Al otro lado

Es de noche. No recuerdo hace cuanto se puso el sol. Todo es oscuridad, todo es silencio ¿Por qué? Porque es de noche. En la noche todo es oscuro y no hay ruido. Es la única explicación lógica que se me ocurre.

Las persianas bajadas, porque es de noche. Y de noche se bajan las persianas, para evitar que la oscuridad del exterior  deslumbre. De día se abren para poder dormir al amparo del sol. Pero vamos que me estoy desviando del tema. Es de noche. De noche se duerme, así que hay que dormir, no queda otra. Doy con mis huesos en el colchón.

Es la tercera cama que visito a lo largo de mi vida. Esta es más espaciosa que las dos anteriores. Es lo que se llama una cama de matrimonio. Se supone que para usarla tienes que compartirla con la persona a la que amas. Yo duermo solo porque no tengo con quien casarme. Aunque es algo que pretendo solucionar en los próximos meses.

No me malinterpreten, no es que ande falto de cariño. Es solo que no me gusta incumplir las normas. De noche se cierran las persianas, de noche se duerme, se duerme en una cama. Si la cama es de matrimonio es porque en ella tiene que reposar un matrimonio. Es así y ya está. Las leyes hay que respetarlas.

No sé si estoy durmiendo o no. Me cuesta diferenciar cuando estoy despierto. Es porque no sueño. Y sin sueños uno no puede diferenciar apenas nada. Al soñador le basta cerrar los ojos para percibir imágenes inconexas, fantásticas o aterradoras… Pero al abrirlos, de nuevo vuelve a topar con las tinieblas. Entonces ese hombre puede decir: “He dormido tanto tiempo” o por lo menos “he dormido”. Yo no.

Si cierro los ojos solo veo oscuridad, si los abro también ¿Cómo saber si duermo? ¿Como saber si duermo, si no recuerdo qué he soñado? Llevaba ya un tiempo en estas elucubraciones cuando ha sonado un toc-toc y alguien ha mencionado mi nombre.

Una voz desconocida. También transgresora. Hay que tenerlos sujetos para desobedecer la ley de la noche. Tocan una segunda vez al otro lado. Otra vez mi nombre que suena raro en la boca de otro. Pienso que quizá podría contestar. Podría decir un ¿sí? Podría decir un ¡Adelante! Conocer a quien está al otro lado. De verdad que me intriga. Una pena que para eso tenga que levantarme y descorrer el cerrojo. Girar el pomo. Dejar entrar a Helena, sentarla al pie de mi cama y hablar toda la noche sobre cómo nos queremos y lo especiales que somos el uno para el otro. De cómo nos echábamos de menos. De qué haremos mañana. A donde iremos a tomar las cañas el fin de que viene. Hablar mal de su nuevo profesor del máster. Un caradura, que se escuda en el Plan Bolonia para no dar clase a los alumnos. Resulta que la gente ahora aprende sola. Eso dice él. Pero yo no aprendí a leer por mi cuenta. Mucho menos a escribir.

Quizá después hasta podríamos echar un polvo, echar un pitillo y finalmente echar todos nuestros complejos por la ventana. No los necesitamos.

Mejor aún, podría levantarme de la cama, descorrer el cerrojo, abrir la puerta y que Alberto me diera un abrazo. Fuerte. Acompañado de unas palmaditas. Que me agarrara por el pescuezo y me dijese algo así como: Vístete que nos vamos al Pepe a tomar unos litros. Hasta es posible que, con la  euforia, prendiese el interruptor de la luz. Alberto siempre ha sido muy transgresor. Podríamos, eso, ir al Pepe a tomar unos litros. Charlar, reír… Ir de garito en garito, de pub en pub, colgados el uno del otro, gritando como cabras, ir colgados por la vida, mientras nos comemos un bocata a la luz del amanecer, como solíamos hacer antes… Sentados en el suelo, tiritando de frío y echando humo por la boca, labios morados. Después en el apartamento, dando tumbos, tocando la guitarra, escribiendo poemas, cantando como borregos y los vecinos protestando, nosotros llorando, a la vez que riendo. Durmiendo en el sofá con los dientes bañados en vino tinto.

Pero es de noche. Y de noche uno no puede encender las luces ni descorrer las persianas. Hay que respetar las leyes. Hacen toc-toc por tercera vez. Podría decir sí podría decir adelante. De verdad que me muero por hacerlo. Pero no puedo, simplemente no puedo. Así que me arrebujo entre las sábanas y cierro los ojos, haciéndome el dormido. Y con cada toc-toc se me hace más difícil  fingir. Simplemente quiero creer que de verdad estoy durmiendo. Auto engañarme, creer que no puedo escuchar nada, cuando puedo sentirlo todo. Solo pensar, “no es culpa mía, estaba durmiendo, cómo iba a escuchar algo”, la conciencia vive tranquila en la ignorancia. Porque la ignorancia no porta culpa. Ni maldad. Ni intención alguna.

Solamente abre la boca, suelta aire, grita un ¡Adelante! Fuerte, contundente… Sal de la cama. Vamos, tu puedes. Di algo. Aunque solo sea un ruido gutural, ellos te están esperando. Di no, aunque sea, pero no te quedes callado…

Entre tanta duda y tanto pensamiento. Por fin, al otro lado de la puerta, alguien ha dicho: “Ah! debe estar durmiendo”. Pero yo he podido oír sus pasos alejándose por el corredor.

No, no estaba durmiendo, solo estaba creyéndome mis propias mentiras.

Quizás fuera de este cuarto ya sea de día. Pero no. Eso no es posible porque las persianas están bajadas y hay silencio y oscuridad. De veras que hoy me apetecería irme con Alberto o Helena. Bastaba con decir un si. Solo eso.

Pero ahora se ha hecho de noche y las luces deben permanecer apagadas.

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Carmen

Nunca antes la había visto. Pero como si de toda la vida la conociera. Suele pasar con ciertas personas. Empezó con una llamada. Todo empieza así. Al menos las grandes las historias. A continuación, ¿a qué hora? ¿Donde? ¿Cuanto?

Poco importa el precio. Con tal de 20 minutos. Los más caros de mi vida. Lo juro. Pero Carmen era muy buena. También como persona. Era muy difícil no sentir la vergüenza pos coital  en las mejillas. Era difícil no sentirse feo. Al menos ella podía comer a final de mes. Yo otra vez a la calle llena de la escarcha derretida de mi autoestima y unos cuantos tropezones. Muerto de hambre. Se nota que es invierno porque los días son muy cortos. También mi cuarto lleno de sombras al atardecer cuando llego a casa hasta el culo. Porro, whisky, Carmen, culpabilidad.

Y así siempre. Hay que cerrar el ciclo. Hay que corroerse. El baño es un buen lugar. Acurrucado en un rincón. Llorar hasta quedarse dormido e imaginar un mundo en el que no tengo que odiar a nadie. Hay que cerrar el ciclo. Hay que cerrar el ciclo.

Primavera, verano, otoño invierno. El triskel mágico de una vida que quizás termine pronto. Pero es más fácil drogarse todo el tiempo, lo difícil es mirarse luego en el espejo. Me aterro

Cada vez estoy más delgado y con menos dientes. No los necesito. Dios me ha dado pan de sobra. Pero no te creas que es todo tan malo. A veces bailo por la calle, al borde de la acera, voy cantando y los coches pasan a toda velocidad a centímetros de mi cuerpo. Me gusta jugar a eso y que toquen el claxon. Recriminando mi irresponsabilidad.

Pero eso, que no le caigo bien al espejo. Al menos Carmen se está callada. Con ella soy feliz. Finge que me escucha. Los demás no siquiera lo hacen. Finge que le importan mis cosas. Uno de mis momentos preferidos de la semana es ese. Cuando las luces están apagadas. Ese instante justo anterior a la culpabilidad. Verano y después vergüenza. Pero hasta que eso llegue yo disfruto estando boca arriba. Hablando solo. Diciendo no se que locuras. Tu cabeza en mi pecho. Desnuditos. Tu mirando hacia arriba con esa mirada de interés. Aun sabiendo que son locuras todo lo que de mi boca sale.

Ah Carmen, podrías quedarte. Si tu quisieras… Dile al siguiente que espere. Dile que mi tiempo es más importante que mi dinero y que te importa una mierda cuanto te pueda ofrecer. Dile que me amas y miéntele,

mientete, mienteme. Miente a todo el mundo.

-No puedo hacer eso mi amor. No puedo mentir más de 20 minutos seguidos

El verano se va, y vuelven las nubes. El cielo es un puto cenicero. Todos los días. Hasta la semana que viene. Quizás entonces te pueda volver a tener encima mía. Boca arriba viendo el cielo veraniego. Joder, viendo el puto cielo cuando estas subiendo y bajando para después disiparte en nubes de fantasía.

Primavera, otoño, verano, invierno

Ya no hay cabeza en mi pecho

ni cielo ni nubes

solo techo

Verano, otoño y otra vez el  crudo invierno

 

 

 

Los narcisos ciegos

Mi casa cada día es más pequeña. Me dí cuenta cuando al despertar me golpeé la cabeza contra al techo. Al querer incorporarme. Caminaré hacia la puerta. La cabeza gacha. Me dolía el cuello. Abro. Y salgo. No a la calle sino a mi casa. Otra vez en la misma casa. En el mismo dormitorio. Tengo que huir. Otra vez a levantarse con el bramido del despertador. Hay que vestirse. Pantalones color beige y camisa blanca, el penúltimo botón abierto, unos zapatos náuticos. Voy hecho un pincel por fuera y un cuadro de Jackson Pollock por dentro. Ahora salgo, cogeré mi coche y… Mierda otra vez la puta misma casa ¿Qué pasa? ¿Donde están mis pantalones?

Mirada hacia el espejo. Un tipo alto y delgado, ojos claros, moreno, pelo largo, ligeramente musculoso. Que guapo eres hijo de puta. Aunque yo juraría que soy bajo y rechoncho. También calvo. Ayer lo era. Un adefesio Un pantalón azul. Cuando me lo abrocho ya es rojo. Vibración en el bolsillo. Después el móvil llega a mi mano. El sobre que pulsas y se abre. “No paro de pensar en ti” ¿Y cuantos más? Cuanta gente me estará pensando ahora mismo.

Mejor dicho. No aquí. No ahora. Pero alguien me está imaginando. En cuantas mentes habita mi cuerpo de múltiples formas. Simultáneamente por todo el universo. Gente con sus problemas y quehaceres. Millones de personas y un puñado de ellas pensándome. Yo dando vueltas en torno a ellos. Ellos manoseándome y yo desnudo. Hermoso. Ellos: Me gusta. Ellos: Me encanta. Y yo rebotando de cabeza en cabeza. Prostituyéndome por el hemisferio izquierdo de tu cerebro. Acechándote en cada esquina de tu pensamiento ¿Te gusta lo que ves? Lo siento tengo mujer e hijos.

Pero yo se que no eres fiel cuando sueñas.

Nunca me has visto, ni nunca lo harás. Soy un adefesio. Pero alguien cree que no lo soy. Alguien me imagina hermoso. Nosotros a solas en nuestra imaginación. En esta habitación. Tu cabeza sobre mi pecho. Tu mente sobre mi corazón. Un bramido destroza la atmósfera densa y rancia

 

Suena el despertador, alguien me está soñando.

Sabela ojos tristes y mucho coñac

Había humo y cervezas y mesas de madera apolillada. Picor de nariz y ojos irritados, gritos y risotadas. Siempre haces trampas, te he visto. Yo no hago trampas eres tu que siempre te picas. No, yo no me pico pero tu eres un listillo y yo de tonto no tengo un pelo. A mi no me grites. Pues no hagas trampas. Vete a llorar con tu madre. Una fila infinita de codos apoyados en la barra. Desde allí se pueden ver las mesas pero no hay gente solo humo. A veces voces. Bueno me tengo que ir que ya es tarde. Si yo también debería irme… Pero oye, nos vemos otro día, ¿no? Si, tu cuando quieras me llamas y ya está. Vale, la próxima vez avisaré a Emilio. Si, por favor dile que tengo ganas de verle. Llevo sin saber de él desde que se fue a Barcelona. Un suelo de madera. Hecho de tablas finas de madera. Humo, más humo. Baile de puros y farias, y toses de mocos que anidan en los pulmones asfaltando los bronquios de alquitrán. Como odias el alquitrán. Pero como te gusta el coñac. Tienes fuego en la garganta, y llega hasta el estómago y con el llega también una burbuja de aire subiendo hasta el esófago. Boqueas. Poco más y vomitas. No te preocupes, nadie te ha visto. Hay mucho ruido en el local y muy poca luz. Entre el humo hay una sombra. Parece una cabeza. Unos cabellos largos. Esa sombra ya se ha transformado en silueta. Pelo negro, ojos color miel, mejillas carnosas y unos labios que no hablan, solo se mueven para dibujar una sonrisa.

 

Hace frío y sus zapatos de charol hacen clac sobre la acera. Le sabe la boca a sal y a plástico, por el carmín. El camino hasta casa es largo, sobre todo cuando uno va distraído. Tampoco es que haya mucho tiempo para distracciones porque en seguida caen gotas del cielo. Al principio son pocas y diminutas. Pero poco a poco se van haciendo más abundantes y gruesas. Hay que buscar refugio. Por fin la puerta de casa. La llave entra tan fácil en la cerradura. Pero estáis mojados. Empapados como pitos. Cae agua de los abrigos. Vas a joder el parqué. Os queréis mucho, o eso decís. Pero lo cierto es que ninguna mujer amaría a un hombre con la ropa mojada. La humedad huele mal. Y además no es sano. Te vas a resfriar. Quítate la chaqueta. Jadeos. Si… La chaqueta.A veces cuesta respirar cuando tienes fuego en el estómago. Pero el agua ha llegado más allá de cualquier abrigo. La camisa, el pantalón, la falda, el sostén, las bragas están mojadas. Tan lejos llega la lluvia de Compostela en noviembre. Ella llega más lejos aún. Todavía hay demasiada ropa húmeda entre vosotros dos. Por fin os libráis de ella. Pero la piel no se puede arrancar como un abrigo. Así que apagáis las luces para libraros de vuestros cuerpos desnudos. Y por si no fuera suficiente, cerráis los ojos, para veros mejor. Algo puedes ver dentro de ella, algo que grita: Sabela. Llueve. Las sábanas están empapadas.

No hay duda de que os queréis. Pero vuestros cuerpos son una carga. Mejor hablar con la luz apagada y mirarse a la cara con ojos cerrados, besarse con los párpados bajados. Pero después de 21 días has tocado algo en el reverso de la piel. Sabela sigue igual que siempre pero ahora tiene una mirada distinta. A veces la sorprendes haciendo eso. Mirar así. Esa mirada rompe a cualquiera por dentro. Porque precisamente es de dentro de donde procede. No es constante pero a veces aparece y se come todo el ser de Sabela. Al principio puedes cerrar los ojos cuando esa mirada aparece. Pero después hasta apagando las luces puedes verla. Ya no puedes obviarla.

Del amor al odio hay un paso. De la cama a la puerta de la casa hay 21. Ambos sabéis que el camino no tiene vuelta atrás. Pero por las noches aún os oís gritar. Sueñas con esa mirada y te despiertas con unas manos en torno a tu cuello. Te asfixian. A la mañana siguiente desayunáis y os dais los buenos días. Pero tu aun le puedes ver algo en los ojos. Has visto mucho dentro de ella. Era lo que llevabas buscando toda tu vida: Asomarte dentro de alguien. Ahora que lo tienes ya no buscas. Ahora que no buscas ya no la quieres. Tiene unas tetas mediocres. Las has visto como cien veces y te has empachado. Ya no te apetecen. Prefiero beber un vaso de coñac a echarte otro polvo. Eres un cerdo, no se quien te crees que eres, ¿crees que me puedes reemplazar? Hablas como si fueras un galán… Ni follar sabes. ¡Ah! Sabela no me mires así otra vez…

…que por las noches me destrozas…

Ella encima de ti. Como duele cerrar los ojos. No me mires así ¿Así como? Así de esa manera, no puedo vivir con las luces apagadas.

Una pesadilla. Por fin despiertas. La cama es más espaciosa ahora. Hay unas bragas húmedas en la cómoda. En su día pertenecieron a alguien, pero no ya no recuerdas a quien. Has dormido con las luces encendidas. El parqué está desconchado. Cien euros de factura de electricidad. Las noches son muy largas. Pero al menos aún tienes el coñac. El sol se cuela por la rendija de la ventana. Nubes en el cielo. El cuarto inundado de esa tenue luz gris. Tu sentado en un rincón. La botella de coñac a mano izquierda. En la derecha el vaso. Una cabeza apoyada en tu regazo con pelos lacios y morenos. Sueltas el coñac. Puedes acariciar esos cabellos mientras bebes otro trago. No ves el rostro. Gira la cabeza y aun no puedes observar su cara. Solo ves eso. Eso que te atormenta por las noches. Aquello por lo que aún duermes con las luces encendidas: Sabela, la de los tristes ojos. Hay una lágrima en tu mejilla, y un temor en tu cabeza:

Apaga las luces y podrás verla

 

 

 

Entre tu y yo

Entre tu y yo hay un  hola. Nada más que eso. El resto solo es un deseo de mi imaginación enferma. Entre tu y yo hay una mirada. El resto solo es fruto de mi soledad delirante. Pero un día regresarás para atormentarme con la simpleza de tus actos. Con la sencillez de un hola y una mirada desnuda. Y un día soñaremos con todo aquello que estaba de más. Con aquellos ojos desnuditos y aquellos buenos días que no significaban nada más alla de un saludo entre dos personas.

Un  día, cielo, cuando tengamos arrugas, nos levantaremos llorando por todas aquellas cosas que no implicaban nada. Y entonces, ¿quién nos librará del tormento? ¿Qué será de los tantos días de estos que se fueron transformando en promesas incumplidas? Echándonos  de menos, hablando a través de los espejos de habitaciones distantes.

¡Ay! cariño, gritaremos ¡Buenos días!

Y no habrá oidos que escuchen, ni bocas que  contesten.

Una mañana, nos levantaremos, con frío bajo las sábanas y solo podremos soñar con las vidas que deberíamos haber vivido,

caricias que podríamos haber tenido

Y otras historias que quedaron sin contar…

Deshojando margaritas

Tengo una margarita en la mano.

Sí.

La margarita está a 60 centímetros de mi boca. La voy acercando

No.

No puedo dormir por las noches y me autocomplazco pensando en caminos alternativos a los ya recorridos.

Si se hace camino al andar. La mano se levanta. Restan 50 centímetros hasta mis labios

No

Yo camino de espaldas. Pero, ¿Quien ha cambiado el camino ya conocido por mis pies?

Tengo el vaso a 40 centímetros de mi boca. Mis problemas están a 5 días de distancia

No

Que cerca está el vaso, ese vaso inalcanzable. Que lejos, que lejos mis problemas. Esos que acechan por todas partes. Aquellos que me vigilan en las noches borrascosas desde caminos alternativos.

Si

Me perturban los caminos alternativos y las angustias, me persiguen.

No

El vaso esta a 10 centímetros. Mis problemas a 6 años de distancia

Si

Puedo ya oler el aroma de la margarita. Puedo casi saborearla. Puedo casi sentir el paréntesis que rompe el momento y lugar al que estoy encadenado

No.

Ya está. Mis labios se humedecen de margaritas que bajan por mi garganta. Mis problemas se han ido hacia atrás a un lugar remoto de mi pasado. No puedo verlos

La margarita llega a mi estómago. Apenas puedo ver nada.

No

Se me nubla la mirada y mi mente se desvanece. Se desvanece en un mundo que no tiene memoria, ni dudas, ni casa, ni cielo… Se sume en un sueño inmemoriable que no podré contarte cuando despierte al alba en mi cama,

en una mañana borrascosa…

No sé…

 

21

Cuando uno se hace viejo, lo nota. Especialmente el día de su cumpleaños. Es paradójico ¿No? Solo pasa un día, 24 horas, pero la gente te felicita por tener un año más.

¿Qué diferencia hay entre hoy y ayer? Ninguna. Pero hoy tienes 21 y ayer tenías 20. Es más, a las 23:59 tenías 20 y a las 00:00 ya tenías 21. A las 23:59:59 tenías 20. A las 00:00:01 tenías 21 y así sucesivamente.

Esto me lleva a pensar que en un segundo, en una centésima o milésima o cualquiera fracción de ese segundo entran 365 días. Por eso, de un segundo a otro, la gente te encasqueta un año más.

Piénsalo. Tus 366 fotos entran en una milésima de segundo  ¿Y tu?

Tu sin dormir por las noches pensando en la foto que harías al día siguiente.

Aún recuerdo cuándo te conocí. Hace ahora tres segundos y medio. He de decir que de esos casi cuatro segundos el mejor fue el primero.

Quizás pueda decir que hasta fue uno de los mejores medios segundos de mi vida. Fue el pestañeo más divertido, eso desde luego. Para cuando abrí los ojos ya había pasado un segundo y tu ya no estabas. Dicen que te fuiste a otra ciudad, a proporcionar pestañeos divertidos a la gente. Porque es eso a lo que te dedicas ahora: a pestañear.

A pestañear muchas veces y en cada una de ellas crear un recuerdo en forma de imagen ¿A qué velocidad pestañeas ahora? Hace dos segundos pestañeabas muy rápido para congelar el movimiento. Dicen que con la edad la gente tiende a pestañear más despacio y solo son capaces de crear recuerdos e imagenes difusas. Quizá sea esa la clave, aprender a vivir con el movimiento de las cosas, reflejarlo, en lugar de pretender eliminarlo.

No sé, yo solo espero que sigas reflejando todos esos segundos infinitos que te quedan por delante. Es más, tengo la sensación de que a partir de ahora pasaremos muchos segundos sin vernos ¡La de parpaderos que me voy a perder de ti! Gracias a Dios ahora con Facebook podre verlos, aunque no sea en tiempo real.

Yo mientras tanto seguiré abriendo y cerrando los ojos. Una y otra vez… Porque, quién sabe, igual en una de estas los abro y apareces tu por ahí.

Por el momento me contento con felicitarte esos 21, que cumples ahora, y los 22 que cumplirás el segundo que viene, y los 23 de dentro de dos parpadeos…

Bien pensado, si todo es tan arbitrario podríamos omitir que hoy es tu cumple, porque también podría serlo mañana, o simplemente otro día. O podríamos dejarlo para el segundo siguiente…

Al fin de cuentas, las grandes figuras acampan en las afueras del segundero. Más allá de las fronteras circulares de un reloj.