le habían vuelto acuosos, en un intento de sus lágrimas por aflorar de su interior. Seguidamente levantó la cabeza, instando a Marco a expresarse. El dijo en voz alta, pero entrecortada

-¿Alguien me da un pañuelo, por favor?- El tono de su voz subía y bajaba intercalada por silencios hechos de pequeños hipidos e inspiraciones cortas pero profundas. Parecía que tenía cuchullas clavándose en los pulmones.

Toda la clase empezó a reirse de Marco. Pero la profesora hizo callar a todos con una sola mirada fulminante. En el fondo todos teníamos las mismas ganas de llorar que Marco.

-¿Alguien le deja un pañuelo a Marco? – pregunto la señorita.

-Yo – apenas un monosílabo. Dos letras. Fue todo lo que me hizo falta para localizar la fuente que había pronunciado aquel pronombre. Esa sílaba procedía del pupitre de atrás, de una voz clara y cristalina. Apenas dijo esto, oí el sonido de una cremallera, una mano que separaba las dos cortinas de tela de un estuche. Oí también el repicar de los bolis, lápices y ceras de colores los unos contra los otros. Y… ¡ah! Oí un llavero y dos dados rebotar contra una mesa de contrachapado. Marco se dió la vuelta y miro aquel brazo moreno terminado en una mano que sostenía un cuadrado de celulosa del blanco más impoluto que haya visto.

-Aquí tienes, Farfalla – dijo Alba.

-Gracias -contestó Marco. Y cogió el pañuelo, sonándose ruidosamente a continuación.

Farfalla los tenía bien puestos. El era libre. Era el único que se podía permitir el lujo de llorar en público. Los demás chicos teníamos que reprimirnos y conformarnos con reirnos de aquellos que se derrumbaban. Solo las mujeres y los mariposones lloran en público. Y a ninguno de nosotros nos gustaba que se nos tachara de bujarra. Aunque al llegar a casa todos nosotros nos encerrásemos en nuestros cuartos y nos pusiésemos a llorar por los amigos que ya no volveríamos a ver y la etapa de nuestras vidas que ya dejábamos atrás.

Le llamábamos Farfalla porque Marco era italiano y maricón. Farfalla es el nombre que allí se le da a las mariposas. Él provenía del sur, de una pequeña ciudad de Calabria. Sus padres se habían mudado hacía cuatro años a España. En ese tiempo, Farfalla había hecho muchos amigos y aunque nos metíamos mucho con él al principio, logró ganarse nuestro respeto a base de simpatía y un gran sentido del humor. Además, nos enseñaba a decir palabrotas en italiano y lo cierto es que el venir de tierras tan lejanas, hablando un idioma distinto, le daba un toque muy exótico.

Vino en nuestra clase desde el primer día que aterrizó aquí. No sabía hablar nada de español ni tampoco lo entendía. Los primeros días nos referíamos a el como “marica”, “maricón”, “mariposón”… Fue este último mote el que se escogió para su bautizo. Realmente, no sabíamos si Farfalla era gay o no. A esas edades, ni siquiera nosotros teníamos claras nuestras orientaciones sexuales, pero Farfalla tenía pluma. Ya saben, perdía más aceite que un coche de segunda mano y aún encima iba a clases de baile dos veces a la semana después del colegio.

Conforme fueron pasando los meses, Farfalla aprendió a hablar castellano y dejamos de meterle collejas para finalmente firmar un pacto de no agresión. Pasados unos años le dejamos que se integrase en nuestro grupo -hasta aquel entonces, solo andaba con las niñas-. Pasábamos gran parte del tiempo jugando al fútbol. A él no le gustaba y para que no se quedase solo durante los recreos, le dejábamos que nos arbitrase. El tío se lo tomaba super en serio. Hasta se fabricó unas tarjetas amarillas y rojas. Y se imponía… ¡Vaya si se imponía! Sí el decía que era falta. Era falta y punto.

– Y como te pongas tonto, te echo roja- decía. Y si te la echaba, te tenías que salir de la cancha porque como no obedecieras no paraba de lijarte la oreja. Podía llegar a ser muy pesado…

A pesar de tener nuestro respeto, a pesar de formar parte de nuestro grupo, seguimos llamándole “mariposón” durante todo ese tiempo. Sencillamente, con la costumbre, nos fue imposible llamarle Marco. El era Mariposón y ya está. No sé como se dice mariposón en italiano, seguramente tenga un término diferente, específico, que no se corresponde con el aumentativo del nombre del insecto que empleamos en español. Pero éramos niños y nos creíamos que todo era simple. Y que para llamar a alguien mariposón en italiano bastaba con saber como se decía mariposa en aquella lengua.

Fue así como un día, Javier “el croqueta”  le preguntó como se decía mariposa en italiano

-Farfalla-replicó Marco

El Croqueta casi se parte en dos cuando se lo dijo.

Y esta es la historia de como Marco pasó a ser Mariposón para después evolucionar en Farfalla. Farfalla… Me encanta ese nombre. Les juro que algún día, se lo pondré a uno de mis hijos.

Continuará

Los caramelos de tofe (III): Sí y no

¿Se han enamorado ustedes alguna vez? Si la respuesta es sí, entonces no creo que haga falta decirles como funcionan este tipo de cosas. Yo hace ya muchos años que no me enamoro. No recuerdo cual fue la última vez… Bueno, da igual. El caso es que se nos ha dado una imagen del amor un tanto utópica. Todavía más en el caso del amor adolescente. Es oir estas palabras y todos nos imaginamos esas películas americanas donde un joven y apuesto estudiante asalta a una inocente animodora en las taquillas para invitarla al baile de primavera. Por supuesto, ella siempre dice que sí. Van juntos al baile, el le revienta la cara al matón de turno, ella lo encuentra todavía más guapo en cuanto sangra por la nariz. Se van en su moto, son felices.

Ninguno duda, ninguno fracasa, ninguno dice “no se” o directamente “no”. En general, creo que lo que distingue la realidad de la ficción es la cantidad de síes o noes que uno puede encontrar. En la ficción todo es SI. No hay negación, ni negatividad de ningún tipo, todo es positivo. En la realidad existen elementos positivos, pero detrás de cada SI hay un NO acechando, una posibilidad de derrota tras una victoria en cada esquina. Hay tantos síes, tantos noes… ¡Qué difícil es la vida cuando hay tantas afirmaciones, tantas negaciones! Es difícil dar respuesta a una pregunta que se puede contestar tanto como con un Sí como con un No.

Por aquel entonces, a partir de aquel día de septiembre, toda mi existencia giró en torno a esa pregunta con relación a Alba ¿Será o no será? Y cualquier respuesta valía. Ya les he dicho que la realidad está hecha de síes y noes. Por eso el amor es tan real como la vida misma. Cuando alguien está, y perdonen la vulgaridad, “enchochado”, todo su día gira en torno a una pregunta que se puede responder de dos modos: Afirmando o negando. Si ustedes se encuentran en esa situación, entonces pueden decir tranquilamente, parafraseando al sabio, “solo sé que estoy enamorado”.

Yo estaba seguro de mi posición respecto a Alba pero, ¿y ella? ¿Sentiría lo mismo? Qué fácil sería preguntarle. Acercarse y decirle: “¿Hola, te gusto?” Y que ella simplemente respondiese sí o no. Pero a los enamorados les encanta complicarse la vida. Les encanta decir “no se” o “puede” y con eso se pasan la vida jugando al que no quiere la cosa. Se pasan el día lanzándose evasivas y pronuncian cosas dándoles el significado contrario al que realmente tienen. Es todo un conjunto de dimes y diretes que a veces terminan con el uno por el otro y la casa sin barrer. El que inventó estas frases hechas seguro que era un romántico.

 Ante esta situación, yo me lo tomaba todo como un juego. Aquel curso, tuve la fortuna de sentarme en el pupitre posterior al de ella. Ya les he dicho que Alba y yo hablábamos a menudo pero yo quería llegar a contactar de una forma más profunda. Lo cierto es que no tenía ni la más remota idea de como llegar a su corazón sorteando todo aquel mar de dudas, de síes y noes. Así que de las dudas, pasé a las excusas, pues el cariño entre dos personas nace de ellas y no de otras cosas como sostienen algunos. Las excusas son aquello que nos justifica delante de los demás y nuestra conciencia. Así, por ejemplo, de repente sentí una irrefrenable pasión por el teatro y me apunté al grupo del colegio. Miren ustedes cual sería mi sorpresa cuando me di cuenta de que Alba también estaba en el grupo. La vida está llena de coincidencias inocentes…

Creo que de esos tiempos viene mi actual aficción al teatro. Una vez a la semana, como mínimo, acudo a ver una representación. Me paso toda la obra con la mirada perdida y si al finalizar ustedes me preguntan qué opino del argumento, de tal o cual personaje o incluso del guión, les juro que no sabría decirles nada en absoluto. Ni siquiera sabría decirles de que trata la historia. Simplemente, cuando me siento en aquellas butacas, mi mente se escapa de mi cuerpo y se va de viaje a un país recóndito del que no sé nada, pues al terminar la obra, ambos vuelven a conectarse sin que pueda recordar donde he pasado todo ese tiempo. Ya les he comentado mi incapacidad para recordar lo que sueño. Despierto en medio de las butacas con una sensación de malestar y un rictus en mis labios.

Alba tenía un llavero con múltiples adornos. Uno de ellos era un dado. Como los del parchís. Algo que no les he contado es que soy un tipo muy nervioso. Soy de esas personas que se pasan el día apretando el botón del bolígrafo, comiéndose las uñas o jugando con cualquier objeto entre mis manos. Alba solía dejar el llavero en el borde delantero de su pupitre, justo al alcance de mi mano ¡Qué coincidencia! Durantes las lecciones solía prestar atención a lo que decía el profesor y mi mente se ocupaba en procesar todos los datos, todas las palabras que mi maestra iba diciendo.

Pero cuándo se hacía el silencio, cuando el docente abandonaba el aula y los otros niños gritaban, alborotaban, subvertían las normas hasta la llegada del siguiente profesor, mi mente quedaba vacía y desprevenida ante aquellos pensamientos que tenían por objeto a quién estaba detrás mía. Mis sentidos se centraban en una brisa que me acariciaba la nuca y me ponía los pelos como escarpias. Una brisa cuyo aire provenía de una boca fina que respiraba. Una boca que pertenecía a una cara, una cara que era de un cuerpo, un cuerpo que era de un alma a quien yo me moría por mirar a los ojos.

Para mirar a alguien a los ojos es necesario tener una razón o, como ya he dicho, una excusa. Quería girarme para verla, pero entonces ¿Qué le diría? Girarme y mirala a cara… Así a lo brusco… Pero yo me moría por hacerlo… Entonces, como por arte de magia, inconscientemente, mi brazo se movía lenta pero inexorablemente hacia atrás, haciendo el movimiento de un aspa de molino. Mi mano caía en el vacío, hacía atrás mientras yo miraba hacia la pizarra, hacia delante. La caída parecía interminable pero finalmente mis dedos tocaban la superficie fría y lisa de la madera de contrachapado. Seguidamente rebotaban un par de veces a derecha y a izquierda hasta que la textura de la madera daba paso a una textura más fría aún: La del llavero de Alba. Mis manos se regocijaban de alegría cuando encontraban el cubo de plástico y lo palpaban con voluptuosidad.

Mis dedos se excitaban recorriendo la superficie lisa y salpicada de pequeñas hendiduras que eran los puntos de los números de aquel dado. Estaba en este estado de postración durante unos minutos. En aquel baile entre mis dedos y el cubo que finalmente quedaba intenrrumpido por una melodía. Una canción celestial cuya letra era la siguiente:

– ¿Qué haces?- me giraba sobresaltado. Mi cuello rotaba junto a mi cara. Mis ojos solo veían, entretando, unas líneas horizontales de luces que cruzaban de izquierda a derecha. Los planos del aula que me rodeaba se sucedían unos a otros a una velocidad vertiginosa. Primero la pizarra verde en la parte frontal, luego el ricón a la izquierda donde estaba la mesa del profesor, después la pared de ladrillos amarillos puestos en vertical unos junto a otros. En un orden tan perfecto que asustaba. La sucesión infinita de bloques separados por líneas blancas corrían ante mis ojos haciendo el efecto de una reja que se descorría ante la celda de una prisión.

Despues de hacer todo aquel camino tortuoso, la verja se descorría totalmente y podía ver la realidad tal cual era. Sin el dibujo de los barrotes de la prisión. Podía ver de donde procedía aquella melodía. Una fuente de piel morena y mechas rubias y unos ojos… ¡Ah! Aquellos ojos verdes… Pero ni siquieran eran ojos…

Eran esmeraldas…

Nunca he vuelto a verlos…

Podías ver en ellos el agua cristalina del mar caribe. Podías ver en ellos la claridad de un oceano en medio de un anticiclón veraniego.

No se cuanto tiempo estuve en suspenso viéndolos . Solo sé que las mejores canciones están hechas de silencios. Y aquel silencio se vio interrumpido y la letra de la canción prosiguió:

– ¿Qué haces?

-Nada, me gusta tu llavero… – Ella frunció el ceño-

-Jajajaja ¿De verdad? Pues no sé que le ves.

– Es que soy un tipo muy nervioso y me gusta tener cosas con las que jugar entre los dedos. Bolis, canicas, dados… Cosas de ese palo, ¿sabes? Me encanta este dado.

– Si quieres te lo regalo, ¿eh?- sonreía, pero no con la boca. Sonreía con ojos que entornaban los párpados. Dándole a los globos oculares una forma almendrada, suave. Como un campo de colinas verdes en primavera.

– ¡Qué va! No hace falta. – Me giraba rapidamente hacia donde estaba la pizarra.

Este tipo de conversaciones se repetían con cierta regularidad todos los días. Ocurrían cuando mi mente se vaciaba de contenido. Cuando mis neuronas no tenían objeto con que distraerse. Cuando las ecuaciones, datos históricos y demás lecciones se sumían en el silencio y la profesora abandonaba el aula, mi cabeza buscaba desesperadamente aquel aliento que me daba en la nuca procedente del cuerpo de Alba.

En verdad que yo no estaba para nada interesado en llavero, ni tampoco en el dado que contenía. Esto lo digo ahora, pero en aquel entonces me autoengañaba ¿Saben aquello que dicen de que una mentira repetida muchas veces se convierte en verdad? Pues bien, yo me repetía siempre la misma frase “me encanta este dado” o “me encanta el teatro”. Lo hice tantas veces que al final terminé por creerme mis propias mentiras. Cuando esto sucede, uno puede volverse loco al despegarse de la realidad. Cuando uno se cree sus propias mentiras ¿Quién puede sacarle de su error? El que intente decir “estás mintiendo por esto y aquello” se encontrará con un muro de argumentos, quejas y lamentaciones como mínimo infranqueable. Y la víctima del autoengaño se defenderá con uñas y dientes porque se sentirá objeto de injusticia. Sócrates decía que es mejor sufrir una injusticia que cometerla, porque quién es víctima de una injusticia no tiene miedo, ni recelo alguno y es capaz de enfrentarse a quien sea, de rebasar los mayores peligros porque sabe que tiene razón y eso le da fuerzas.

Me gustaba el llavero, no por sí mismo. Me gustaba el llavero porque pertenecía a Alba. Porque todo lo que a ella pertenecía, todo lo que entraba en contacto con ella, quedaba prendado de una belleza sublime. Volviendo al ejemplo de las tortillas, hay gente que le echa cebolla y otra que solo le echa patata, huevo y sal. Los que prefieren la primera modalidad suelen aborrecer a la segunda, aunque la única diferencia son unas pocas rodajas de cebolla. La clave del éxito no está en la cebolla en sí, ni tampoco en la tortilla propiamente dicha. La clave está en el todo. En el binomio (tortilla.cebolla) que termina por superar en sabor a la simple y llana tortilla de patata ¿Hasta que punto los dos tipos merecen llamarse tortilla? ¿Donde empieza y donde acaba el concepto de tortilla? Si ademas de cebolla, le echo chorizo, espinacas, pan, pepinos… ¿Sigue siendo eso una “tortilla con…” o por el contrario ya estaríamos hablando de un plato totalmente distinto?

El pupitre de Alba era feo. Tenía dos patas metálicas. Finas y cuadradas. Negras. La gaveta era una plancha también metálica, también negra y encima llevaba una tabla de madera de contrachapado. Era un pupitre barato, feo, simple… Salvo cuando Alba se sentaba en el. En ese momento el binomio “pupitre.Alba” se convertía en el binomio más hermoso que ustedes puedan ver pues aquel todo era más que la suma de las partes. Alba no perdía belleza al sentarse en un pupitre tan feo y el pupitre, considerado particularmente, no perdía nada de su fealdad. Lo mismo ocurría con el llavero y con todo lo que a ella se refería.

Incluídos los caramelos de tofe…

Continuará

Los caramelos de tofe (II): Alba

Cerré los ojos por tercera vez buscando sueño y reposo para mi agitado corazón. Pero otra vez desperté sobresaltado, deslumbrado por la luz de aquella imagen. A diferencia de las otras dos veces, en esta ocasión mi memoria pudo grabar aquel rostro por entero. Lo cual no mejoró las cosas, pues ahora tenía en mi cabeza un cajón con una foto que perturbaría mi ánimo cada vez que lo abriera.

¿Saben? Por lo general no suelo recordar lo que sueño. Me acuesto por las noches, apoyo la cabeza en la almohada y cuando me quiero dar cuenta, la luz entra en mi cuarto por las rendijas de la persiana. No recuerdo ni cuando abro o cierro los ojos. A veces me levanto triste o alegre sin saber porqué. Supongo que las historias que se forman en mi cerebro durante las noches tienen algo que ver. Incluso cuando recuerdo lo que he soñado no puedo recopilar todo, solo imágenes inconexas.

Esta fue una de esas veces en las que, de toda la historia, solo recuerdo una imagen. Un fragmento suelto de todo el cuento que mi subconsciente iba narrando mientras cerraba los ojos.

En esta vida, existen cosas que no tienen nombre. Dependiendo del idioma que hablemos, podremos encontrar términos para nombrar algunas realidades, pero no todas. Y así, hay sensaciones, sentimientos, olores, imágenes… Que no se pueden pronunciar. Algunos poetas se han frustrado intentando darle nombres a este tipo de realidades. Digo que se han frustrado porque resulta que cuando nombras algo, ese algo, por veces, pierde su magia, pierde incluso todo lo bello que hay en el.

En este caso, mi sueño tenía un nombre. Y tenía nombre porque era un rostro. Repito que en esta vida hay cosas que no tienen nombre, pero los rostros no son una de ellas. Todas las caras tienen un nombre. Todo lo que esa cara respresenta: su historia, su ayer, hoy y mañana. Sus miedos, deseos, alegrías, amistades… Todo eso queda colapsado en un par de sílabas. Letras que por si solas no tienen sentido, pero que cuando se juntan provocan en el estómago mariposas y mareas vivas. Así de poderosos son los nombres.

Pero ¿Cual era el nombre de ese rostro que me asaltaba con nocturnidad y alevosía? Eran sin duda un nombre y un rostro conocidos ¿Como si no me hubieran podido provocar aquel despertar angustioso? Era la cara de alguien que yo había conocido hacía mucho tiempo. Una cara proveniente de mi preadolescencia y juventud.

Y el nombre… ¿Como era ese nombre? Mara… Marta… Ana… No,no… No era ninguno de ellos. Era… Era…

¡Y entonces un fogonazo! ¡Una luz, un calambre, un suspiro, una sonrisa! ¡Un instante de placer en mitad de la noche! ¡ALBA! ¡ALBA! ¡ALBA! !!!Albalbalbalbalbalbalbalbalbalbalbalbalbalba!!!! Todo esto cayó como un aluvión sobre mi cabeza. Y los pájaros retomaron su trino dentro de mi. Solo era capaz de oír pájaros, como si la lluvia fuese inminente. Era ese simple nombre traído del recuerdo el que me provocaba aquel malestar, aquel rictus, aquel dolor de estómago, aquellos nudos en la garganta… Ahora, nombre y rostro encajaban como las piezas de un puzzle, resultando un todo perturbador y hermoso a partes iguales.

Pero ¿Qué les puedo contar yo de Alba? Pues bien, de Alba solo les puedo decir que tiene dos lunares en la mejilla derecha, a tres centímetros al sur del paraíso de sus ojos verdes. Son dos lunares paralelos: Uno mas cerca de la nariz, otro mirando hacia esa oreja cubierta por un pelo tan castaño como su piel. Los lunares son dos gotas de chocolate negro en el café con leche de su rostro. Y el tramo de piel que hay entre ellos es el camino hacia el cielo.

Podría pasarme la vida yendo y viniendo entre esos dos lunares, una y otra y otra vez. Como quien va de Santiago a la Meca, como el sol que va de este a oeste sin parar. Toda la vida estaría peregrinando por aquel sendero celestial al sur del Edén.

Ese camino santo esta enmarcado por unas mejillas carnosas una cara redonda labios finos nariz recta tez morena y dos esmeraldas bajo las cejas (Si al leer esto se quedan sin respiración, se desorientan y jadean imaginen como me quedaba yo cada vez que la veía).

Y para terminar un cabello lacio, castaño y de ribetes rubios moteado cuando era verano. Algunos impresionistas gustaban de pintar al aire libre y en ocasiones pintaban un mismo objeto en diferentes momentos del día. De esta forma, la luz de la mañana hacía un  paisaje  distinto al pintado por la tarde o al caer la noche. Estoy pensando en el clásico ejemplo de la catedral de Rouen de Monet.

Yo tuve la oportunidad de ver Alba en distintas horas del día a lo largo de las estaciones del año y en todas ellas ofrecía un aspecto distinto pero hermoso a su manera. Aún así, su presencia mejoraba en verano cuando se le ponía la piel morena y los dientes blanqueaban aquel rostro y cuando los mechones rubios aparecían  de forma aislada entre la totalidad de su melena castaña.

Sé de sobra que les estoy describiendo a Alba como si fuese un cuadro, una escultura. Un simple objeto. Pero lo hago por una razón científica: La luz viaja más rápido que el sonido. Por lo que percibimos antes las imágenes que las voces y por eso yo ahora describo a Alba como si fuese un cuadro estático en lugar de una película dinámica y llena de pasiones, llena de ruidos. Tal y como son las personas en realidad. Porque digan lo que digan el amor entra por los ojos y por los oídos lo hace de una forma más lenta.

Ahora que ya saben como es Alba, faltan por contestar otras dos preguntas: ¿Quién es Alba? y ¿Por qué Alba?

Ahora mismo Alba es solo un recuerdo. Mejor dicho, un sueño que me atormenta por las noches en cuanto cierro los ojos. Pero hubo un tiempo en que Alba fue tan real como todos ustedes que me leen… Bueno digamos que Alba era tan real como yo mismo y estas palabras que escribo (tengo dudas de que alguien vaya a leer esto).

Para hablar de Alba como algo real tengo que retroceder hasta mi infancia, concretamente hasta los once o doce años. Ahí empieza la historia, en esa edad en la que uno se encuentra a las puertas de la adolescencia. A punto de entrar en esa crisálida de la que, al cabo de diez años, acabaría saliendo convertido en un adulto joven.

Conocí a Alba un día de septiembre. Venía en mi clase desde parvulario por lo menos, pero reparé en ella por primera vez aquel día. Es algo muy típico de los tiempos modernos, caminamos toda la vida mirando para el suelo sin darnos cuenta de que si levantamos la cabeza veremos un sol radiante encima nuestra.

Ese día vi el sol por primera vez. El verano daba sus últimos coletazos o sea que ella tenía aquellas mechas que tanto me gustaban. Los que ahora me leeis probablemente os estareis riendo de mi patetismo al relatar un simple amor platónico de la adolescencia. Lo cierto es que Alba fue la primera y después de ella vinieron muchas otras… Pero nunca fue lo mismo.

Ya les he dicho antes que no hay dos tortillas iguales. Asíque nunca volveré a conocer a otra chica como Alba. Ni falta que hace. Me siento afortunado solo de haber coincidido con ella en aquellos años.

Mentiría si dijera que ella ignoraba que yo existía. Esta no es la clásica historia de un chico que se enamora de una chavala y  sufre porque ella ni siquiera le dirige una mirada. No. Alba y yo nos llevábamos bien. Hablábamos a diario. Llevaba hablando con ella toda mi vida, pero a partir de ese día de septiembre las conversaciones comenzaron a tomar un cariz diferente…

Continuará